Cenizas

Posted by on Ago 25, 2016 in Miradas |

Un establecimiento del ramo en Los Ángeles sacará a subasta las cenizas del escritor Truman Capote junto con otros objetos que le pertenecieron. El precio de salida de las cenizas no parece alto, dos mil dólares, aunque tampoco son todas las cenizas, quizás solo un puñadito. Luego está la cuestión del certificado de autenticidad porque las cenizas del autor de A sangre fría serán del mismo color y textura que, digamos,  las de Perry Smith y Dick Hickock, los dos protagonistas a los que hubo que ahorcar para que Capote pudiera terminar una de las mejores novelas del siglo XX. El morbazo estaría en que se subastaran mezcladas las de escritor y las de los asesinos porque así el comprador no tendría solo un puñado de polvo sino una metáfora, aunque indescifrable, ciertamente. El comercio mueve el mundo, a veces por senderos misteriosos. El vendedor quizás sea el heredero de algún deudo o amigo del escritor que vete a saber por qué razón estaba en posesión de esa bolsa de polvo gris y que ahora pasa por un apuro económico o va a mudarse de casa y aprovecha la ocasión para desembarazarse de los trastos que amueblaban su viejo domicilio. En cuanto al comprador, sin duda será un fetichista literario,  aunque, si bien es inteligible el deseo que puede provocar en un tipo así la posesión de la pitillera, la estilográfica o la máquina de escribir del genio,  no se comprende qué inspiración pueda recibir de las cenizas que son, literalmente, la nada que queda de la pompa y circunstancia de la vida. Quizás sea un melancólico o un místico y las quiera para tenerlas presentes, como las calaveras que antaño ornamentaban la mesa de estudio de filósofos y obispos en las vanitas barrocas. En este caso una vanitas de categoría porque si hubo en vida un personaje burbujeante, marrullero y genial, fue Truman Capote, más sin duda que el bufón Yorick. Las cenizas, y la operación que las precede, la incineración, son el procedimiento más rápido para desembarazarse de un difunto. Sin embargo, no es concluyente. Los difuntos no aceptan ser despedidos como si fueran un contratado de la reforma laboral de Rajoy, y afligen a sus herederos con compromisos y sentimientos de culpa cuando llega el momento de qué hacer con las cenizas: ¿guardarlas en una urna sobre el televisor, aventarlas en el campo, conservarlas en un columbario, depositarlas en los lugares asociados a la memoria del difunto? Todas las alternativas tienen contraindicaciones y ninguna apaga del todo los contradictorios sentimientos de los deudos, que quizás creen haber rematado al difunto al convertirlo en ceniza. Lo prueba el hecho de que la subasta mencionada se celebrará treinta...

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La mujer cubierta

Posted by on Ago 24, 2016 in Miradas |

Cuatro polis macizos y bien pertrechados rodean a una mujer tumbada en la arena de la plaza de Niza como cualquier turista entre otros centenares de turistas. La mujer va ataviada con  lo que parece un traje de buceo negro sobre el que lleva una blusa ligera color turquesa y  se cubre la cabeza con un turbante del mismo tono. La escena hubiera sido banal, e incluso indescifrable, si no fuera porque las prendas que viste la mujer conforman a los ojos de los vigilantes el llamado burkini –vete a saber si lo llaman así sus usuarias-  y van a imponer a la mujer una multa de 38 euros por estar así cubierta, de acuerdo con la ley francesa que considera este atavío como un ataque al laicismo del estado. Hace setenta años, en España, los mismos polis la hubieran multado de no vestir de esta recatada guisa. Quién iba a decirlo, el engorroso burkini, doblemente engorroso, en un sentido sartorio y semántico, como prenda y como representación, se ha convertido en el emblema del atropellado debate sobre feminismos, laicismos y terrorismos que nos ha calentado las meninges de agosto. Una cosa es segura en este caso. La mujer de la playa de Niza ha sido humillada (como cuando el guripa municipal o el párroco del pueblo vejaban a nuestras amigas y novias por un bañador demasiado escueto o un escote demasiado atrevido) y, si en ese momento la mujer disfrutaba de un rato de descanso, como los turistas que la rodeaban, ya puede despedirse del disfrute porque su marido o su padre no la dejarán volver con un bañador de hechuras más menguadas ni querrán pagar por segunda vez la multa. No es probable que a los varones que imponen esta indumentaria femenina, y que pueden ponerse el calzón de baño que les plazca,  les parezca mal que la mujer haya sido multada. En nombre de la religión o del laicismo, la víctima es ella, su cuerpo y su deseo, aunque sea un deseo tan modesto como descansar en la arena y dejarse acariciar por el sol y la brisa del mar, como todo el mundo en vacaciones. Una mujer cubierta de pies a cabeza en una playa en verano no es una provocación para los demás bañistas sino al revés, son estos los que le están diciendo a la mujer que dentro de sus ropones vive en un mundo más pobre, más estrecho y más precario que el de ellos. ¿Y creen que la mujer no lo sabe?, ¿alguien cree de verdad que las mujeres se sienten a gusto dentro de los sacos en que les obligan a embutirse quienes dirigen la sociedad o la tribu en...

