El escalador y la roca

Posted by on Ago 20, 2016 in Miradas |

Rajoy y Rivera forman una pareja simbiótica. El primero es un carácter quietista, mineral, surcado de pliegues y anfractuosidades geológicas, indiferente al cambio de las estaciones, siempre igual a sí mismo. El segundo es activo, inquieto, emprendedor y resuelto. La roca y el escalador. La roca aspira a ser siempre roca, henchida del orgullo de serlo; a su turno, el escalador quiere coronarla y gozar de los dones de la altura. El joven capitoste de ciudadanos es un arribista y toda su estrategia desde diciembre ha sido la historia de sucesivos intentos de coronar la cima. Empezó por las bravas y a lo loco, como cualquier joven sin experiencia, intentado cercar la mole popular con un pacto con los socialistas, una especie de campamento base, para provocar un corrimiento de tierras que hiciera más fácil la escalada, y, al no conseguirlo, llegó a invitar a la fauna local a sublevarse contra su propio ecosistema, pues no otra cosa fue la ocurrencia de pedir a los diputados populares que derrocaran a su jefe. ¿Y de qué van a vivir las cabras, los topillos y las garduñas que habitan en las laderas de la roca? Hay un momento de locura, alimentado por la ansiedad del desafío, que todos los alpinistas experimentan cuando creen que la montaña es su adversario. Después de las elecciones de junio, el escalador debió comprender que, si quiere escalar la roca, necesita a la roca, y abandonó la táctica suicida de demolición para iniciar un ascenso gradual, lo que significa encontrar otra vía de acceso. Su equipo, sus patrocinadores y su club de fans, que no entienden o prefieren no entender que la misión de este aguerrido escalador es solo su gloria personal, necesitaban sin embargo una explicación para el cambio de táctica y de lenguaje. ¿Por qué habríamos de pactar con la roca? Pues bien, la respuesta es: porque vamos a proponer un plan de reordenación forestal que elimine las ramas secas y las malas hierbas, claree el matorral, abra nuevos senderos y permita que los pajarillos aniden sin peligro y que los lugareños disfruten honradamente de las bellotas y de las moras que da el bosque. Por supuesto, la roca no dijo nada -¿conocen ustedes alguna roca que se haya manifestado por el uso del bosque que crece a sus pies?- y el escalador interpretó su elusiva aquiescencia como la aceptación de su plan. Un ayudante de su equipo se encontró con un urogallo que anida en los peñascos superiores de la roca y firmaron un papel, que se mojó de inmediato por causa del rocío en el herbazal que sirvió de mesa a los firmantes. Ni la roca ni el escalador estuvieron en el...

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La infancia irrecuperada

Posted by on Ago 19, 2016 in Miradas |

A cierta edad, el tiempo se vuelve un revoltijo y eres testigo de sucesos que, a estas alturas, parecen más arbitrarios que raros. Ayer supimos del fallecimiento de Víctor Mora, el creador y guionista de las aventuras de El capitán Trueno. La primera sorpresa fue que todavía viviera, incluso que no fuera tan viejo (85)  como yo hubiera dicho si me lo hubiesen preguntado. Pero la sorpresa más profunda, diríase que anidada en el cerebro reptiliano, ha sido descubrir que El capitán Trueno tuvo un creador de carne mortal. Claro que el adulto que soy  conocía este dato de primer curso de tebeología,  pero eso no me devuelve la infancia. Hay una fractura irreparable entre la experiencia del afanoso lector de las aventuras de Trueno y lo que ahora se puede saber de este tebeo, de sus autores y de la época gris y mezquina en que fue la lectura favorita de una generación. Apresuradamente, he rastreado en Internet las informaciones disponibles sobre Víctor Mora, su fértil obra como guionista de tebeos, su militancia política comunista, las circunstancias de la industria editorial en la que trabajó, etcétera, y todos estos materiales componen un mausoleo que no atrapa las emociones contenidas en aquel tebeo que cada semana llegaba como un mensaje de un país remoto al que habían llegado cuatro amigos, no solo amigos entre sí, sino también nuestros, y que en el cuadernillo apaisado escenificaban sus aventuras mediante un lenguaje pictórico diáfano y esperanzado, imposible de reproducir con las palabras que ahora empleamos pero que entonces no conocíamos.  Los héroes ideados por Mora y dibujados por Ambrós exhibían mandíbulas cuadradas y firmes, frentes despejadas, sonrisas francas y desafiantes, cabellos al viento, extremidades fuertes y un portentoso dinamismo que a menudo los representaba como si volasen en el espacio vacío de la viñeta. Trueno, Goliath, Crispín eran a la vez la cuadrilla del barrio y nuestra familia, camaradas de aventuras y hermanos de sangre, y Sigrid, el primer chispazo de erotismo cuando aún no existía la palabra, novia y madre deseadas, y maravillosamente sueca, un reino donde el incesto no parecía pecado. Pero todo eso lo hemos sabido mucho después de haberlo experimentado, cuando ya era ocioso saberlo, después de leer a los estructuralistas y querer entender la polisemia de las estructuras elementales del parentesco. Intento abrirme paso a través de la maraña de palabras que me separan de aquella experiencia prístina y me resulta imposible porque el tránsito del tebeo al libro, del pictograma al alfabeto, fue una irreparable y sostenida traición al capitán Trueno y a su mundo, que era también el nuestro. Después, en los sucesivos encuentros en mercadillos, librerías de lance y reediciones reiteradas de estos...

