El estado de ánimo de quien asiste a una asamblea cívica, sindical, política o de cualquier otra clase, es análogo al del que se dirige a una corrida de toros o a un partido de fútbol. Con toda seguridad, no será él quien apuntille a la res ni marque el gol pero es presa de un manojo de sentimientos que incluyen exultación, camaradería, confianza, fervor por el ídolo de casa, una cierta gana de pelea y sobre todo un infatigable deseo de que el resultado sea acorde con sus expectativas. Nadie va a esos eventos a perder. Por eso es importante la cocina previa, que los organizadores hayan amañado y/o apañado las condiciones del juego para orientar, y si es posible garantizar, un resultado y no otro. Bajo ciertas condiciones y en manos de ciertos expertos, nada hay más fácilmente manipulable, y previsible, que una corrida de toros, un evento deportivo o una asamblea política. Así que puede darse por descontado que la sesión del comitefederal socialista terminará con un acuerdo de abstención a favor de Rajoy. También es previsible que el desarrollo de la reunión sea menos bronco y más ordenado que lo fue el pasado uno de octubre, donde parecía que los concurrentes acababan de conocerse. En este periodo, las alternativas se han acotado a dos -Rajoy o nuevas elecciones- y quienes opten por nuevas elecciones corren el riesgo de que no puedan concurrir a ellas porque el comité de listas los vetará por desafectos. En toda pelea intrapartidaria anida una purga y los miembros del comitefederal son profesionales que lo saben bien. De modo que el pesoe no se juega hoy nada de particular excepto algún relevo en la junta directiva del club y la composición del equipo en futuros encuentros y, claro está, la honrilla ante los siempre impresionables aficionados y seguidores. ¡Pero qué vale eso si se mantienen las dietas! El partido de fútbol, la corrida de toros y la asamblea política tienen siempre un final y un resultado y luego, cada mochuelo a su olivo, unos cabizbajos, otros eufóricos, y hasta la próxima. Los que no somos particularmente aficionados a los toros, al fútbol y a las asambleas daremos hoy una vuelta por el campo para asistir a la caída de la...
El príncipe
Entre las hebras, no sé si de realidad o de fantasía, que me sirven para tejer los petachos de esta bitácora, encuentro en el cajón de la costura una en la que puede leerse: ser príncipe me ayuda a mejorar el bienestar común. Es el titular de una entrevista periodística de días atrás a Carlos Javier de Borbón-Parma, que da noticia de que el personaje había llegado a Barcelona para presentar a su hijo recién nacido, heredero de la causa, al pueblo carlista (sic). Barcelona es un polo turístico donde hay gentes de todas clases así que no hay que dudar de que también habrá pueblo carlista, pero si quiere encontrar algún vestigio arqueológico de esa entelequia tendría que venir, como debe saber bien, a esta remota provincia subpirenaica desde la que escribo. Aún me encuentro y saludo por la calle a algún viejo que sirvió con desencantada lealtad al padre de este caballero holandés llegado a Barcelona al que en las postrimerías del franquismo sus partidarios trataban de alteza y tenían por la gran esperanza blanca para el país. El partido carlista tardó en ser legalizado en la transición porque los que repartían carnés de demócrata en Madrid no querían tener un lío dinástico, aunque fuera de mentirijillas, que estorbara la entronización del otro borbón, como había ocurrido en el aciago siglo diecinueve, pero lo cierto es que el carlismo venía arrastrando un irreparable declive desde que acabó la única guerra civil que ha ganado de las varias que emprendió. El carlismo fue básicamente un movimiento colérico, además de reaccionario. Franco encasquetó por decreto la boina roja a su guardia pretoriana y colmó de prebendas a los caudillos carlistas que le habían servido, si bien no al pretendiente y a su familia, y ahí acabó el carlismo como movimiento político. El final sociológico llegó un poco más tarde, en los años sesenta, cuando la industrialización del país transformó en obreros fabriles a las bases campesinas que constituían los músculos del partido. Esta mutación social dio lugar a que los militantes carlistas desencantados de las expectativas de su partido se pasaran a las numerosas otras siglas que eclosionaron en la transición, a derecha e izquierda porque, en el desguace ideológico del movimiento, había carlistas para todos los gustos. El carlismo dio, incluso, carácter a un fenómeno político nuevo que conservó la cólera prístina pero cambió de retórica y que vino a conocerse como izquierda abertzale. La fecha oficial de defunción del carlismo histórico fue el nueve de mayo de mil novecientos setenta y seis y el funeral, sangriento, tuvo lugar en Montejurra, la montaña que se eleva sobre la ciudad que fue capital y corte carlista en la tercera...
