Ser y tiempo

Posted by on Mar 1, 2017 in Miradas |

Esta bitácora permanecerá inerte por vacaciones hasta el ocho de marzo próximo. Así que, hasta entonces, el autor deja en el escaparate una sarta de ocurrencias de carácter más o menos temático, restos de serie de la libreta de apuntes, con un título inspirado por algunas lecturas recientes, y con el agradecimiento a los y las fieles seguidores de estas divagaciones menudas. La inmortalidad dura mientras tu recuerdo habita en la memoria de un ser vivo, que puede ser tu perro. La historia es una reconstrucción del tiempo en busca de sentido. Un castillo hecho con la arena de la clepsidra. Avanzar o detenerse es un falso dilema porque siempre vivimos hacia adelante, impulsados por el movimiento orbital de la tierra. La fama es el cobro a cuenta de la inmortalidad, en moneda devaluable. La forma más frecuente de fama póstuma, a la que a menudo llamamos inmortalidad, es la caricatura. Un fragmento de tiempo convertido en historia: carne fresca devenida cecina. La momia es la prueba de lo engorrosa que resulta la inmortalidad. La respiración de un agonizante: la forma más exacta de medir el tiempo. Un reloj neumático. Anuncian la inminente posibilidad de prolongar indefinidamente la vida. Aún no hemos dejado de temer a la muerte y ya empezamos a temer a la inmortalidad. El tiburón boreal y la tortuga galápago se mueven despacio y viven mucho tiempo. Todos los longevos son estatuas antiguas. Extraño prestigio el de la quietud. Colgado del tiempo como una camiseta en el alambre del secadero. Las pinzas son las hojas del calendario y la experiencia es el viento, que te sacude, te conforma, te justifica. El reloj de pulsera. Un compañero imprescindible. Un predador abrazado a la muñeca. La ciudad eterna. Un descomunal y legendario vertedero de ruinas del tiempo. La legolandia de los...

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El huevo de la justicia

Posted by on Feb 28, 2017 in Miradas |

La ruina material y financiera de la llamada ciudad de la justicia madrileña es una metáfora pertinente a este tiempo. Los buitres la devoraron apenas asomó la cabeza del cascarón y hoy lo que queda es precisamente el ostentoso envoltorio ovoide en medio de un yermo poblado de conejos. Ni siquiera pueden encontrar la documentación que acredite que ese montón de ruinas fue alguna vez un proyecto racional y no la enésima oportunidad para el trinque de los sedicentes liberales que pastoreaba doña Aguirre, hasta que, ah, caramba, aquí está la documentación. Entretanto, las vetustas instalaciones judiciales de la provincia se caen a pedazos sobre los legajos acumulados en pasillos y rincones aprisionados por el moho. La justicia es el próximo objetivo de las fuerzas políticas en Europa; la batalla inmediata por la conquista del estado. Le Pen, a un paso de ganar las elecciones presidenciales, ha amenazado a los jueces que incordian con investigaciones sobre su partido. La dirigente fascista francesa habla en nombre del pueblo, otra entidad privatizada, convertida en facción. Los que aspiran al mando atacan a la justicia en nombre del pueblo; los que están al mando la utilizan como cachiporra en nombre del estado. Aquí tenemos estrategias de las dos clases, también estos días, en el juicio de los capitostes soberanistas catalanes: la justicia contra la democracia, el pueblo contra la justicia, la justicia como expresión del derecho, la justicia como imposición tiránica, etcétera. La pista del circo político la han desplazado a la sala de audiencias, donde no hay posibilidad de consenso. O te absuelven o te condenan: La solución intermedia por la que te permiten purgar tan ricamente tu condena en Suiza está reservada a los miembros de otra institución pública privatizada: la familia real. Es el efecto más visible y paradójico de la globalización: el cuarteamiento del paisaje social (desigualdad), económico (fraudes y paraísos fiscales), político (privilegios y separatismos), institucional (control de la justicia) e incluso simbólico (posverdad). La palabra de moda, un nuevo significante vacío que básicamente indica que nos hemos quedado sin palabras para nombrar la realidad. Claro está que ya no hace falta nombrarla, basta con sentenciarla, en los tribunales, desde luego, y con el apoyo del pueblo, naturalmente. Bienvenidos a un tiempo...

