La confusión reinante lleva al curioso a internarse en los túneles del debate público. En una de estas incursiones bajo tierra encuentra a Antonio Gramsci, un conocido de juventud, que parece haberse convertido en el perejil de todas las salsas. Gramsci emerge de las ruinas de un doble derrumbamiento. El primero ocurrió hace ya más de un cuarto de siglo y fue el desplome del bloque socialista; el otro está ocurriendo ahora mismo. Si los países promotores de la globalización neoliberal y patronos seculares del libre comercio deciden un repliegue hacía el nacionalismo, el cierre de las fronteras y un sistema que se parece a una autarquía económica, quiere decirse que la fórmula alternativa al socialismo también ha fracasado. El repliegue que protagonizan Trump y los gestores del Brexit es caótico e imprevisible, pero lanza una señal sobre el fracaso del modelo neoliberal vigente. Y aquí radica la curiosidad del asunto. Gramsci es un referente de la izquierda y su imagen de sabio cabezón de cabellera crespa y gafitas redondas de montura metálica ha ocupado un lugar permanente en el retablo de la progresía, junto al Guernica de Picasso y al Che de Alberto Korda. Pero ahora también es objeto del interés de la derecha, a la que al parecer les ha fallado Hayek y compañía. Al saber que la lectura de Gramsci había sido recomendada por la difunta Rita Barberá (q.e.p.d.) no pude menos que pensar, vaya, no se conforman con nada, saquean las arcas públicas, arrebatan la vivienda a los desahuciados, jibarizan los salarios, y ahora también arramblan con las estampas del relicario. Más adelante, la revista de faes, el tinglado ideológico de Aznar, propone revisar sin prejuicios ideológicos a Gramsci después de afirmar que este político y pensador italiano murió “en proceso de abandonar el comunismo de raíz marxista/leninista para abrazar el socialismo de base liberal”. Es una manera de decirlo. Lo cierto es que Gramsci, fundador del partido comunista italiano, fue detenido en 1926 por orden de Mussolini, junto a otros dirigentes del partido, y condenado a veinte años de prisión por delitos de opinión política; en la cárcel escribió su obra más significativa y en la cárcel murió en 1937, antes de finalizar su condena. Que en este contexto estuviera a punto de abrazar un socialismo de base liberal, lo que quiera que sea eso, es como poco discutible. Hay dos ideas gramscianas que explican su actualidad, tanto para la izquierda, que es su heredera natural, como por la derecha aparecida ahora como causahabiente. La primera idea es la de hegemonía, condición indispensable para que una fuerza política alcance el poder y pueda transformar la realidad de acuerdo con sus objetivos, que es lo...
Opinión pública
En el periodo de mi vida profesional en que estuve encargado de la redacción de los editoriales del periódico en el que trabajaba, me entregué a un ejercicio de ascesis que era mano de santo para aplacar cualquier atisbo de engreimiento. Salía a la calle después de la jornada laboral y observaba a la gente alrededor en busca del efecto que podría haber causado mi concienzudo discurso periodístico. Nada, ni un síntoma. Tipos acodados en la barra del bar, amas de casa con sus bolsas de la compra, chavales que correteaban por allí, nadie parecía afectado ni concernido por el editorial del día, trabajosamente urdido. Un editorial es un conjunto de argumentos referidos a algún hecho noticiable, ordenado de acuerdo con cierta línea política que, se supone, debe encajar en los marcos mentales de la audiencia del medio. Es un alimento compartido por políticos, asesores varios, académicos y otros periodistas que en conjunto constituyen la elite o el establishment, si se quiere, y que, cuando estudiaba periodismo, se llamaba opinión pública, un estado gaseoso al que es ajeno lo que se ha dado en llamar la gente, antes pueblo llano. Viene a cuento esta digresión porque, mientras los hacedores de opinión –otro término arcaico- están sesudamente enfoscados en el brexit, las amenazas a la continuidad de unión europea, el ascenso de los populismos, etcétera, la principal preocupación de un significativo número de ciudadanos británicos, aunque podrían ser de cualquier otro país, es tener que llamar a los bomberos y otros servicios de emergencia para que les liberen los genitales de argollas, ganchos y otros artilugios estimulantes de los que hacen uso a imitación de los personajes de Cincuenta sombras de Grey. Un jubilado podría decir que la opinión pública ya no es lo que era. En realidad, lo que ha ocurrido es que la vasta parte inerte que constituía la base de la opinión pública ha pasado al ataque y no solo porque haya decidido estimular su sexualidad con tenazas, sino porque parece resuelta a llevar la contraria a los presuntos hacedores de opinión, burlarse de sus análisis y previsiones, y, en resumen, hacer lo contrario de lo que se espera. El vetusto, en todos los sentidos, diario monárquico abc es un clásico formador de opinión entre su público. El formato arrevistado de la publicación permite utilizar la portada como un escaparate de ocurrencias con el que su antiguo director, Luis María Anson, se sumergió en ocasiones en insuperables abismos de chabacanería y de ese humor grasiento característico del pensamiento reaccionario. El actual director ha seguido la misma senda. Antes, la portada te miraba a la espera de captar tu aquiescencia, ahora sirve de inspiración a los internautas y...
