Foro contra la pobreza energética auspiciado por el ayuntamiento de mi pueblo, que se celebra en la casa de cultura de uno de los barrios de la ciudad. Lo primero que llama la atención al curioso desavisado es el edificio y su salón de actos donde se celebra la presentación: espacioso, cómodo, bien dotado de recursos técnicos. El segundo motivo de asombro es el escaso número de asistentes, quizás un par de docenas. El reciente fallecimiento de una anciana abrasada por el incendio que provocó la candela de la que tenía que valerse porque la compañía eléctrica le había cortado el suministro por impago no ha movilizado a la gente. Otra noticia más del telediario, que se desliza por sobre la conciencia cívica como el agua del estanque por la espalda del pato. El paisaje del foro ilustra la resaca en que vivimos: un recinto de primorosa arquitectura, vestigio intacto de la época del dinero fácil, que espera ser ocupado para algún fin útil. Por ahora, el pueblo, o la población, o la plebe, o como quiera llamarse, se muestra renuente a hacerlo. ¿Dónde está? Quizás pulsando nerviosamente la pantallita de su dispositivo móvil para colgarse en la nube. Si hubiera que hacer una metáfora rancia y no muy atinada, diríamos que estamos en el palacio de invierno que el pueblo no quiere asaltar, ni siquiera servirse de su uso, pues al contrario que el palacio de los zares esta casa de cultura es de dominio público. El foro lo dirigen jóvenes de aspecto informal –concejales y asesores de ayuntamientos de izquierda y promotores de cooperativas de consumo energético-, experimentados en el tema que los ocupa y que saben de lo que están hablando. Se expresan en un tono didáctico, que a veces parece tentativo, cauteloso a fuer de mesurado y preciso, y que si bien no oculta ni las intenciones últimas –una vida decente para todos en la que esté erradicada la pobreza-, tampoco las dificultades para conseguir el objetivo. El tratamiento del asunto tiene aquí un carácter operativo (hay previsto un taller para aprender a leer el recibo de las compañías eléctricas) y a los legos como quien esto escribe les evidencia su complejidad. Mientras escucha a los expertos, un sentimiento de precariedad asalta al aprendiz de ciudadano, ¿y si en este momento la compañía eléctrica cortara la luz por impago del ayuntamiento? Prometeo robó el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos, y lo celebramos por eso. Desde entonces, la existencia se nos ha complicado bastante y si bien los asistentes al foro parecen guiados por un impulso prometeico, por ahora nos adiestramos en descifrar el maldito recibo del fuego del Olimpo, que cada mes es más caro y cuya carencia puede incendiar nuestra choza y llevarnos al averno, como a la anciana de Reus.
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