¿Y cuál será la respuesta cuando tu nieto o nieta descubra en un viejo vídeo alojado en youtube tu cara en el tapiz de rostros de sonrisa alelada que compone el telón de fondo del discurso televisado de un ignoto político? Nadie sabe quién es el tipo que discursea ni nadie entiende lo que dice pero ahí está el abuelo detrás del orador, el cuarto por la izquierda, segunda fila, con la boca entreabierta como un pavisoso y aplaudiendo mecánicamente a una señal del corifeo invisible. La costumbre mitinera de situar detrás del orador un coro de jóvenes, como ángeles de retablo, para representar no se sabe si al ancho pueblo fiel o la majestad del oficiante, delata el artificio de función colegial de la política, la vaciedad del discurso y la tontucia de quienes secundan el tinglado. ¿Crees que dentro de unos años podrás decir a tus nietos sin avergonzarte que estabas ahí porque Rajoy o Sánchez o cualquiera otra prima donna de la ópera nacional te parecía un líder irresistible y convincente que te inflamaba el corazón de esperanza? ¿Conoces a alguna persona adulta que se complazca en verse en una foto desfilando en la parada militar del día de la hispanidad o dando saltitos en una agrupación de coros y danzas de la sección femenina? Vale que eres joven y por lo tanto gregario, y vale que te gusta la política, pero es como si tuvieras vocación de cantante y empezaras tu carrera con un casco de cuernos, una lanza de cartón y unas trenzas de lana amarilla en el coro de Parsifal. Si has de entrar en ese negocio, sigue los pasos de aquella prestigiosa escaladora, que fuera alcaldesa primero y presidenta después en esta provincia, la cual confesó en una entrevista publicada que el primer mitin político al que había acudido fue para darlo ella misma. Aquí estoy yo. Eso es empezar una carrera triunfadora que ha terminado, por ahora, dulcemente mecida en un carguete de las altas finanzas, de la mano de su relación sentimental, por cierto, corifeo de otro mitin famoso en el que el protagonista era el incomparable Rato. Cierto que la política necesita rituales y, como ocurriera cuando eras niño, hay quienes se mueren de ganas por portar un cirio en la procesión y, quién sabe, a veces se empieza de monaguillo y se termina de cardenal primado, como Susana Díaz.