El vuelo de Ícaro
Podemos, como los demás partidos del espectro, nunca mejor dicho, se ha convertido en un parque temático. Tiene su propio público, interesado, curioso y a menudo perplejo, y sus cuitas internas son un manadero continuo de noticias hacia los contenedores de la industria del entretenimiento. La atracción principal de este parque es el vuelo de Ícaro. Como sabemos, este personaje mitológico escapó del laberinto de Minos con ayuda de unas alas adheridas a los hombros con cera. El objetivo era modesto y necesario, escapar de la prisión en la que el tirano les había recluido a él y a su padre, el ingenioso Dédalo, pero ya en el aire, Ícaro decidió asaltar el cielo y el sol derritió la cera de sus alas y derribó al héroe contra el duro suelo. Como Ícaro, Podemos ha descrito una aparatosa y eufórica elíptica sobre nuestras cabezas para terminar en el laberinto de un partido tradicional, y es sabido que los partidos tradicionales (¿pero hay otros?) tienen que dedicar buena parte de sus energías a lo suyo y, mientras están a eso, mantienen a toda pastilla los altavoces del parque para emitir consignas vacías que retengan la atención del público. No siempre es fácil discernir entre lo que un partido dice, cree y hace, pero ahora la distancia entre el deseo y la realidad se ha hecho tan ancha, tan evidente, que solo un bobo o un cínico puede decir que no la ve. Por ejemplo, cuando los partidos así llamados constitucionalistas se abalanzan a taponar la vía de descrédito abierta por la sentencia del caso Nóos proclamando al unísono que estamos bajo el imperio de la ley o que la justicia es igual para todos. Entre tanto, Ícaro, medio repuesto del atribulado aterrizaje en el suelo de Vistalegre, está dedicado a poner tiritas en las heridas y organizar el reparto del poder interno de acuerdo con el mandato de la asamblea. Era obvio que el perdedor iba a ser despojado de sus cargos políticos; lo que no lo era tanto es que iba a ser compensado con la candidatura a la comunidad de Madrid. Esta canonjía le fue ofrecida por el vencedor para desactivarlo en la carrera por el poder antes de abrirse las urnas que le dieron la victoria y el perdedor se mostró indignado por la oferta, ¿por qué, si luego habría de aceptarla? Al tiempo, la portavocía del parlamento queda en manos de la compañera sentimental del líder, aunque debemos suponer que no por esa causa, pero, ¿cómo saberlo? ¿Cómo saber cuándo la señora Mato era un alto cargo del pepé y del gobierno y cuándo era meramente la cónyuge del señor Sepúlveda?, ¿cuándo doña Cristina de Borbón...