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Emoticónica

Posted by on Ago 23, 2016 in Miradas |

Desde hace unos meses accedo a un grupo de opinión política en línea, si bien más como lector interesado que como participante activo. Los intervinientes se muestran, sin embargo, vivaces y laboriosos. Pero me ha sorprendido, aunque quizás no sea esta la palabra, la acusada asimetría del debate, en el que un participante, me consta que es el de mayor edad, destila largas parrafadas con afán analítico y didáctico de inequívoco estilo de vieja escuela, mientras los más jóvenes se limitan a subrayar sus opiniones con frases breves, generalmente aquiescentes o dedicadas a cuestiones de detalle. En algún caso, el esfuerzo del veterano es respondido con entusiasmo por otro participante más joven con una ristra de emoticonos. Al parecer, uno de los rasgos de la nueva política consiste en argumentar, si vale la palabra, con estos pictogramas cuyo repertorio, cada vez más profuso, proporcionan las plataformas de Internet. Si algo indica el uso de estos códigos es que la nueva izquierda emergente no se basa en el materialismo histórico, precisamente el que cree encarnar el viejo chamán del grupo de opinión, pues nada hay menos material que los contenidos de la red y menos histórico que esa colección de diminutos iconos destinados a expresar rudimentaria y perezosamente las emociones del remitente. Ahora que, al parecer, la política ha perdido la perspectiva histórica  -lo que algunos llaman el relato-, los jóvenes emergentes vienen a enmendarlo con la exhibición de esas burbujitas amarillas que sonríen, guiñan el ojo, lagrimean y sacan la lengua. Volvemos, pues, a los orígenes de la escritura; a las cavernas, como proclama orgullosamente un anuncio de Apple. Los pictogramas son la escritura de un idiolecto, el código de comunicación de un grupo pequeño y compenetrado y, si han de usurpar el espacio del alfabeto y adquirir el valor universal que este tiene, alguien deberá normalizar la fonética, la semántica, la sintaxis y la metonimia de los enrollados emoticonos para que puedan describir algún hecho o pensamiento más complejo que un suspiro o un pedo. Quizás, los emoticónicos debieran tomar nota del hecho de que no han conseguido desalojar de la poltrona del poder a un personaje titular de la profesión más ranciamente literaria que existe: abogado y registrador de la propiedad, y muchas pelotillas de esas de color limón van a tener que lanzar con la cerbatana del iphone para que el registrador de la propiedad se dé por...

