Hay coleccionistas de toda clase de chismes. Yo colecciono palabras raras. Raras para mí, quiero decir. En un archivo digital anoto las palabras halladas que no había oído ni leído nunca antes, y en consecuencia, ignoraba su significado, que me apresuro a consultar en el diccionario. Después de unos años de coleccionismo tengo anotadas unas cuatrocientas cincuenta. No parecen muchas pero es que no las busco, las encuentro, y no en fuentes documentales recónditas o de jerga especializada sino en novelas o ensayos, artículos de prensa y papeles en general que caen bajo mi atención lectora por razones que, desde luego, no son lexicográficas. El descubrimiento de una palabra hasta ese momento ignota me produce una repentina emoción a la que sigue de inmediato una suerte de melancolía porque el término descubierto no sirve para nada. Hace tiempo que fue desechado por el necesario utilitarismo de la lengua, como las caracolas que entrega el mar en la playa, lo que no impide que esas estructuras calcáreas de colores iridiscentes y geometrías barrocas sean objeto de la modesta codicia de los bañistas, y yo no soy sino un bañista en el lenguaje, como saben quienes siguen esta intrascendente bitácora. Esta tarde, el crítico Manuel Rodríguez Rivero ha tenido en su crónica semanal la amabilidad, involuntaria, sin duda, de proporcionarme el último hallazgo para mi modesta colección léxica: astrago, el suelo que pisamos. Se ve que el autor ha sentido la necesidad de deslumbrar a sus lectores, siquiera sea de pasada, como quien porta al desgaire una joya valiosa sin alardear de ella. Es un vicio barato e inocuo que yo también practico. Al archivar la palabra de Rodríguez Rivero en su renglón correspondiente del repertorio, he redescubierto otra contigua, anotada quién sabe cuándo: asurar, quemar o abrasar, y me ha venido a mientes que en los pasados días de sequía he perdido una excelente ocasión de utilizarla con toda pertinencia porque los campos estaban asurados. Claro que para eso tendría que haber perpetrado un texto de tema agropecuario o meteorológico, en el que mis conocimientos son nulos o están asurados. Ya se ve, pues, que la utilización de estas palabras que vagan huérfanas por los caminos de la proliferante literatura es equivalente a hacerse una lámpara de noche con una caracola de la playa, una tarea pesada, laboriosa y potencialmente hortera. Ah, tengo que decirlo. Todas las divagaciones por este baldío me llevan a almocafre, la princesa de las palabras perdidas y acogidas en mi orfanato léxico. Recuerdo incluso en qué recodo del camino la encontré: un texto de Dionisio Ridruejo con el característico regusto de los escritores falangistas por las palabras rimbombantes y arcaicas. Almocafre nombra una pequeña azuela...
Noticias de la tribu
Me preguntaba cuándo se prohibieron en Roma las luchas de gladiadores mientras veía el otro día en la tele el melancólico paseo del toro Pelado por las campas de Tordesillas en medio de una desconcertada turba de caballistas y mozos pedestres a la que se había prohibido alancear a la res. Despojado de la crueldad de la muerte, el espectáculo resultaba ridículo, como lo sería sin duda una corrida sin puyas, banderillas y estoques, o una lucha de gladiadores con espadas de madera. Pelado estaba agobiado y confundido, como cualquier ser vivo en una circunstancia similar de acoso masivo, mientras sus acosadores, ahora desarmados, cuidaban de mantenerse fuera del alcance de sus embestidas y aparecían medrosos y huidizos. No vale la pena defender los espectáculos taurinos como tradición, arte, etcétera, porque lo que les da sentido es la muerte y la consiguiente efusión de sangre: azarosa y posible para el torero o el corredor, y segura para la res. En este debate se han escuchado muchas sandeces entre los defensores de la cruenta fiesta. Uno de los argumentos más conspicuos es que los toros bravos prefieren ese destino, al que estarían llamados por su naturaleza, que permanecer en la dehesa y morir en el matadero. Como si tuvieran alternativa. También los gladiadores debían preferir la muerte en la arena del circo antes de sufrirla en la cárcel, en el trabajo esclavo o en el patíbulo de donde eran apartados por los empresarios del ramo. La cuestión no reside en lo que prefiere el que está inerme en la arena sino lo que quiere el que está sentado en la grada. Fue el emperador Honorio el que prohibió definitivamente la lucha de gladiadores, a principios del siglo V. El espectáculo venía de mil años atrás, así que se puede decir que era una tradición arraigada y la más depurada expresión del arte de la lucha entre guerreros de a pie. La prohibición, que ya la había intentado antes Constantino, sin éxito, vino dictada por un cambio de sensibilidad por acción del cristianismo, dominante en la sociedad de la época y que el padre de Honorio, Teodosio, había decretado religión oficial del imperio. Pero el contexto ofrece otras indicaciones interesantes. Bajo el mandato de Honorio se vino abajo el imperio de occidente y tuvo lugar la invasión de Roma por el visigodo Alarico. Así que descubrimos una correlación entre el fin de los ritos populistas, como se diría ahora, en el circo y el fin de la estructura política en cuyo seno tenían lugar esos rituales. Los romanos civilizaron Europa y levantaron construcciones materiales e intelectuales que han durado hasta nuestros días pero, para legitimar el poder de sus elites sobre...
