Esta tarde participo en una charla-coloquio organizada por una asociación cultural de mi pueblo sobre el tema Europa y el euroescepticismo y desde que vengo preparando mi intervención, hace unos días, me siento como un ratón en el laberinto. ¿En qué momento la inteligencia del ratón sometido a este experimento evoluciona hasta comprender que no hay queso al término de su búsqueda y que en consecuencia resulta estéril toda su enfebrecida actividad por los pasillos de la argumentación? Mi conciencia europeísta, que yo creía acendrada, tiene dos hitos que puedo identificar en mi biografía. En una especie de revelación, comprendí que el europeísmo era un proyecto deseable y beneficioso un día cualquiera de verano de la segunda mitad de la década de los ochenta cuando en un viaje de placer a Francia atravesé la frontera por Hendaia sin necesidad de mostrar el pasaporte y unos kilómetros más adelante, en la carretera hacia San Juan de Luz, adelanté con mi renault nuevo a otro vehículo de matrícula francesa. Aquello era ser europeo: igualdad de derechos, libre circulación y competitividad dentro de una regla común. Treinta años más tarde, recibo como una afrenta la decisión de las fuerzas mayoritarias de esta provincia, dizque progresistas y a las que yo he votado, que han arriado la bandera de la unión europea de la fachada del parlamento regional. ¿Qué ha pasado en estas tres décadas bajo nuestros pies para que el europeísmo se haya quedado sin argumentos y un clamor crecientemente mayoritario apueste por el retorno al control de fronteras, los aranceles comerciales y el chovinismo nacionalista? Cierto es que las fuerzas políticas que en mi pueblo han arriado la bandera azul estrellada no son de la cuerda de Le Pen, Farage et alii, sino más bien todo lo contrario, y que su gesto de protesta antieuropeo se debe al maltrato que se ha infligido a los refugiados de las guerras de Siria. Pero, ¿ganan algo los refugiados con ese gesto o el gesto da la razón a quienes han forzado a los gobiernos a expulsarlos fuera de nuestras fronteras? Los que han arriado la bandera azul no protestan por la suerte de los refugiados sino por sí mismos: jóvenes a los que Europa y los gobiernos que la representan han negado el futuro que de alguna manera les habían prometido. Por lo demás, nadie en mi pueblo, de derecha o de izquierda, ha reparado en la ausencia de la bandera en la fachada del parlamento, y, en todo caso, les importa una higa. Ninguna protesta articulada ha surgido de los partidos europeístas, huérfanos de razones para defender su causa. Así que el ratón, exhausto, medita, y si lo que hemos llamado pomposamente europeísmo no es más que el impulso oportunista para correr más al volante de un automóvil nuevo, ¿qué hacemos ahora cuando el vehículo está en el desguace?
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