Vuelvo, quizás por última vez, a la casa de nuestra madre, en la que pasé la infancia y la primera juventud  y que pronto cambiará de propietarios, para recuperar un par de cajas con algunos libros con más valor sentimental que bibliofílico y una foto enmarcada de primera comunión a la que una querencia senil me impide condenar al vertedero. La casa está vacía. Las habitaciones han sido despojadas del mobiliario; las paredes y repisas se muestran exentas de cuadros y bibelots, esa quincalla ornamental que nos acompaña como una enfermedad crónica toda la vida y que apenas deja una breve huella decolorada en el lugar que ocupó. Atrae mi curiosidad que haya desaparecido una talla en yeso del sagrado corazón que entró en la casa con nosotros hace cincuenta años y ha permanecido todo ese tiempo dócilmente encaramada a su peana en el comedor. Nunca fue objeto de devoción pero tampoco nadie hizo por removerla de la pared; fue un huésped mudo que ha emprendido el camino al olvido como todo lo demás. El piso vacío inspira una pregunta arbitraria, ¿qué ocurriría si un antiguo palacio real ya saqueado fuera visitado a la vez por el hijo del rey y el arqueólogo? Quizás compartieran sentimientos análogos. El primero se sentiría perdido en un habitáculo sobrecargado de recuerdos a punto de esfumarse y el segundo, intrigado por la necesidad de convertir ese espacio devastado y conjetural en una realidad habitable. Siento que soy los dos personajes. El piso vacío es un umbral que separa dos tiempos irreconciliables, y yo vivo en ambos. Por fortuna, el suspenso de la pregunta dura el lapso de acarrear las dos cajas de libros al coche. En el portal encuentro a Esteban, un vecino de la finca que entró a vivir aquí al mismo tiempo que nuestra familia y cuyas idas y venidas alrededor de la casa forman en mi memoria parte del paisaje doméstico. Hoy calza una incongruente camiseta con el eslogan Revolución estampado en el pecho. “Qué, José Manuel, ¿vaciando la casa?”. “Ya no queda nada”, le respondo, “en unos días vendrán los nuevos inquilinos”. “Es bueno que lleguen los jóvenes, ¿ya sabes que se me murió la mujer?” “No, no lo sabía, lo siento mucho”. “Vaya”, replica para sí con un ambiguo encogimiento de hombros, “se fue en plenos Sanfermines”. Nos despedimos, quizás para siempre.