El ‘agostazo’
En la provincia el tiempo está quieto, pero aún es peor cuando se mueve porque en vez avanzar, da vueltas. El paralizante teatrillo que protagonizan las fuerzas políticas en el parlamento de Madrid, no se sabe si para formar gobierno o para lo contrario, tuvo un antecedente en esta provincia subpirenaica desde la que escribo. Ocurrió en el verano de 2007 y el ingenio periodístico local lo bautizó para los restos como el agostazo. Esta mañana lo he recordado porque el azar ha hecho que me encontrara con un abogado local, entonces candidato socialista a la presidencia del gobierno regional y protagonista durante semanas, como Sánchez ahora, de una insufrible sucesión de reuniones entre los grupos, falsas negociaciones, declaraciones de unos y de otros, cálculos aritméticos sobre las fuerzas del tablero, y especulaciones y ocurrencias a chorro libre, para terminar en el punto en que empezó todo, es decir, con el mismo gobierno que antes de las elecciones. La similitud entre lo ocurrido en este mi pueblo hace nueve años y lo que ocurre ahora a nivel estatal, como dicen mis paisanos, es asombrosa. Vean ustedes mismos si no. Sumariamente, la cosa fue así: las elecciones regionales dieron la victoria al partido de la derecha que venía gobernando casi sin interrupción desde veinte años atrás, que, sin embargo, perdió en esta ocasión la mayoría absoluta de la que gozaba hasta entonces. Había, pues, una posibilidad de alternancia en el gobierno. Zapatero, a la sazón jefe del cotarro, autorizó al pretendiente socialista a la presidencia regional a explorar un acuerdo con otras fuerzas de la oposición, que -nadie es perfecto- eran nacionalistas o, como se dice aquí, abertzales (como le ocurre a Sánchez ahora con los llamados soberanistas) con los que, lagarto, lagarto, no se podía llegar a un acuerdo porque no eran constitucionalistas, así que el objetivo de los socialistas de mi pueblo era que los presuntos socios votaran a su candidato sin ningún compromiso de gobierno (lo que ahora llaman un acuerdo de investidura). A su turno, los nacionalistas hicieron concesiones sin cuento para llegar a un pacto de gobierno en el que aspiraban a estar presentes en razón de su fuerza proporcional, hasta el punto de que las concesiones, meramente verbales, pues no hubo ningún compromiso, hicieron crujir las cuadernas de sus propias bases (lo que les ocurriría ahora a los podemitas, si intentaran algo parecido para contentar a Sánchez) pero no fue suficiente, y así una reunión tras otra, una rueda de prensa tras otra, etcétera, durante semanas. El único habitante de la provincia que permaneció imperturbable durante el tiempo que duró esta tortura china fue el jefe del gobierno regional en funciones y jefe del...
