(En memoria de Aysha Frade, de soltera Ahmet Caldelas, oriunda de Betanzos, Galicia, de nacionalidad británica, nombre árabe y casada con un portugués. Una de nosotros)

En ninguna otra ocasión como ante los episodios de terrorismo se advierte de manera más vívida el desconcierto del lenguaje para cumplir su función de ordenar y explicar la realidad, más allá del mero recuento de los hechos que están a la vista. La lógica que inspira las palabras es impotente para dotar a un atentado de significación. El terrorismo acontece, por definición, fuera del consenso discursivo y lo sacude como un golpe de viento a una candela, Es una experiencia con la que, desdichadamente, hemos vivido largas décadas por estos lares. Ahora, las últimas manifestaciones del terrorismo de inspiración nacionalista vasca, que tuvo una dimensión doméstica a pesar de su larguísima duración, se producen en medio de la indiferencia de la sociedad, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que sus acciones criminales penetraron hondamente en la moral social y la infectaron de sospecha, de ira, de miedo, de rencor. ¿Quién que tenga ahora más cincuenta años puede decir que no estuvo atrapado por alguno de estos sentimientos? La sobreactuada persecución que llevan a cabo los tribunales españoles contra tuiteros marginales es una reminiscencia de este alterado estado de ánimo, que ha quedado estampado en el código penal. Por lo que llevamos aprendido, el terrorismo es una forma extrema de alienación que se da en momentos de cambio político y económico, o cultural en sentido amplio, en el que las mutaciones afectan desigualmente a la población, ante lo cual, un puñado de individuos que se sienten excluidos, ya entiendan que lo son por su clase social, su comunidad religiosa o su origen étnico o nacional, y que no tiene más recurso operativo que una exacerbación de sus señas de identidad tradicionales, decide atacar a lo que llaman el sistema con el vano objetivo de destruirlo o, más sencillamente de dañar a los presuntos beneficiarios que pasaban por la calle. El mundo islámico está en una encrucijada histórica que puede resumirse como la necesidad de salir de su ensimismamiento e incorporarse a la modernidad, al mismo tiempo que los países occidentales del hemisferio norte, que patrocinaron, ejercieron y a menudo impusieron esa misma modernidad, viven una crisis sobre su propio modelo cultural que, de abierto, inclusivo, liberal e igualitario, está mutando en cerrado, excluyente, autoritario y desigual. En este quicio histórico, plagado de acontecimientos nuevos, no es tan difícil convencer a unos cuantos atrapados en la bisagra para que se lancen contra la sociedad que les rodea, y, en su visión, les asedia. El adoctrinamiento, las armas y el dinero no son problema en un mundo atravesado de túneles y ratoneras. Si el terrorismo yihadista queda en lo que ha sido hasta ahora, podemos estar seguros de nosotros mismos y de nuestra forma de vida, aunque su completa erradicación se dilate muchos años. Pero, entretanto, permanecerá en la sociedad la incertidumbre sobre si un error político, una mala decisión gubernamental, un actor inesperado en el escenario, un cambio en la correlación de fuerzas en el mundo, no hará estallar el arsenal de explosivos del que el terrorismo es un mero cebo. Esa es la esperanza de quienes lo alientan. Aquí podemos decir que lo hemos vivido, y lo hemos sobrevivido.