Si los podemitas creían que, en el carajal que atraviesa la política del país, la prensa, mayoritariamente hostil, iba a olvidarse de ellos y de sus quisicosas internas, se equivocaban de pleno. Cualquier cerilla vale para incendiar el bosque. La última, un intercambio de tuits entre Iglesias y Errejón a propósito de la gestualidad del partido. El primero es partidario del puño cerrado; el segundo, de la v formada por los dedos índice y corazón. Angela Davis frente a Winston Churchill en la iconografía del, llamémosle así, debate. Por cierto, que no son las únicas alternativas gestuales ensayadas por los líderes podemitas. Quien esto escribe ha visto en un mitin de los morados en mi pueblo a Monedero saludar al respetable con el brazo extendido y la palma de la mano con los dedos abiertos y tensos. Imagino que se trataba de un creativo signo de inclusión de tendencias diversas, pero también era un remedo indescifrable de otro gesto que a los más imaginativos de mi generación les pone los pelos de punta. Esta pelea tuitera me ha devuelto el recuerdo de otra, muy remota, con espadas de madera en la que estábamos enfrascados dos bandos de la chiquillería de las escuelas del Ave María cuando empezó a llover copiosamente y nos pusimos a cubierto para seguir la guerra bajo techo hasta que uno ordenó, tenemos que ir al campo de batalla. El listillo de la clase se atrevió a argumentar que el campo de batalla es cualquier lugar donde luchan dos ejércitos enfrentados, pero los demás le miraron con unánime y soberbia incredulidad y trasladaron la guerra al campo literal, un barrizal contiguo donde, además de guerrear, nos empapamos la ropa y nos rebozamos hasta las cejas. Las que perdieron la batalla ese día fueron nuestras madres –el pueblo llano, o la gente, como se dice ahora-, que tuvieron tarea extra de lavandería sin lavadora. Todo indica que los podemitas no solo luchan con espadas de madera a tuitazo limpio sino que no tienen una idea clara que dónde está el campo de batalla. En la primavera pasada cometieron un error estratégico monumental al no permitir el desalojo del pepé del gobierno y desde entonces quedaron al pairo. Todo el mundo cree saber a estas alturas que hay una lucha de poder en la cúpula del partido, desmentida más por Errejón que por Iglesias, seguramente por razón de sus respectivos caracteres, pero no es fácil aventurar de qué clase de debate se trata y en qué términos, cuando los discursos (que dieron tanto Davis como Churchill, ambos formidables oradores y escritores) se ven reducidos al tamaño de un tuit. Es como si creyéramos que formamos parte de los rolling...
Una reflexión bajo las nubes
Es una localidad industrial situada en el corredor atlántico de esta remota provincia subpirenaica. Antiguo nudo ferroviario, fue durante el primer tercio del siglo veinte una plaza socialista rodeada por un entorno campesino de pequeñas poblaciones carlistas y vascoparlantes, donde los militares sublevados de julio de 1936 y sus aliados locales desataron una represión memorable. El socialismo desapareció del paisaje y el integrismo carlista se transformó, por mor de la industrialización de los años sesenta y setenta, en una suerte de carlismo-leninismo etiquetado como izquierda abertzale, que ha actuado durante cuarenta años bajo el mandato de la banda terrorista eta, y que ha conservado en la zona una presencia notable y en ocasiones mayoritaria. En 1979, fue asesinado el ex alcalde de otra localidad cercana por los disparos de un comando en el que participaba un sobrino suyo, militante de la banda, que, después de cumplir condena, fue recibido en el pueblo como un héroe por las fuerzas gobernaban la localidad. Estos hechos, que dan idea de la fractura de la sociedad de la zona, han vuelto torrencialmente a la memoria con la noticia de la agresión a dos guardias civiles fuera de servicio y a sus parejas mientras, al parecer, tomaban alguna consumición en un bar de la localidad. Hace ya bastantes años, más de veinticinco sin duda, varios vehículos, entre lo que estaba el que conducía quien esto escribe, atravesábamos el casco urbano de la localidad cuando fuimos apedreados por un grupo de jóvenes al grito de, cabrones, iros de aquí. Quizás aquellos jóvenes eran los hermanos mayores de los que han perpetrado la agresión de ayer. No importa que los agresores no fueran tantos como se dice en la nota oficial porque aunque hubieran sido la quinta parte ya serían muchos; ni que el gobierno de Madrid haya utilizado el suceso para hacer un despliegue mediático de fuerza policial en la localidad destinado a tranquilizar a su clientela política, ni que el presidente del gobierno, que tanto desearía la impunidad de la corrupción que enfanga a su partido, haya afirmado que la agresión no quedará impune. Lo que cuenta es el cerrilismo y la mentira que caracteriza la actuación de esta juventud alegre y combativa, como rezaba un autocomplaciente eslogan de la izquierda abertzale. Los agresores pertenecen o actúan bajo la cobertura de una agrupación o tribu que se llama a sí misma Ospa Mugimendua, en traducción libre, movimiento para la expulsión (ospa se traduce por largo, fuera) de las fuerzas policiales del estado, un residuo orgánico de una de las exigencias prístinas de eta, y, a partir de este dato, es imposible creer las alegaciones de los inspiradores de la agresión, la cuales recuerdan la...