Efemérides
Tal día como hoy hace cien años murió José Echegaray Eizaguirre y, si hubiera que conmemorar el aniversario, nadie estaría disponible para glosar su figura ni para soplar las velas de la tarta. En su larga vida ocupó el cénit de la elite social, cultural y política, fue uno de los españoles más notorios e influyentes de su época, y un trabajador incansable y brillante: dramaturgo muy popular, acreditado matemático y físico, y ministro de las carteras de Fomento y de Hacienda de dos o tres gobiernos, entre cuyas ejecutorias se registran el plan nacional de ferrocarriles y la nacionalización del banco de España. En1904, recibió el premio Nobel de Literatura, convirtiéndose así en el primer nobel español, dos años antes de que lo recibiera Ramón y Cajal. Todo lo cual, paradójicamente, le empujó al olvido antes que a nadie. El último recuerdo que de él guarda la gente de mi generación es accidental: su retrato de prócer con quevedos y barbita de chivo estampado en los billetes de mil pesetas, que hoy no servirían ni para pagar una ronda de aperitivos en un bar. Desde luego, ocupó un lugar en los manuales de literatura del antiguo bachillerato, pero como un bulto en el desván, y no sé de nadie que supiera decir qué obras había escrito y mucho menos que las hubiera leído. Ahora mismo, no hay ni un título suyo en el mercado del libro y solo un drama teatral disponible en la red, De mala raza, que desde luego nadie ha leído, ni ganas. La demolición de su figura fue muy temprana y sus liquidadores, los escritores de la llamada generación del 98, son hoy infinitamente más conocidos y apreciados que su víctima, a la que consiguieron enterrar con gran éxito y para siempre con todos los entorchados y condecoraciones que había obtenido durante su larga y aclamada carrera. Llegado a este punto, estoy obligado a preguntarme qué demonios quiero decir. No aspiro, desde luego, a vindicar la memoria del prócer, a cuyo olvido yo mismo colaboro con mi satisfecha ignorancia. Tampoco me propongo lamentar el proverbial caínismo patrio. Pero algo debe significar que una de las figuras más prominentes del siglo diecinueve, durante el que se construyeron las sociedades que hemos conocido y vivido hasta ayer mismo, y que tuvo un papel destacado en casi todo lo que fue la modernidad de la época -ciencias, banca, comunicaciones e incluso teatro popular-, haya sido premiada con tan tenaz olvido. Los sospechosos habituales son la gente del 98. Hay la convención historiográfica de que aquel fue el año del acabose y los escritores del momento, ciertamente excepcionales, quedaron solos en el escenario como guías intelectuales del siglo...
La república de ‘1984’
¿Cuántos empleos puede mantener apple en Irlanda? ¿Dos mil, tres mil, diez mil, cincuenta mil? Sea la cifra que fuere, es el precio que la corporación de la manzana ha pagado para comprar la soberanía nacional de la república. En un trato de poder a poder, la multinacional y el gobierno llegaron al siguiente acuerdo: la empresa crea o mantiene equis puestos de trabajo y el estado renuncia a los ingresos fiscales de los que es acreedor por los impuestos que gravan los beneficios empresariales. En resumen, el estado se ausenta y deja a las fuerzas del oligopolio mercantil el arbitrio de la situación. Los irlandeses que trabajan para la multinacional quedan reducidos a su condición de empleados y el resto de sus compatriotas, ni siquiera a eso. El rango de ciudadano ha quedado abolido, o al menos en precario, ya que sin ingresos fiscales no habrá escuelas, ni hospitales, ni servicios públicos de ninguna clase, con lo que los irlandeses se convertirán en la sociedad de dos estamentos predicada en la novela 1984, de George Orwell. Arriba, los empleados de la empresa, que en la novela es el partido, sometidos a toda clase de constricciones para aumentar la productividad y garantizar su sumisión a la firma que les da de comer, y abajo, una chusma innominada (en la novela se les llama proles, proletarios) de gentes amorradas a una pinta de cerveza en el pub y entregadas a distraídas y melancólicas ensoñaciones etílicas sobre el glorioso pasado de la patria, que suele ser el sustrato de todo nacionalismo. La teoría política y económica que informa la ejecutoria de apple está tan arraigada, y sus ejecutivos son tan listos y están tan bien pagados, que los dirigentes nacionales, elegidos en las urnas, deben optar entre combatir este estado de cosas, por lo que serán atacados como populistas por todo el establecimiento financiero y mediático, lo que son muchos adversarios al unísono, o aceptarlo y convertirse en conseguidores y comisionistas de las multinacionales reinas del tablero. Esta segunda opción es la preferida por los gobiernos europeos, incluido el de este país, ya gobierne en funciones o a tope. He aquí, sin embargo, que esta solución, digamos, nacional –empleos por amnistía fiscal-, además de ser un trampantojo, perjudica a los demás países de la zona y crea una artificial quiebra de las reglas del juego presuntamente igualitario que deben regir un mercado común. En ese punto, e inesperadamente, interviene la autoridad de la unión europea para multar a la compañía y obligarle a devolver los impuestos eludidos a la hacienda irlandesa, y la primera protesta por esta medida salta del mismo gobierno cuyas arcas han sido saqueadas por las prácticas de...