La fiesta de Mas

Posted by on Ago 4, 2015 in Miradas |

A J.L. G-A., que no acepta la política como farsa y ha inspirado esta nota. En las próximas elecciones catalanas se dirime exclusivamente si Artur Mas seguirá al frente del tinglado. Qué forma adopte el tinglado por último es secundario; de hecho, ningún contendiente en los comicios formula en detalle su propósito y, mucho menos, el método para alcanzarlo, ni siquiera el adversario mayor del procés, el presidente del gobierno español, el cual quiere hacernos creer que tiene en el cajón un arma secreta, antídoto fulminante contra cualquier avatar que adopte el efecto Mas. Rajoy es uno de esos personajes que ha pasado tanto tiempo en la segunda fila de la política que no es esperable que se adelante a los hechos. Estamos, pues, sumergidos en la enésima versión de Alicia en el País de las Maravillas, donde la percepción de la realidad no coincide con la realidad misma y las palabras van dando tumbos en busca de un significado inteligible. Lo dice Lewis Carroll: Un autor no entiende necesariamente el significado de su propia historia mejor que los demás. Artur Mas es técnicamente el líder de un partido en declive, consumido por la corrupción, que empieza en la cabeza fundadora y nadie sabe hasta dónde llega, con las sedes embargadas y la política de su gobierno fuertemente contestada por los recortes al bienestar social. Si se presentara a las elecciones con estos avales, la derrota sería segura, y no sería la primera vez, así que comparece envuelto en la presunta voluntad mayoritaria de la sociedad civil, convertida en oriflama de la patria. En esta pose mayestática, parece empeñado en ilustrar la repetida sentencia del doctor Samuel Johnson: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”, afirmación que, si bien conserva su valor universal, ciertamente no puede aplicarse a los numerosos catalanes que creen que la independencia de su país sería el principio del fin de sus males porque los sueños también forman parte, e importante, de la política. Lo que llama poderosamente la atención y constituye una enmienda a la totalidad del seny que se les atribuye es que hayan decidido dejar la llave de sus etéreos anhelos en manos de un personaje tan cercano al fango. Hay tipos cuya capacidad de seducción les permite sortear la evidencia más abrupta y el razonamiento más depurado, y Mas parece ser uno de ellos. La argucia de presentarse en el cuarto puesto de la candidatura independentista, precedido por un trío de desconocidos del que el elector no retiene más que el cráneo rasurado y las gafas de diseño del primero, es una trapisonda de comedia levantina. Estos uomini qualunque que han aceptado ir en vano en los primeros puestos...

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Ante las cenizas

Posted by on Ago 3, 2015 in Miradas |

(A Patxi Irigoyen Mainz, in memoriam) Ayer lo acompañamos a la embocadura del crematorio hasta que la cortina azul noche que separa a vivos de difuntos en el servicio funerario municipal nos apartó de él para siempre. Fue un ritual sencillo y breve, punteado por el memento que le dedicó Javier Mina, cuyas palabras brotaban quebradas por la congoja. Sus contemporáneos hicimos en el velatorio la ofrenda que se espera en estos casos: un intercambio coloquial de achaques del presente y chascarrillos del pasado en un intento circunstancial de restaurar el deteriorado mosaico de la memoria. Patxi fue un carácter notable y un perdurable icono de juventud, de cuando las experiencias y las ideas, escasas ambas, se transmitían por ósmosis y cada uno ensayaba el personaje que mejor cuadraba a sus expectativas. Patxi eligió uno inolvidable que le permitía afirmar su presencia desde una buscada órbita excéntrica, que también le servía de barrera. Su carta de presentación era física, inmediata e intimidante: una abundosa melena de pelo negro, rizado e hirsuto y barba larga del mismo tenor que componían el busto de un león hitita (el hallazgo es de José María Conget) sobre un cuerpo macizo, torso de oso, brazos musculados y manos descuidadas que habían jugado a balonmano y a pala en el frontón. También era un temible jugador de póker a los dados y paseaba por la ciudad con un ejemplar del Palinuro de México de Fernando del Paso, un librote de un tiempo en que estaban de moda novelones interminables de los que se hablaba pero no se leían. Esta ruda apariencia y el aire de tenue desdén que exhibía entre sus iguales ocultaban a un tipo sentimental, soñador y desnortado, afectuoso con sus amigos y necesitado de embarcarse en proyectos grupales (fuera una librería, una distribuidora de cine o un bar) en los que participó a su anárquico modo y que sin duda no colmaban ni sus erráticas ambiciones ni su necesidad de afecto. Mis recuerdos directos y cotidianos de Patxi terminan en este punto, hace cuarenta años. Más adelante, nuestros contactos fueron amigables pero infrecuentes y circunstanciales, si bien conseguían revivir en mí la fascinación por el personaje, intacta desde las primeras veces que lo traté. Enviudó de su primera mujer, Toya, una muchacha angelical, fallecida en accidente de tráfico; emigró de la provincia a la capital donde, por lo que sé, encontró estabilidad afectiva y siguió en el mundillo del cine del que extrajo una piedra preciosa que le debemos todos y que le proporcionó una breve fama internacional. De alguna manera, consiguió rescatar para el público el material filmado por Orson Welles para su inacabado proyecto sobre Don Quijote y lo convirtió...