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Rajoy no me toma el pelo

Posted by on Ago 18, 2016 in Miradas |

Soy calvo y la coquetería me impulsa a llevar el cráneo afeitado como un limón, así que no puedo decir, literalmente, que Rajoy me esté tomando el pelo; de hecho, no puedo decirlo ni siquiera en sentido figurado. Rajoy es un político al que yo quisiera ver fuera de la poltrona de la presidencia del gobierno, un deseo o expectativa que, si he de fiarme de los resultados electorales, comparto con el setenta por ciento de la ciudadanía que se tomó la molestia de acercarse a la urna correspondiente en diciembre y en junio pasados. El misterio radica en por qué, siendo esta voluntad de la soberanía popular tan manifiesta, estamos abocados al dilema de Rajoy o la catástrofe. ¿Qué es exactamente lo que no funciona en nuestra democracia para que un tipo que tiene menos de un tercio de los votos aspire a gobernar como si tuviera mayoría absoluta?, ¿qué clase de perversión anida en el sistema para que la única esperanza de normalización (sic) resida en que alguien, Sánchez con preferencia, que solo tiene el veinte por ciento de los votos, dé su brazo a torcer?, ¿qué suerte de flaqueza mental aqueja a quienes apoyan esta opción, muchos de los cuales son correligionarios de Sánchez?, ¿que especie de delirio se ha alojado en la cabeza de Rajoy, un político dizque democrático, para que crea que puede comportarse con el desdén de un rey absoluto hacia quienes le tienden una mano aliada?, ¿por qué un país, que hasta ayer se ufanaba de estar gobernado por una constitución democrática modélica, está pasmado y atrapado en los ignotos cálculos, previsiones y volutos (neologismo que acabo de inventarme y que podría significar intención retorcida) de un personaje hermético y soberbio como un dictador del siglo pasado?, ¿puede calificarse blandamente su actitud como una tomadura de pelo, como escriben hoy los comentaristas a raíz del desplante dado a las exigencias de Rivera y compañía? La calificación de tomadura de pelo rebaja la realidad a términos colegiales y pandilleros, un modo condescendiente de nombrar el asfixiante mamoneo en que se ha convertido la política española, una manera inocua de describir que el dinosaurio que preside el partido más corrupto de la historia manipula, se burla y chantajea a la cuadrilla de políticos juveniles más inexperta, narcisista, sectaria y entontecida también de la historia, eso sí, los tres con abundante melenita para que pueda ser enredada y manoseada...

