Un típico brujuleo sin objetivo específico en el océano internáutico me ha llevado por el canal de youtube hasta Manuel Vázquez Montalbán, del que hay varios vídeos editados de cuando ya era una celebridad absoluta, años noventa, y había concluido la construcción de su proteica obra. Parece una ley de hierro que los escritores célebres en vida atraviesen un purgatorio de olvido a raíz de su muerte, a la espera de que la posteridad los rescate si los editores y el público lo consideran oportuno y rentable. ¿Podríamos encontrar la obra de MVM tan alacre, sugerente e inspiradora como cuando la leímos durante los agitados años del último tercio del siglo? Uno de los vídeos lleva por título epílogo y es una entrevista genérica destinada a publicarse cuando el entrevistado ya no estuviera entre los vivos. Esta fantasmagoría de youtube nos devuelve al marxista que MVM fue en un mundo que descreía de la revolución, un progresista en la charca del relativismo post moderno, un creyente en un universo cínico y un revolucionario epicúreo en el novísimo supermercado de delicatessen, en fin, un tipo en lucha a brazo partido con las contradicciones de su tiempo, que eran también las suyas y las nuestras, armado de un idiolecto característico e irrepetible, lúcido, sugestivo, penetrante, que en algún momento parece hablar de lo que ocurre ahora mismo, veintitantos años después. Las respuestas de MVM a las cuestiones planteadas por sus entrevistadores son precisas y alambicadas, alimentadas por el deseo pero cocinadas por la experiencia, chispeantes a la vez que sobrias, y ofrecen una interesante lección de comportamiento intelectual, político y cívico. Preguntado por la transición, despierta su ironía y retuerce el tópico explicativo más utilizado por la izquierda de entonces para decir que aquello no fue debido a la correlación de fuerzas del momento sino a una correlación de debilidades, y la historia, presta a darle la razón, nos muestra anteayer mismo un reportaje histórico sobre las circunstancias que rodearon a la promulgación de la ley para la reforma política, donde se nos informa por boca de su artífice principal que no se convocó un referéndum sobre la forma de estado porque lo hubiera perdido la propuesta monárquica. Debilidad de la monarquía pero también debilidad de la república, que nadie defendió entonces. Debilidad del búnker franquista, que se hizo el harakiri con aquella ley, pero también debilidad de la oposición democrática que no pudo imponer su proclamado propósito de ruptura con el pasado dictatorial. Debilidad del pueblo soberano, cuyas manifestaciones de protesta jalonaron e impulsaron el cambio de régimen pero no lo determinaron, y debilidad de las elites instaladas, que hubieron de renunciar a su privativo proyecto de futuro. Correlación de debilidades en la simiente de un periodo político que ha durado cuarenta años y que, hasta anteayer, nadie hubiera calificado de desgraciado. Quienes pretendan perpetuarlo, derogarlo o enmendarlo deberán tener en cuenta su propia debilidad actual, y jugar sus bazas contando con ella.
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