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A fuego lento

Posted by on Ago 2, 2015 in Miradas |

Los titubeos y escapadas por la tangente de directivos del partido del gobierno, incluido su presidente, cuando los periodistas inquieren por la corrupción que asuela sus filas se han convertido en un clásico de las ruedas de prensa, que al menos ahora se celebran sin el muro medianero de la pantalla de plasma. Los periodistas pueden esperar tranquilos porque no obtendrán ni una brizna de satisfacción a sus demandas. La razón es simple: la corrupción no es más que la expresión última y desmadrada del engrudo de intereses que cohesiona a los partidos así llamados constitucionalistas. La Constitución como predio y medio de vida. Para los miembros del partido, cualquiera que sea su rango, cuestionar la corrupción interna significa cuestionar al propio partido. La pequeña provincia desde la que escribo tiene el raro honor de ser el primer territorio constitucional que registró un episodio masivo de corrupción. Fue hace treinta años y en aquella ocasión lo protagonizaron los socialistas; su jefe de filas que también lo era del gobierno regional terminó en la cárcel. Para mí, aquel episodio significó la pérdida de la inocencia, como periodista y como ciudadano. El patrón del delito era análogo al que ahora conoce hasta el más desinformado: comisiones y sobornos a cambio de contratas de obras y servicios públicos para financiar al partido y de cuyo circulante extrae para sí un pellizco el gestor de la operación con el consiguiente blanqueo de capitales y fraude fiscal. Cuando las indagaciones del caso estaban muy avanzadas y las conclusiones eran obvias y públicas, entrevisté a un concejal de su partido, un personaje cultivado, amable, de marbete progresista y por lo general verboso del que no conseguí ni un monosílabo de reconocimiento de lo que ya era evidente para toda la sociedad. Cualquiera podría pensar que aceptar la realidad del delito de su jefe hubiera significado un alivio personal, pues a nadie ha de gustarle servir a un delincuente, además de una liberación moral para su partido. Pero la lógica partidaria no funciona así, ¿quién sabe si una simple concesión a la decencia arrastra al partido entero? El concejal debió evaluar mentalmente, mientras yo le entrevistaba, las consecuencias que para su propia carrera política podía tener cualquier indiscreción de su parte. El obstinado ocultamiento de aquel concejal es análogo al escandaloso mensaje del presidente popular a su tesorero en la cárcel: “sé fuerte, Luis”. No otro es el consejo que reciben de los suyos los delincuentes detenidos por pertenencia a grupo mafioso o a banda armada. El partido socialista de mi provincia ha pasado de ser la minoría mayoritaria en la época en que se produjo el episodio de corrupción a un irrelevante quinto puesto en...

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Plebiscitos

Posted by on Ago 1, 2015 in Miradas |

Todo indica que nos jugamos la vida en las próximas elecciones. O independencia o nada, los catalanes. O Rajoy o el caos, los españoles. Hay que reconocer que estos electrizantes dilemas dejan a la altura del betún las ocurrencias populistas de los perroflautas sobre la casta, la cual ha mutado de entidad estática y parasitaria a horda de tártaros al ataque. Lo asombroso es que estos tifones políticos proceden de lo que tradicionalmente hemos considerado huertos del sentido común. Nada parecía haber más confiable y sensato que un burgués catalán o que un registrador de la propiedad de Pontevedra. Pues ahí los tienen a ambos, empuñando la bandera y arengando a las masas. “Adelante, catalanes, hacia la enésima derrota que realimentará la crónica melancolía del nacionalismo”, se oye en Barcelona. “Corruptos y xenófobos de todos los rincones, la nación os necesita, uníos”, se oye en Madrid. En la polvareda revoletea agitadamente la fragmentada y desconcertada izquierda, como insectos que acaban de desovar en las elecciones municipales y esperan el final de su ciclo vital en otoño. Cada subespecie propone una fórmula de supervivencia: unos, la colmena federal; otros, el derecho a decidir; otros, lo que quiera la sociedad civil, y otros, por último, se dejan arrastrar por el tsunami incorporados a la comitiva principal y que sea lo que el plebiscito quiera. Otro motivo de extrañeza es que la fervorina plebiscitaria se produce en un sistema electoral diseñado para que cada fuerza pueda disfrutar de su trozo de pastel en armonía (o consenso, que ha sido hasta ayer nuestro mantra universal para tapar todos los enjuagues). La crisis ha traído una notable mengua del pastel y un aluvión de antiguos comensales convertidos en mendigos a la puerta del banquete. La mala noticia es que esos mendigos votan. El desafío, pues, consiste en convertir un episodio de la lucha de clases en una cuestión nacional que puede resumirse en el lema: ¡el pastel antes que los comensales! Y por ahora parece que lo van...

