Leemos la carta que Iglesias ha dirigido a Errejón como de jóvenes leíamos, u oíamos en misa, las dedicadas por el otro Pablo a los tesalonicenses, a los corintios o a los efesios, porque también aquella época era muy pluralista, como se dice ahora y había mareas y confluencias por todas partes. Las epístolas de aquel Pablo, como la de este Pablo, destilan un tono fraternal que no oculta el carácter autoritario y dogmático que las inspira y la amenazante promesa implícita a los disidentes. Aquel Pablo y este Pablo tienen en común suficientes rasgos como para escribir un nuevo episodio de vidas paralelas. Ambos vivieron en tiempos de crisis y mudanza; ambos vagaron en sus años de aprendizaje en pos de una causa a la que entregar su talento; ambos la encontraron en la calle, de manera fulgurante e inesperada; ambos tenían enfrente un magma social nuevo, populoso y caótico que se sintieron llamados a dirigir, y, en último extremo, a encarnar. Aquel Pablo destaca entre la anónima tropa de los primeros discípulos que siguieron al disidente judío crucificado en Palestina del mismo modo que este Pablo sobresale de la oscura turba de los indignados que están en la raíz del partido que dirige. La plebe que oye el mensaje está atónita. Fascinada por la promesa pero instintivamente renuente a abdicar de sus antiguas convicciones, hábitos e intereses, deben elegir entre asaltar los cielos o convertirse en una ecclesia como otras. Este estado de perplejidad explica, por ejemplo, el millón y pico de votos perdidos y aún no encontrados en las elecciones de junio o la notoria desorientación del grupo podemita en el parlamento donde su rendimiento está muy debajo de la fuerza que tienen. No han quedado registros de los disidentes que se opusieron a aquel Pablo, aunque sin duda los hubo, como lo prueba su febril actividad epistolar. De este Pablo sabemos, sin embargo, que tiene enfrente a un hereje correoso, al que ha dirigido la única y famosa epístola. Iñigo, el hereje, es el preferido por el establecimiento político y mediático porque le suponen más realista y acomodaticio. Pero, ¿qué necesita ahora el movimiento, un realista o un visionario? No es política, es carácter, y nada define mejor a un visionario que la ocurrencia de este Pablo, podemos ganar o darnos una hostia de proporciones bíblicas, formulada después del error estratégico de impedir un gobierno alternativo al del pepé y del siguiente malogrado objetivo de las elecciones del junio. Los dos Pablos han enfrentado un dilema existencial sin transacción posible: alcanzar la cúspide de un movimiento universal o quedar de gurú de una secta deleznable. Aquel Pablo ganó la apuesta; la de este Pablo está aún abierta.
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