La espera
Un ministro, dizque el intelectual del gobierno, ya lo ha anunciado: habrá elecciones el próximo tres de mayo si el pesoe no apoya los presupuestos. Esta cuestión es en realidad el mar de fondo de la decisión que este domingo deberá adoptar la cúpula socialista. La abstención en la investidura para que continúe el gobierno de Rajoy está descontada; lo que se debate es con qué postre tendrán los socialistas que tragarse este sapo en cuya digestión les va la supervivencia. Aceptarán la capitulación pero no el impuesto de gobernabilidad que conlleva. De modo que estamos ante un nuevo tiempo de espera, hasta mayo, que los dos partidos de la casta aprovecharán para reagrupar fuerzas y reanudar la batalla. Este es un escenario que, probablemente, los emergentes no habían previsto. El pepé, desde el gobierno, seguirá acumulando estrategias y argumentos para acrecentar su espacio toda vez que ha descubierto que ha salido indemne de la crisis y está en racha de crecimiento. A su turno, los socialistas esperan cohesionar el partido durante el tiempo muerto y encontrar un o una líder ilusionante, como se dice en la neolengua al uso, para empezar otra vez, y van ¿cuántas, desde Zapatero? Entretanto, la economía, que ya ha demostrado estos meses que es indiferente a la situación política, seguirá a su bola y los votantes seguiremos con las manos en los bolsillos a la espera de que abran las urnas otra vez porque nos hemos convertido en yonquis de la democracia. Lo que ha ocurrido este año se puede resumir con sencillez: la izquierda, o si se quiere, los partidarios del cambio y de las reformas, que representan de largo a la mayoría de la sociedad, no han sido capaces de desalojar al gobierno más hosco, corrupto y punitivo que ha tenido el país en cuatro décadas. Unos por exceso de entusiasmo y autoconfianza, otros por falta real de ganas a pesar de lo que proclamaban, y todos por nula capacidad para articular una alternativa. La situación, léase la crisis social y política que ha venido derivada de la gran crisis económica, no se arreglará en estos siete meses, pero quizás sea una buena idea establecer un régimen de prórrogas sucesivas y sin término, con unas elecciones tras otras cada pocos meses, para mantener en tensión a la clase política y alienada a la población en expectativas que nunca se cumplen, hasta que cambie el sentido del ciclo económico o nos hayamos extinguido como...