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La caída

Posted by on Feb 27, 2017 in Miradas |

A los viejos se nos va la pinza. El patinazo de Bonnie & Clyde en la ceremonia de los oscars -¡noticia mundial, break new, paren las rotativas!- ha traído a la memoria aquel vienes santo en que el cura al que llamábamos el pisabichos porque sus zapatos nuevos producían un crujido característico al andar por la tarima se durmió en los oficios litúrgicos y se desplomó como un saco ante el altar antes de despertar desconcertado en brazos de monaguillos y cooficiantes. Un silencio punitivo, que malamente reprimía la hilaridad contenida en la chavalería presente, acogió la inesperada interrupción de la ceremonia. Los oficios de viernes santo de aquella remota infancia eran como la ceremonia de los oscar, una sucesión larguísima y reiterativa de parlamentos, jaculatorias, idas y venidas por el escenario, con los oficiantes ataviados de ceremonial y los asistentes de domingo, y toda la parafernalia dirigida a un final que siempre era el mismo. Los viernes santos parecían tristes pero ¡eran fiesta! También el tema de fondo de la celebración era análogo al de Hollywood: separar a los destinados al cielo de los condenados al infierno. Por eso, el trompazo del cura fue tan sorprendente. Díríase que estaba en el cielo y pum, cayó, si no al infierno, sí al suelo, que es más doloroso. Cuando recuperó la compostura, el  pisabichos tenía la misma cara de estupor que la de Warren Beatty . Entonces no había televisión, de modo que el suceso quedó aprisionado en la memoria de los testigos, pero ¿a quién contárselo para transmitir el efecto liberador que aquel trompazo inopinado tuvo en la audiencia? Lo que quieren los participantes en los oficios de viernes santo o en la ceremonia de los oscars es que terminen pronto y cualquier incidente sobrevenido que no sea el incendio del local es recibido con agradecimiento por el público y tanto mejor si sirve para la difusión virtual del acontecimiento. La pifia oscaresca de Weatty & Dunaway no solo ha resultado previsiblemente viral (la máxima aspiración de cualquier noticia), sobre la que los artesanos de la red ya han confeccionado innumerables memes, sino que  sus comentaristas se relamen ante la expectativa de que el patinazo pasará a la historia de los oscars. En términos literales así será, sin duda, pero ¿a quién le importa? Cada año, en las fechas que preceden a la ceremonia de Hollywood los medios nos ilustran sobre anécdotas y estadísticas de años anteriores que, lejos de ser informativas, excepto para cineadictos en grado clínico, resultan tediosas y desde luego insignificantes. El infeliz pisabichos  murió sin llegar a ser la estrella mediática que hubiera merecido ser por aquella caída del día de la pasión, pero, a...

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La insoportable levedad del arte

