Hace unos días, un amigo se preguntaba si debíamos tener miedo de Trump. La política de la época tiene dos cualidades que operan al unísono sobre la opinión pública y que hacen de las democracias regímenes contaminantes en el sentido que lo son ciertas sustancias químicas sobre el medio ambiente. La primera cualidad está en la raíz del sistema: los gobernantes los elige el pueblo y, en consecuencia, este es el responsable de sus decisiones, sin apelación posible. El acto, que no siempre fue banal, de introducir una papeleta en la urna determina lo que vaya a ocurrir en los próximos cuatro o más años, esté o no de acuerdo con el sentido del voto depositado. Lo que básicamente eliges en las urnas, como aprendimos de los anarquistas españoles, es el amo o patrón que habrá de gobernar tu destino de ciudadano durante un periodo, y luego otro, y otro, hasta que seas lo bastante viejo y estés lo bastante desahuciado para que te interese un carajo quién gobierne. El segundo rasgo del sistema es que los gobernantes deben revalidar continuamente su popularidad mediante presentaciones públicas que forzosamente adquieren un tinte histriónico. La opinión se forma mediante una secuencia discontinua y a menudo inconexa de imágenes y sonidos producidos por los gobernantes –una especie de pixelación de la realidad a través de la pantalla del móvil- con el fin de retener la atención del público en un contexto en el que el espectáculo es un hecho atmosférico. Así, los líderes políticos, lo mismo se abrazan a un tronco de árbol para emitir una consigna de unidad que profieren un insulto brutal contra los que son sus socios y aliados, como hizo el otro día ese estúpido holandés que preside un organismo europeo del que nadie sabe para qué sirve. El público, entretanto, está en las gradas a la espera de dar rienda suelta a sus emociones y querencias, desde reír el gag del clown a esperar que el político se caiga del trapecio y se parta el espinazo. En este circo, hasta el que hace de estatua viviente, como Rajoy, tiene un espacio para lucir sus habilidades. La necesidad de espectáculo es tan intensa que un actor profesional que ha declarado como testigo en uno de los proliferantes juicios por corrupción que llenan el telediario, ha sido machaconamente calificado de el payaso de la Gürtel, no en su demérito, ya que es su oficio, sino para contaminar el proceso de irrisión y ridículo. En este marco de democracias histriónicas, Donald Trump es el rey absoluto. Un tipo en cuya biografía se entrelazan sin contradicción tres vocaciones: la política, los negocios y el espectáculo. Es difícil hacer un diagnóstico de qué significa este nuevo tipo de gobernante, aparte de sugerir que es característico de una etapa de decadencia de las instituciones liberal-democráticas tal como la hemos conocido. Trump aspira a reunir en sí el poder del dinero, la legitimidad de la política y el glamur del mito, de una manera análoga a como lo intentaron, con éxito, los dictadores de los años treinta en Europa. En ese sentido, es un personaje muy peligroso. Por ahora, sus acciones de gobierno se han visto contestadas por las instituciones vigentes y ha encontrado resistencia a sus medidas en la judicatura, en la administración, en el mundo del espectáculo, en la diplomacia e incluso en su propio partido, entre otras. Si logra vencer estas resistencias se habrá convertido en un dictador;  si no, ni siquiera lo recordaremos. Entre sus fracasos como gobernante, aparece uno indirecto y marginal, pero no menos significativo. La empresa de comida rápida para la que Trump ha protagonizado en diversas ocasiones anuncios televisivos ha tenido que quitar de su marca promocional el payaso que la identificaba porque espantaba a los niños. No es una parábola, es un hecho. El payaso de McDonalds da miedo a los niños y el payaso Donald da miedo a los adultos. Quizás aún haya esperanza.