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Palabrotas

Posted by on Jul 31, 2015 in Miradas |

Ayer, las cadenas de televisión nos ilustraron en detalle sobre el cómputo de palabras malsonantes que trufaban las conversaciones tabernarias captadas por la Guardia Civil a la última pandilla de corruptos del Partido Popular, “esa cosa de la Púnica”, como dice la presidenta regional del partido con la intención de no herir nuestra sensibilidad y hacernos creer que la trama corrupta es un alienígena. Un canal de televisión ofreció la literalidad de las palabrotas registradas y otro la sustituyó por un púdico e irritante pitido, quizás porque estaban en horario infantil. A la postre, la contabilidad resultaba muy monótona y el contenido, sabido: tantas veces dijeron esto, tantas otras dijeron esto otro, todas alusiones genitales en tono despectivo y característicamente machista. Nadie espera que unos hampones se expresen de otra forma mientras se reparten el botín. Es un momento de euforia por las ganancias obtenidas y de ebriedad por la impunidad alcanzada. Sin embargo, hay algo de distraído en este ejercicio periodístico de contabilidad. El nudo de la cuestión es la corrupción, su funcionamiento y las facilidades que encuentra en el aparato de gobierno y no el ruido que alojan sus comunicaciones internas. La parla de estos tipos, ¿significa que el gobierno ha caído al nivel del hampa o que el hampa ha ascendido al nivel del gobierno? En este ámbito compartido, el estridente y claro lenguaje de los corruptos encuentra eco en el titubeo elusivo de los portavoces oficiales cuando han de enfrentarse a este asunto. Al presidente del gobierno, que manifiestamente preferiría no hacerlo, como el escribiente Bartleby, le provoca un involuntario y nervioso parpadeo en el ojo izquierdo. Es también un código de...

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Al paso de la oca

Posted by on Jul 30, 2015 in Miradas |

Una acreditada firma de opinión periodística postula la conveniencia de que en Alemania haya más debate interno sobre el papel de este país en Europa. La opinión es indicativa de la conmoción provocada por el reciente contencioso con Grecia y un síntoma de la responsabilidad que se atribuye a Alemania como país hegemónico en la (falsa) solución al conflicto. Pero, ¿debate en Alemania? El modo cauteloso y vagamente argumentativo con que el firmante hace la propuesta ya indica la enorme dificultad del objetivo. Probablemente, no hay en el mundo nación más afecta a la unanimidad, aunque el fin sea aberrante e incluso suicida, como está sobradamente probado por la historia. Los franceses discuten hasta la guerra civil, los ingleses dejan que las diferentes corrientes de opinión discurran por su cauce e irriguen mansamente todos los rincones de la sociedad; los españoles, que somos de secano, podemos ir a la guerra civil sin debatirlo siquiera; pero, ¿los alemanes? Ningún otro europeo distingue a un prusiano de un bávaro o de un suabo, a un artistócrata rural de un obrero de la VW, a un artista plástico berlinés de un agente de bolsa de Frankfurt. Todos componen en su imaginación una entidad uniforme y maciza, propensa a la cólera porque los países vecinos, incluso aliados y socios, se muestran siempre dispuestos a burlar la ley y quitarles lo que es suyo, ya sea el espacio vital o los ahorros de sus pensionistas. Durante la pasada guerra mundial ni siquiera se entendían con los gobiernos aliados. El conde Ciano se lamenta en sus diarios de que los alemanes aceptan a los italianos pero no los quieren y, a la recíproca, los italianos quieren a los alemanes, pero no los aceptan. Es imposible describir en menos palabras lo que parecen ser hoy los sentimientos recíprocos que alimentan Alemania y sus socios de la zona euro. Y esto parece ser así al menos desde el Renacimiento, es decir, desde el nacimiento de la Europa moderna. En su libro Civilización, el crítico Kenneth Clark opone dos magníficos retratos de la época:  Un cardenal de Rafael y Oswald Krell de Durero. El primero pinta a un personaje captado en estado de beatitud, pulcramente ataviado con el hábito cardenalicio y expresión meditativa y soñadora, ligeramente ausente, los hombros relajados y la mano suavemente posada sobre la mesa. El segundo constituye exactamente su antítesis: el modelo es un personaje atlético, agitado, descamisado, de hombros cuadrados, rostro tenso y mirada inquisitiva y desconfiada, que aferra con la mano izquierda los bordes de su pelliza como si fuera a saltar sobre el espectador que le está mirando. Del cardenal italiano se espera que te invite a una taza de café;...

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