Posted by on Feb 26, 2017 in Miradas | 1 comment

La deriva matinal lleva al paseante a una exposición de arte gráfico (obra sobre papel) de artistas españoles de los años ochenta y noventa, perteneciente a una famosa colección privada que ha hecho una cesión temporal al ayuntamiento de su pueblo. En la muestra están representados todos los nombres que han sido, y aún son, relevantes en el arte español de finales del siglo pasado. En este sentido, es una exposición plural, variada y representativa. Pero al mismo tiempo, consabida e insignificante. Una deprimente sensación de dejà vu asalta al espectador. Nada parece haber envejecido más deprisa que el arte contemporáneo. La razón hay que buscarla en la etiqueta. La periodificación temporal del quehacer artístico es arbitraria y asunto de historiadores pero el arte contemporáneo ha sido declarado así por quienes lo hacen, lo comentan y lo disfrutan, de manera que la etiqueta evoca una estación término, un punto sin retorno, un tiempo sin futuro, un bucle eterno, y resulta insufrible. El espectador no quiere ser contemporáneo, vale decir, no se siente identificado con esa sucesión de líneas, manchas, trampantojos y ocurrencias inanes que constituyen el tema de la muestra. La visita trae a la memoria del paseante otra ocasión anterior, esta vez una exposición temporal en el museo de arte abstracto de Cuenca en la que se mostraba la obra de un joven artista consistente en diversas variaciones de líneas onduladas sobre el soporte blanco, indistinguibles de las que podrían salir de los afanes de un jardín de infancia.  El arte contemporáneo está siempre al borde de la entropía y diríase que aquel joven artista conquense estaba empezando de nuevo en un estadio de la evolución humana muy anterior al arte de las cavernas. Hay algo desagradablemente narcisista en esta búsqueda ensimismada de la molécula primigenia. Al mismo tiempo, la exposición ofrece al paseante una revelación política: este arte es cómplice de lo que nos ocurre ahora mismo. El repliegue en la subjetividad, el desprecio por la representación y el relato, la ruptura de la ligazón entre significantes y significados, el antihumanismo de los temas, el rechazo a la tradición del trabajo artesanal, la mezcla de arrogancia y banalidad en el quehacer pictórico, el propósito de dejar al espectador abandonado a su propia interpretación y la tiranía comercial de los marchantes secundados por las instituciones públicas, todo conforma la resaca del festín del arte de los últimos cincuenta años, hasta ahora mismo. El arte contemporáneo nació en los años cuarenta del pasado siglo de una constricción política administrada por los agentes gestores del capitalismo y en sus últimas manifestaciones se dejó arrastrar por la bacanal del todo vale postmoderno. A este espectador siempre le había parecido intrigante la...

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Carnaval

Posted by on Feb 25, 2017 in Miradas |

La pequeña Nahia y la chavalería de su clase han participado este año en el carnaval del colegio con un disfraz de cielo estrellado de vangó, que se cortó la oreja y se puso una venda, para decirlo con sus palabras. La fiesta estaba dedicada al espacio exterior o a la galaxia y las clases habían desplegado su creatividad en disfraces de astronautas, marcianos, planetas y demás utilería cósmica. Mientras Nahia, Ariadne y sus innumerables colegas evolucionaban con sus disfraces en la pista del polideportivo para embeleso de sus mayores, este abuelo quedó prendado del hecho de que también maestras y maestros iban disfrazados de la misma guisa y participaban en los coros de los pequeños danzantes mezclados con ellos. El espectáculo le devolvió la imagen de su primera maestra, doña Amancia, alta, severa, el cabello tensado y anudado con un férreo moño en la nuca, el cuerpo enfundado en un guardapolvo blanco que preservaba su ropa de luto del tizne del clarión. Aquella bata blanca producía en el niño una extraña fascinación. No era un disfraz sino un uniforme, en un tiempo en el que todo el mundo aspiraba a portar una gorra, un entorchado, una chaqueta con botones dorados y, si fuera posible, una porra. El primer signo de autoridad que percibió el abuelo en su inalcanzable infancia fue el guardapolvo de su maestra, que ni siquiera era maestra titulada sino alguien que sustituía las vacantes dejadas por la implacable escabechina que la dictadura practicó con los docentes de la república. Hubo que esperar dos o tres cursos hasta que los primeros maestros titulados se ocuparan de las aulas en las escuelas del Ave María; entonces doña Amancia y su bata blanca desaparecieron, pero la impronta de la autoridad que dejó tras de sí quedó lo bastante gravada en el niño como para que lo recordara inopinadamente sesenta y pico años después. El abuelo está desconcertado pero también esperanzado. Si él sobrevivió a la bata blanca, Nahia sobrevivirá al universo estrellado. Ambos son síntomas de estados de ánimo extremos, como es propio de los carnavales: la penitencia perpetua, la fiesta perpetua. Estaba el abuelo enredado en estas disquisiciones cuando la fiesta escolar dio un giro, no por previsible menos incongruente. En el último acto, el aula de los mayores hizo una representación de la mascarada de Lantz, un famoso y reiterativo carnaval rural de esta provincia que, a la manera de todos los de su especie, tiene un carácter moralista y termina con la ejecución de un ladrón llamado Miel Otxin,. El desorden carnavalesco termina, pues, con el triunfo del bien y la restauración de la propiedad privada. No deja de ser curioso, después del despliegue galáctico,...

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