El imperio de la ley
Hoy es un día grande porque una vez más nos ha sido revelado que vivimos bajo el imperio de la ley y que la justicia es igual para todos. Así lo ha dicho sin pestañear el ministro portavoz y, ¿qué razón habría para no creerle? Cárcel, multas, absoluciones, en dosis más o menos homeopáticas, espolvoreadas sobre un grupo humano que no tiene más en común que haber pertenecido durante un tiempo histórico de vino y rosas a la elite extractiva del país. En el guirigay de comentarios con que ha sido recibida la plural sentencia, se produce un diálogo entre dos ex altos cargos del partido gubernamental, ambos en activo en la época de los hechos juzgados. Uno es ahora comentarista de televisión; la otra, una de los acusados en el caso, que ha resultado absuelta. El primero felicita a la segunda por su suerte. El periodista que dirige el programa pregunta a la absuelta cómo fue posible que se cometiera el acto por el que ha sido juzgada. Esta persona dirigía una oficina pública para la promoción de Madrid como sede olímpica, la cual entregó una importante suma de dinero a los dos principales acusados del caso, que han resultado condenados. La ex alto cargo explica que la entrega del dinero fue acordada por la oficina para destinarlo a una fundación de la que era titular una persona considerada una autoridad deportiva con gran influencia en los organismos olímpicos. A tenor del relato y a falta de mayores detalles que sin duda habrá tenido en cuenta el tribunal para absolverla, se deduce: a) la entrega del dinero público no fue resuelta después del correspondiente procedimiento administrativo como contraprestación de un bien o de un servicio medible y cuantificable sino acordada en la oficina no se sabe por quién en nombre de no se sabe qué; b) el objeto de la fundación a la que se entregaba el dinero era desconocido para la oficina donante (de hecho era el bolsillo de los demandantes del dinero), y c) la autoridad deportiva beneficiaria de la entrega era un jugador de balonmano devenido yerno del rey. La acusada absuelta recibe el consuelo de su correligionario y amigo: hiciste lo que hubiéramos hecho cualquiera de nosotros en tu lugar. Así pues, si ha resultado absuelta, ¿qué impide que vuelva a hacerlo o que lo haga su comprensivo amigo? ¿Qué puede la justicia contra el mamoneo? ¿En que artículo del código penal está tipificada esta figura como lo está el genocidio, el narcotráfico o la piratería? La retahíla de delitos de naturaleza distinta que constituyen la corrupción –cohecho, prevaricación, delito contra la hacienda, etcétera- y sobre los que las magistradas del tribunal han aplicado...
Piedra de toque
El alboroto que parece haberse apoderado de mundo, incluido el corral en el que vivimos, nos hace olvidar que, si ha de ocurrir algo verdaderamente grave, empezará con toda probabilidad en ese pedregal de conflictos que es Oriente Medio, donde hay un rearme creciente de fuerzas encontradas e irreconciliables. Netanyahu acude a Trump para que se ponga a su lado o, al menos, no estorbe en el proyecto sionista de anexionar Cisjordania. Diríase que el gobierno israelí ha conseguido su propósito, al menos como perspectiva. Después de la brevísima contrariedad que supuso para los sionistas la resolución de naciones unidas aprobada el pasado diciembre, en la que el amigo americano condenó la expansión de los asentamientos de los territorios ocupados, la llegada de Trump ha dado un giro inquietante a la cuestión. El sionismo es una forma típica de nacionalismo europeo que considera a los judíos como un grupo nacional y no un grupo religioso. Otros nacionalismos de análoga estirpe se basaron en el factor étnico o lingüístico y todos surgieron a finales del siglo XIX. El antisemitismo y el Holocausto dieron a los sionistas una justificación histórica para la creación del estado de Israel. Una solución cómoda para los antisemitas europeos, que se libraban así de los judíos que Hitler había dejado con vida y del desapacible recuerdo que encarnaban, y para los propios judíos perseguidos que encontraban un hogar nacional lejos de la horrenda Europa de donde eran oriundos y donde habían vivido dos mil años. La operación se justificó con un lema falso: una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. El obstáculo para que este falso eslogan político se hiciera realidad eran los palestinos. La cuestión sigue vigente setenta años después. El sionismo se opone a un estado palestino porque sería un desmentido a la falacia en que se sustenta su propio estado, la cual implica que cualquier persona de cualquier parte del mundo que sea de religión judía o esté asimilado o cooptado a la definición jurídica de judío según la ley israelí tiene un derecho sobre Palestina que no tienen los propios palestinos, del mismo modo que un español del siglo XVI o un inglés del siglo XIX tenían derechos sobre territorios a miles de kilómetros del lugar donde habían nacido porque sus ejércitos habían plantado en ellos la bandera, no importa quién viviera o no en aquellas tierras. La situación era un hecho de fuerza pero la justificación era ideológica: en el caso español, la fe católica; en el caso inglés, la civilización y el libre comercio. Este cuadro tiene un nombre en la historia de las ideas políticas: colonialismo. Pero el colonialismo es por necesidad expansivo. Para justificarse a sí...