“El miedo a encontrarse en malas compañías no es una expresión de pureza política sino de falta de confianza en uno mismo”. Atrapo esta cita de Arthur Koestler de una libreta de notas mientras busco inspiración para acometer la entrada del día en esta bitácora. Koestler fue un buscador incansable en el laberinto. Diríase que un hombre en pos de una identidad, así que ensayó muchas poses miméticas empujado por los vientos de la historia: fue comunista, condenado a muerte por el bando de Franco en la guerra civil española, más tarde sionista y renombrado autor de novelas y ensayos al servicio de la causa anticomunista durante la guerra fría, y en sus últimos años, explorador de la parapsicología y otras aficiones esotéricas. Fue defensor de la eutanasia voluntaria, quizás la única identidad verdadera a la que puede aspirar un ser humano, a la que se sometió para ganarle la partida a la leucemia que padecía. Koestler es autor de El cero y el infinito, una novela que, despojada de su inmediato referente histórico como argumento antiestalinista, es una penetrante indagación sobre la identidad política en circunstancias atroces de engaño, traición, tortura y muerte. Koestler, que a sí mismo se veía perteneciente a la humanidad de los perseguidos y los exiliados, no estuvo nunca solo, ni siquiera en su voluntaria salida de este mundo, que abandonó junto a  su esposa Cynthia, veinte años más joven. Koestler compartió con toda clase de compañías desde mesa y mantel hasta el paredón de fusilamiento sin dejar de sentirse desplazado e inquieto. La cita que encabeza estas líneas me he llevado a la escaramuza tuitera que han protagonizado estos días los podemitas Iglesias y Errejón, y en especial una afirmación del primero: «El 15M dijo algo muy sencillo: no seáis como ellos nunca. Y os aseguro que mientras yo siga aquí no vamos a ser como ellos nunca». Ellos, pero ¿quiénes y cómo son ellos? ¿Quién el amigo y quién el adversario, y cuándo, y por qué, y de qué modo? La revelación más fulgurante necesita una normativa posterior que la materialice y haga tangibles sus frutos. Hasta Moisés bajó del Sinaí con las tablas de la ley que no eran sino el código penal y civil del pueblo hebreo. Iglesias y Errejón, como Koestler, están a la busca de una identidad política, para lo que necesitan a los otros, ya sean adversarios o seguidores, y, como Koestler, son conscientes del riesgo de las malas compañías y de la falta de confianza en sí mismos. Iglesias parece estar siempre descendiendo del Sinaí mientras a Errejón se le ve preocupado por el desconcierto que reina en el pueblo acampado a la falda del monte. Iglesias tonante quiere dar miedo y Errejón quiere seducir. El riesgo de la actitud del primero es que espante a toda la clientela; el riesgo del segundo es que la seducción derive en adoración del becerro de oro. Y lo más grave, ¿y si tenían razón los adoradores del becerro? Esperemos que los dos camaradas no terminen por ponerse de acuerdo en el único punto donde Koestler encontró a una verdadera compañera y consiguió no estar solo: en el suicidio.