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Historias de la granja

Posted by on Ago 22, 2016 in Miradas |

Un compromiso con la biblioteca pública de Barañáin para coordinar el próximo otoño un pequeño seminario sobre el escritor británico George Orwell me ha llevado a releer la celebérrima fábula de este autor, Rebelión en la granja. Como es archisabido, la historia va de la sublevación de los animales de una granja, que expulsan al dueño para construir una sociedad donde el trabajo y sus frutos se repartan por igual en libertad y fraternidad. En el proceso, los cerdos, que son los animales más inteligentes en esa fauna doméstica, se hacen con el mando y empiezan a derivar los beneficios de la situación para sí mismos mientras el estado del bienestar de los demás habitantes de la granja no solo no mejora sino que empeora y los mantiene agobiados por el trabajo, la falta de comida y de descanso, lo que hoy llamaríamos los recortes, y la vigilancia de unos perros de presa a los que los cerdos han amaestrado, digamos la ley mordaza. Sin embargo, la elite porcina consigue estabilizar la situación hasta el punto de que los propietarios de las granjas vecinas, lo que hoy llamaríamos coloquialmente los mercados, que asistieron con inquietud a la emancipación de los animales del señor Jones, terminan por aceptar la evidencia de que el resultado es muy parecido al de sus dominios, incluso más eficiente en algunos sentidos, y empiezan a compadrear con los cerdos, los nuevos dueños, y a comerciar con ellos. Orwell publicó esta fábula en 1945, no sin dificultades por la resistencia de la izquierda de cuyas filas él formaba parte, y de inmediato su significado se interpretó sin error como una sátira del socialismo y del régimen soviético y así fue utilizado el libro como arma de propaganda durante la guerra fría. Podría decirse que, superada aquella circunstancia histórica, el valor de la novela ha decaído, pero no es así. Rebelión en la granja es un libro extrañamente inquietante porque el pesimismo genial de Orwell no se ciñe a los regímenes totalitarios levantados con el señuelo de la emancipación de la humanidad sino a cualquier forma de estado porque ¿qué sistema político moderno no se levanta con ese señuelo? Orwell no solo fue un escritor político comprometido sino un crítico cultural muy perspicaz y en la novela hay un hilván argumental apenas perceptible en el magma de la historia y cuya importancia puede pasar desapercibida. Los sublevados redactan, apenas consumada la expulsión del granjero, una constitución de siete puntos en los que se proclaman los derechos y obligaciones de los animales con la intención de crear un orden nuevo y se pregona la erradicación de los hábitos que hacían opresivo el régimen del expulsado señor Jones. Así,...

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En el cine

Posted by on Ago 21, 2016 in Miradas | 1 comment

Envidio a los que conservan la afición, ya que no la pasión, cinéfila de nuestra remota juventud. Hace tiempo que no consigo ver una película en una sala de cine sin consultar el reloj en cuanto la luminosidad de la pantalla permite leer las manecillas, no menos de tres o cuatro veces por sesión. Mi terapeuta me dice que esta clase de inapetencia es señal de organismos decrépitos y no de la calidad de las películas, como tiendo a argumentar cuando surge la cuestión. Esta tarde de agosto, sin embargo, cierto vacío existencial, por llamarlo de algún modo, me ha empujado al cine. El menú estival que ofrecía el único complejo multisalas de mi pueblo eran películas infantiles de animación y un surtido para adultos políticamente correctos: una peli sobre oenegés pasadas de rosca; otra sobre unas mujeres indias que se rebelan contra su condición; otra, la vida de una mujer a los sesenta; otra, un cuento tailandés con soldados afectados por la enfermedad del sueño y un médium; otra, un profesor de violín que impulsa una orquesta de jóvenes marginados; otra, un romance de amor maduro con pastel de peras de por medio, etcétera. La cartelera parece la versión ilustrada de la agenda de buenos sentimientos y malas prácticas de nuestra sociedad, una especie de prolongación dramatizada del telediario. ¿Cuándo se vio a John Wayne o a Humphrey Bogart protagonizar un telediario?, ¿cuándo hizo Ingmar Bergman una película sobre un pastel de peras? A ver qué responde a este argumento mi terapeuta. Pero, plantado en el vestíbulo de los multicines, no iba a dar marcha atrás porque no quería volver al vacío y la suerte, ah,  qué casualidad,  ha hecho que encontrara en la cartelera a un viejo conocido: Zang Yimou y a su adorable esposa Gong Li, una de las últimas actrices cinematográficas que han fascinado a la generación del cronista cuando aún les funcionaba la conexión entre la mirada y el deseo. La historia está ambientada en la revolución cultural china. Caramba, una peli a la medida exacta de un sesentayochista. La sala está vacía. Unos minutos después hay dos espectadoras además del cronista, una joven con camiseta de tirantes enfrascada en su móvil y una elegante dama vestida con un traje de chaqueta de color marfil y sandalias de tacón. Las chicas son mayoría en cualquier encuentro cultural, piensa rutinariamente el cronista cuando le llega el perfume de la dama, aunque sean solo dos. Se apagan las luces. Lo que discurre en la pantalla es una fábula melancólica, relatada con proverbial elegancia, aplaciente para un público internacional, previsible y sin pizca de rasmia. Zang Yimou es un cineasta oficial en su país, así que se...

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