Casas arrodilladas en el polvo
“Madrid, 1937, / en la Plaza del Ángel las mujeres / cosían y cantaban con sus hijos, / después sonó la alarma y hubo gritos, / casas arrodilladas en el polvo, / torres hendidas, frentes escupidas / y el huracán de los motores… Atrapo estos versos de Octavio Paz durante una errática singladura por internet. Casas arrodilladas en el polvo, un verso tremendo, magistral, que aviva una imagen de ahora mismo que querríamos ignorar: Alepo. Las ruinas, los supervivientes, los niños ensangrentados y despavoridos. El huracán de los motores sobre sus cabezas, quizás más amortiguado, más eficiente, porque lo único que progresa es la tecnología. La guerra de España, otra vez -a la que he vuelto a acercarme estos días siguiendo los pasos de George Orwell-, ahora en Siria. El cuadro es inquietantemente similar: un estado fallido, una sublevación popular a varias bandas, un tirano sangriento, una conjunción de ideologías mesiánicas enfrentadas a muerte, una intervención internacional de intereses cruzados que aviva la eficiencia de la destrucción. Y también está Gernika, hoy Alepo, que el tirano Assad ha resuelto arrasar por completo para limpiarla de terroristas. También en España hubo una limpieza de esa clase y aún no hemos terminado de recuperar los despojos, nuestros hermanos. Y, por último, la pregunta que también se hizo en España: ¿es este conflicto preludio de una nueva guerra mundial? Entonces la respuesta fue positiva. Esta vez sería la tercera. Si fuera así, tendríamos otro síntoma que también encuentra reflejo histórico: el rechazo a los refugiados, mezcla de indiferencia y de odio, que practican las poblaciones europeas y sus débiles gobiernos democráticos, como lo practicaron con los republicanos españoles. Orwell se jugó la vida defendiendo la revolución y la república en España, pero su lucidez no le impidió comprender la imposibilidad de la empresa. En alguna parte de sus escritos declara que aquel conflicto no podía tener más final que alguna forma de régimen fascista, como así fue. Assad es un criminal pero acaso no más que lo fue Franco, y es posible que el miedo al yihadismo, análogo al temor a la revolución proletaria en los años treinta, le lleve en este caso a la victoria en compañía de sus aliados rusos. Entretanto, decenas si no centenares de miles de sirios, árabes, kurdos, hombres, mujeres y niños, atraviesan el infierno. No parece que la historia sea maestra de la vida, como dice el...
