El fin del mundo está al otro lado del objetivo de la cámara de Gervasio Sánchez. Las imágenes que este excepcional reportero capta nos trasladan vertiginosamente a un paisaje que adivinamos que es real, incluso cercano, pues está poblado de hombres y mujeres, familias ocupadas en la crianza de los hijos, que habitan una vivienda y cultivan el huerto, pero todo ha sido atravesado, sacudido, devastado por un viento de ira, crueldad y vergüenza. El fotógrafo documenta la supervivencia de estas gentes cuando el ciclón ha pasado. Es un relato que no admite componendas sentimentales ni recursos a la lógica. Nada de lo que traslucen estas fotografías es racional ni moral, y sin embargo lo reconocemos como humano. Hombres y mujeres de todas las edades, también niños y bebés, con las extremidades amputadas -las inferiores, por efecto de las minas; las superiores, por la venganza y el castigo del machete infligido por la última horda de guerreros drogados que pasó por la localidad- reanudan las acciones elementales que ponen de nuevo en marcha la vida: el acarreo de un bidón de agua, la escarda de una raquítica parcela de cultivo, un partido de fútbol juvenil en una campa polvorienta, una madre con su hijo colgado del pecho, dos niñas que intercambian confidencias al oído, formas de vida enmarcadas en edificios vacíos, reventados, cosidos a balazos, y en campos extensos y yermos, entornos que erosionan la esperanza. Individuos ante el fotógrafo poseídos por una tristeza insondable tallada en la cara; no solo las víctimas, también los verdugos, desafiantes con sus fusiles de asalto en el regazo. Rostros que parecen interrogarnos con una pregunta indescifrable, quizás esta: ¿por qué ha ocurrido lo que estás viendo? El espectador no tiene respuesta y menos solución. Es un error creer que podemos integrar en los parámetros de nuestra existencia lo que cuentan las imágenes porque cualquier reacción por nuestra parte sería insuficiente y, en último extremo, falsa. Las imágenes han convertido el espacio de la exposición en un recinto sagrado donde tiene lugar la representación de una tragedia de la que se deriva una catarsis: el reconocimiento de que quienes viven en esas fotografías son, como nosotros, humanos. Tal vez no podemos o no queremos hacer algo por ellos, pero tampoco nos lo piden. Han echado a andar sin nuestra ayuda.
P. S. Gervasio Sánchez ha presentado hoy en Zaragoza su libro Vida en el que, a través de sesenta y ocho imágenes tomadas durante toda su vida profesional en una veintena de zonas de conflicto, muestran la fuerza de la vida en los momentos más dramáticos a los que se enfrenta el ser humano, según sus propias palabras.