Desde
Enciendo la tele, ese vicio del que no consigo librarme, y aparece una dama socialista, presidenta de algo o quizás senadora o diputada, cuyo nombre olvido de inmediato. Interviene como portavoz invitada en el programa matinal de tve1 para tranquilizar a los contertulios explicando y defendiendo la abstención en la investidura de Rajoy. Es la suya una parla didáctica, parsimoniosa, machacona, en la que los argumentos aparecen precedidos de la preposición desde. Así, los socialistas van a abstenerse desde el dolor, desde la responsabilidad, desde la humildad, desde la solidaridad, etcétera. Diríase que la preposición señala cada una de las estaciones del vía crucis en el que el psoe se ha metido con plena conciencia y perfecto cálculo. La preposición desde tiene en la jerga de los políticos un uso mayestático y ha dejado de significar el punto de origen del que parte un relato, como reza la definición de la rae, para convertirse en una partícula topográfica, una especie de otero o plataforma lingüística estática que sitúa al hablante por encima de quienes le escuchan. Lo que quería decir la dama socialista es que su partido está más dolorido y es más humilde, responsable y solidario con su abstención que el ancho pueblo que le pide otra cosa. El partido está arriba, sobre una cascajera de valores morales desde la que observa a la humanidad desconcertada, como un cristo en el gólgota. Ya se entiende que los tertulianos no iban a conformarse con este discurso franciscano y han aprovechado una alusión de la dama para salivar una pregunta a cargo de una periodista notoriamente ubicada en la extrema derecha: ¿Quiere decir que los diputados que voten no a la investidura deben abandonar el partido? Sí, eso es exactamente lo que la dama socialista había dicho, pero, claro, no podía repetirlo descarnadamente porque significaba nada menos que dividir a la propia militancia entre afectos al pepé y réprobos del pesoe, así que la dama se embarca en circunloquios desde el respeto, desde el afecto, desde la fraternidad con los posibles disidentes a la espera de que la agonía de su tiempo televisivo de intervención acabara de una vez, como así ha sido. De repente la tertulia se había convertido en un documental de naturaleza en el que el dragón de Komodo se zampa a una presa no identificada (ahora mismo no se sabe qué es el pesoe) desde la cabeza a los pies, y aquí si está utilizada con propiedad la dichosa preposición. En este momento, el dragón impasible no sabe si alegrarse más por conservar el gobierno del ecosistema a precio gratis o por la consecuente destrucción de su principal competidor...
Bochorno
La desafección hacia las instituciones, o a la política en general, se ha convertido en un tópico explicativo del sindiós que reina en este tiempo, aquí y en otras partes. Pero no conviene dejarse engañar por las opiniones espontáneas de desapego o de ira ciudadana que se oyen por doquier. A la postre estamos atados a la democracia y la gente escucha a los políticos, hace cálculos sobre sus querencias, intereses y expectativas y al final vota, o se abstiene, que es una manera de votar, a menudo no menos explícita. Hobbes advirtió que el estado moderno es un monstruo necesario para evitar que el hombre sea un lobo para el hombre y, cuatro siglos después, el estado democrático es un monstruo construido con la participación de todos. Una vez más, el miedo al lobo nos guía en esta empresa. Votamos para no sentirnos inermes ante los poderes que planean sobre nuestras cabezas y que no desaparecen ni duermen jamás: los grandes mercaderes y banqueros, la administración pública, la clerecía, los militares, la delincuencia organizada, sea la corrupción o el terrorismo, que usufructúan los aparatos de los estados y llegan a confundirse con ellos. En este escenario repetido, el voto es mayoritariamente medroso y pactista. No quiere transformar la realidad ni contrariar a quienes la fabrican, solo negociar con ellos una rendición honorable, que es, valga el ejemplo, a lo que aspira hoy el pesoe, pero que es también la esperanza del grueso de la población. Haced lo que queráis, pero dejad de jodernos más, podría ser una consigna expresiva de lo que cree necesitar y quiere la mayoría. La famosa desafección de la política aparece cuando el margen de maniobra de la ciudadanía frente a la realidad de los hechos se achica hasta llegar a cero. Los valores cívicos que han sostenido la democracia hasta ayer mismo, típicos de la clase media –trabajo duro y honesto, negocios legales y ganancias razonables, confianza en los contratos, empleo justamente retribuido, cumplimiento de la ley, ascenso por mérito y capacidad, etcétera-, han sido burlados y escarnecidos por la acción de las elites. ¿Qué posibilidad hay de alcanzar mediante el ejercicio del voto una sociedad más igualitaria, más libre, más compasiva y más próspera? La falta de respuesta a esta pregunta explica la mesa de casino en que se ha convertido la política y la asombrosa fauna de políticos que nos gobiernan o aspiran a hacerlo, convertidos en caricaturas de sí mismos y empeñados en navegar la ola, incluso en agitarla, más que oponerle un dique de contención. Trump es el ejemplo más ostentoso de esta nueva especie caníbal, inédita en el mundo occidental desde los dictadores totalitarios del siglo pasado, y...