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Los líderes idiotas

Posted by on Ago 17, 2016 in Miradas |

La consulta de un amigo sobre ciertas circunstancias de las últimos días del franquismo ha puesto a prueba mi (des)memoria histórica. Tengo de aquel periodo un recuerdo gris y borroso, y la sensación, como dicen ahora los deportistas, de que más de la mitad del país era franquista a juzgar por las interminables colas de dolientes ciudadanos que le rindieron homenaje en la capilla ardiente. Luego, en los años siguientes, creo que no he leído ninguna semblanza laudatoria del dictador más allá de algunas efusiones nostálgicas que caracterizan más a quien las formula que al personaje y, en el mejor de los casos, el reconocimiento de alguna de sus virtudes negativas, que en política no son necesariamente defectos: su cautela, su frialdad, su sentido del cálculo, su impasibilidad, etcétera. A sentido contrario, las visiones críticas de su figura histórica han sido las más, incluidas las que ponían en tela de juicio su pericia militar, lo que ya es el colmo en un generalísimo. Pero ahí estuvo el tipo, al frente de la cosa durante cuatro décadas y aún, en las entretelas de nuestra psique colectiva, no nos hemos sacudido su sombra. Diríase que nos gustan los líderes idiotas y, cuanto más lo son, más perviven en el poder, como si su idiotez, entendida no solo, aunque también, en sus significados más corrientes de tontucia y engreimiento, sino en el sentido más genuino de carácter y temperamento, fuera la última ratio que los mantiene encumbrados. En resumen, apreciamos a nuestros líderes porque son como son. El setenta por ciento de la ciudadanía no quiere a Rajoy como presidente del gobierno y así lo ha manifestado de manera vehemente, inequívoca y repetida en las urnas. Pues bien, a día de hoy, el sistema está paralizado porque si Rajoy no es presidente como si tuviera mayoría absoluta, no vale ni el parlamento, ni la constitución, ni el rey ni la madre que los parió a todos. Nos gusta cómo es. También adoramos a Sánchez, que ha arrastrado a su partido a las más profundas simas electorales, y que está enfurruñado pero, de dimitir, ni hablar. Nos encanta Rivera, absorto en su infatigable papel de cuñado simpático en esta interminable fiesta de la democracia. Y amamos a Iglesias, que de su fallido asalto a los cielos ha entrado en un mutismo catatónico de bella durmiente del que quizás espere que le rescate el beso del pueblo soberano. Todos, cada uno en su estilo, nos tienen deslumbrados como a una liebre en mitad de la carretera a la espera de que el tractor nos pase por encima. El último idiota inmortal, aparecido estos días, es Arnaldo Otegi, que arrastra tras de sí toda la...

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La existencia paradójica de Kenny Baker

Posted by on Ago 16, 2016 in Miradas |

Actor. Su pequeñez física tardó toda una vida en manifestarse y fue mundialmente famoso a su muerte porque se le recordó (¿se puede decir así?) por haber interpretado un personaje en el cual era invisible e imperceptible, si esto no es una redundancia. ¿Quién hubiera dicho que en ese simpático cubo de basura que emitía destellos y pitidos habitaba un hombre que lo animaba? El hecho de que en el interior de Erredós Dedós (en inglés suena menos rasposo y más entrañable, algo parecido a Arturito) hubiera un ser humano, aunque fuera bajito, choca no solo a la inteligencia artificial que orgullosamente representaba este artefacto sino con la mismísima reforma laboral del pepé que ha decretado que donde hay una máquina no haya un trabajador y si encontramos gasolineras, salas de cine, bancos, agencias de viaje, etcétera, sin servicio humano al público, el cual debe apañarse en un impaciente diálogo digital con las máquinas, ¿quién iba a imaginar que un robot que se presenta como el paradigma de la ultramodernidad galáctica estaba accionado por un operario de carne y hueso?  Sin duda, Kenny pudo hacerlo gracias a su envergadura física. Esta es la hipótesis: digamos que Kenny andaba por el plató de rodaje en busca de trabajo y vio la carcasa de Arturito  varada en un rincón mientras los ingenieros de efectos especiales se estrujaban la mollera buscando el modo de hacer que ese chisme que había diseñado un dibujante de tebeos se moviera de una manera que fuera simpática y ligeramente cómica, como se espera de los enanos de circo. Sin pensárselo, impulsado por el instinto condicionado por generaciones de congéneres desde los bufones de la Edad Media, Kenny se introdujo en la lata cilíndrica y empezó a manejarla de una manera desordenada y nerviosa, propia de quien no sabe cuál es su papel en el mundo, pero que a los sabios que dirigían la producción les pareció, en efecto, simpática y cómica. Preguntaron a Kenny cuáles eran sus honorarios y la respuesta les convenció de que contratarlo les resultaba notoriamente más económico que seguir experimentando con la inteligencia artificial de Arturito en el laboratorio. El caso de Kenny Baker es emblemático de la supervivencia humana a la revolución tecnológica, y quizás termine por estudiarse en las altas escuelas de negocios. En nuestro país se dan intentos similares pero son notablemente más ramplones y antiestéticos: el empleado de banca despedido al ser remplazada su labor por un cajero automático permanece en la puerta del establecimiento con un cartel anunciador de su miseria y la gorra extendida a la espera de la comisión informal del caritativo usuario. Ahora que sabemos que Kenny estaba en su interior, entendemos mejor el...

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