(A Patxi Irigoyen Mainz, in memoriam)
Ayer lo acompañamos a la embocadura del crematorio hasta que la cortina azul noche que separa a vivos de difuntos en el servicio funerario municipal nos apartó de él para siempre. Fue un ritual sencillo y breve, punteado por el memento que le dedicó Javier Mina, cuyas palabras brotaban quebradas por la congoja. Sus contemporáneos hicimos en el velatorio la ofrenda que se espera en estos casos: un intercambio coloquial de achaques del presente y chascarrillos del pasado en un intento circunstancial de restaurar el deteriorado mosaico de la memoria. Patxi fue un carácter notable y un perdurable icono de juventud, de cuando las experiencias y las ideas, escasas ambas, se transmitían por ósmosis y cada uno ensayaba el personaje que mejor cuadraba a sus expectativas. Patxi eligió uno inolvidable que le permitía afirmar su presencia desde una buscada órbita excéntrica, que también le servía de barrera. Su carta de presentación era física, inmediata e intimidante: una abundosa melena de pelo negro, rizado e hirsuto y barba larga del mismo tenor que componían el busto de un león hitita (el hallazgo es de José María Conget) sobre un cuerpo macizo, torso de oso, brazos musculados y manos descuidadas que habían jugado a balonmano y a pala en el frontón. También era un temible jugador de póker a los dados y paseaba por la ciudad con un ejemplar del Palinuro de México de Fernando del Paso, un librote de un tiempo en que estaban de moda novelones interminables de los que se hablaba pero no se leían. Esta ruda apariencia y el aire de tenue desdén que exhibía entre sus iguales ocultaban a un tipo sentimental, soñador y desnortado, afectuoso con sus amigos y necesitado de embarcarse en proyectos grupales (fuera una librería, una distribuidora de cine o un bar) en los que participó a su anárquico modo y que sin duda no colmaban ni sus erráticas ambiciones ni su necesidad de afecto. Mis recuerdos directos y cotidianos de Patxi terminan en este punto, hace cuarenta años. Más adelante, nuestros contactos fueron amigables pero infrecuentes y circunstanciales, si bien conseguían revivir en mí la fascinación por el personaje, intacta desde las primeras veces que lo traté. Enviudó de su primera mujer, Toya, una muchacha angelical, fallecida en accidente de tráfico; emigró de la provincia a la capital donde, por lo que sé, encontró estabilidad afectiva y siguió en el mundillo del cine del que extrajo una piedra preciosa que le debemos todos y que le proporcionó una breve fama internacional. De alguna manera, consiguió rescatar para el público el material filmado por Orson Welles para su inacabado proyecto sobre Don Quijote y lo convirtió en película con montaje de Jesús Franco y diálogos de Javier Mina, un proyecto casi artesanal que permitió satisfacer una curiosidad histórica de los cinéfilos. Los paisanos de Patxi debieran estarle doblemente agradecidos porque la película que protagonizan Francisco Reiguera y Akim Tamiroff contiene una larga secuencia casi documental de los Sanfermines de los años sesenta, que hubiera permanecido inédita sin sus afanes. En fin, Patxi Irigoyen fue parte de lo que fuimos y este pequeño homenaje literario no persigue sino prolongar en lo posible su inmortalidad que, como es sabido, termina cuando se extingue el último recuerdo de quienes lo conocieron.