El derrotista
En su esfuerzo por cumplir el mandato de quienes le han puesto al frente de la misión, Fernández, el presidente de la gestora socialista, ha destilado algunas máximas de inspirado y hondo lirismo: la política exige convivir con la decepción (con el pepé, se entiende) o, no se puede construir una barricada ética ni moral (contra el pepé, se entiende). Fernández, llamado a conducir al partido a la derrota, es un derrotista convencido. Un personaje otoñal, que no finge su condición de vencido al frente de un ejército desarticulado e impotente, y, ya que no otro legado, aspira a dejar un puñado de aromáticas frases para la historia. Este carácter le aleja, quizás por razones de edad, de la parla delirante de quienes le han elevado al pavés de la derrota. No se espera de él que diga que el pesoe es un partido ganador, como hizo su mentora y jefa de filas, Díaz, o que estamos ante un triunfo histórico, como declaró su víctima, Sánchez, tras obtener los peores resultados de la historia del partido, hasta entonces, en las elecciones de diciembre de 2015. Diríase que estas jóvenes promesas están bajo los efectos tóxicos de la atmósfera que han respirado durante su crianza política. Sánchez, Díaz y Fernández comparten una misma circunstancia: los tres han sido apadrinados en su carrera por políticos relacionados con la corrupción. Sánchez adoptó como padrino de su aventura a Felipe González, que luego daría la señal para su ejecución; Díaz viene del nido creado por Chaves y Griñán, y Fernández tuvo como mentor a Fernández Villa, el sindicalista minero que amasó una fortuna procedente de subvenciones y fondos del sindicato. La galería de retratos de los antepasados marca el camino hacia la extinción de la saga, y Fernández tiene la edad suficiente para haberlo comprendido. Fernández y Díaz encarnan las dos orillas de la brecha generacional que ha fracturado al pesoe, y por ende a la sociedad entera. La generación del primero ha arruinado las expectativas de la segunda y la casa familiar ha estallado. En el borde del abismo en el que ya han despeñado a Sánchez, Fernández y Díaz solo tienen en común el instintivo rechazo a la izquierda emergente que aporrea la puerta de la casa. El primero, en nombre del patrimonio acumulado; la segunda, en nombre de la herencia aún no recibida, y juntos van a ponerse en manos del notario, que en este caso es, apropiadamente, un registrador de la...
Agonía de cinéfilo
Llegados a cierta edad, lo que buscamos en las lecturas es a nosotros mismos. La atención bracea en el piélago textual que tenemos ante las narices en busca de un asidero que nos recuerde quienes somos. Lo demás no nos interesa y desaparece de inmediato en el olvido. El extremo de este deseo es leer nuestro propio obituario; un sueño imposible de inmortalidad que nos permitiera saber quiénes hemos sido; sencillamente, sin ambiciones pero también sin vergüenza ni miedo. Claro está que este anhelo, en el que se fundamentan las religiones, no se cumple nunca, lo que no obsta para que las lecturas nos proporcionen destellos de lo que fuimos, que la memoria hilvana en un relato que quiere ser coherente. Uno de esos destellos me asaltó hace un par de días con la noticia de la muerte del cineasta polaco Andrzej Wajda. Una visión en blanco y negro, de claroscuros fuertemente contrastados, habitada por personajes armados e inermes a la vez, que intentan salir del agujero físico y moral en el que la historia les ha confinado. Una extraña corriente de ansiedad y empatía vincula los avatares de los habitantes de Kanal y Cenizas y diamantes con el joven espectador que asiste a su peripecia en un cine club español de provincias en los sesenta, y el impacto es tan fuerte que, ahora, cincuenta años después, vuelven urgentes a la memoria del viejo que fue aquel joven cinéfilo. Creo que nuestra generación tuvo la suerte de crecer teniendo de compañero al mejor cine de la historia, a la vez fuente de inspiración, magisterio moral y vía de escape, y que las huellas que dejaron fragmentos de aquellas películas en nuestra conciencia están más vivas y son más imperecederas que casi cualquier otra experiencia personal hasta el punto de que se puede fantasear con la idea de que sobrevivirán en nosotros más allá de nuestras cenizas. Wajda fue uno de aquellos grandes. Su cine de guiones bien armados y factura clásica siguió paso a paso los tortuosos meandros de la historia de su país durante la segunda mitad del siglo veinte y, al recordarlo, recordamos también la historia que nos ha tocado vivir: mezcla de libertad y sometimiento, de decencia y corrupción, de deseo y necesidad, encarnada en una circunstancia histórica que, de alguna manera, fue también la nuestra. El misterio reside en la extraña familiaridad que creaba una obra de cuyo autor no sabíamos ni pronunciar el nombre, para no hablar del de su principal actor de aquella primera época, el magnético Zbigniew Cybulski, del que tuve que esperar al advenimiento de internet para saber que había muerto de manera apropiadamente romántica en 1967 en un absurdo accidente...