En la provincia experimentamos en ocasiones el mensaje del célebre microrrelato de Augusto Monterroso: cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Abres el periódico local un día cualquiera y ahí está de rabiosa actualidad el personaje retirado de la vida pública hace un montón de años, o eso anunció, y al que creías dedicado a alguna actividad lúdica propia de su edad y condición, como la filatelia o el mantenimiento de un blog donde descargar recuerdos borrosos y ocurrencias arbitrarias. Bien es cierto que este espécimen jurásico carece de la connotación amenazadora o pesadillesca que parece tener en el cuento de Monterroso y más bien es un dino de dibujos animados, un juguete despeluchado y mordisqueado por esa mascota doméstica que es la historia, pero que mantiene intacto el afán de notoriedad y protagonismo que ha sido el rasgo definitorio de su carrera pública. Ahora es noticia porque la cúpula del pepé que anida en la calle Génova le ha vetado para el cargo de presidente honorario del partido en la provincia, cargo para el que había sido propuesto por militantes locales. ¿Para que querría el dino ser presidente honorario de un partido que está a noventa y tres centésimas de voto de ser extraparlamentario en la provincia? La respuesta es muy simple: para estar ahí, como el dinosaurio de Monterroso. La decisión de la directiva del pepé ha dado ocasión al dino para salir a la prensa con una buena dosis de impostada indignación y disparar una salva de fogueo: el veto es una decisión estalinista.  Como poco. Y aún ha dicho más, para reforzar los méritos de su candidatura: el pepé ha sido mi partido de toda la vida. Bueno, veamos. Inició su carrera política en un grupúsculo autodenominado socialdemócrata foral, con él como cabeza de filas, faltaba más, que más tardé se sumó a la constelación de grupúsculos del ámbito de la derecha que formaron ucedé y con esta sigla ocupó sus primeros cargos públicos hasta que los propios componentes dinamitaron el partido de Suárez, cuando ya el dino estaba enemistado con la practica totalidad de sus correligionarios, así que se aferró a otra sigla, esta demócrata cristiana popular,  de la que también fue cabecera del cartel local. La apuesta no funcionó y, para continuar en la carrera, hubo de arrimarse al partido regionalista upeene que en la provincia era hegemónico de la derecha y en el que estuvo muchos años vetado por cierta quisicosa legal impresa en el estatuto de autonomía de la región, que él había promovido. Por fin, el veto declinó y pudo formar parte de la sigla regionalista hasta que está rompió con el pepé y, en el proceso de divorcio, él eligió quedarse en el partido de Aznar para  conservar su escaño en Madrid. En este trasiego de siglas, el dino fue presidente de la diputación regional, diputado al congreso, senador, y durante casi tres décadas uno de los especimenes más vistosos del parque jurásico. En el pepé lo jubilaron a la primera oportunidad cercenando así su modesta ambición de ser ministro, así que anunció su retirada hasta que un suceso inesperado le llevó otra vez bajo los focos: los papeles de Bárcenas, en los que para Rajoy solo algunas cosas eran ciertas. Al dino, escarmentado en propia piel por la corrupción y sus consecuencias porque ya las padeció en la provincia al comienzo de su carrera, le faltó tiempo para anunciar que él había recibido dinero del tesorero del partido, como se decía en los famosos papeles, si bien para una buena causa, para que un amiguete pudiera meterse en política. Sin embargo, algún rencor debía alimentar contra quienes cercenaron su carrera política impidiéndole ser ministro porque no dudó en elevar  la responsabilidad de los mejunjes de Bárcenas nada menos que hasta Aznar el intocable. Y ahora pretendía ser presidente honorario del pepé de esta remota provincia subpirenaica de la que es uno de sus más notorios vecinos. Como ven, hay algo de entrañable, cómico, además de cansino, en la peripecia de este dinosaurio cuya vida pública ha discurrido bajo un régimen dizque estalinista.