Ayer, las cadenas de televisión nos ilustraron en detalle sobre el cómputo de palabras malsonantes que trufaban las conversaciones tabernarias captadas por la Guardia Civil a la última pandilla de corruptos del Partido Popular, “esa cosa de la Púnica”, como dice la presidenta regional del partido con la intención de no herir nuestra sensibilidad y hacernos creer que la trama corrupta es un alienígena. Un canal de televisión ofreció la literalidad de las palabrotas registradas y otro la sustituyó por un púdico e irritante pitido, quizás porque estaban en horario infantil. A la postre, la contabilidad resultaba muy monótona y el contenido, sabido: tantas veces dijeron esto, tantas otras dijeron esto otro, todas alusiones genitales en tono despectivo y característicamente machista. Nadie espera que unos hampones se expresen de otra forma mientras se reparten el botín. Es un momento de euforia por las ganancias obtenidas y de ebriedad por la impunidad alcanzada. Sin embargo, hay algo de distraído en este ejercicio periodístico de contabilidad. El nudo de la cuestión es la corrupción, su funcionamiento y las facilidades que encuentra en el aparato de gobierno y no el ruido que alojan sus comunicaciones internas. La parla de estos tipos, ¿significa que el gobierno ha caído al nivel del hampa o que el hampa ha ascendido al nivel del gobierno? En este ámbito compartido, el estridente y claro lenguaje de los corruptos encuentra eco en el titubeo elusivo de los portavoces oficiales cuando han de enfrentarse a este asunto. Al presidente del gobierno, que manifiestamente preferiría no hacerlo, como el escribiente Bartleby, le provoca un involuntario y nervioso parpadeo en el ojo izquierdo. Es también un código de señales.