Quirón nos cuenta que da clases particulares de refuerzo en historia a una adolescente, hija de unos amigos a los que se prestó a hacer este favor. La alumna, siendo despierta y aventajada en matemáticas y latín, es tarda y desentendida cuando de historia se trata. A cierta edad joven se es inmune al paso del tiempo y lo que ha ocurrido fuera del inmediato presente es percibido como un hecho legendario en el que los acontecimientos se solapan y los personajes y sus roles se confunden en un relato plano y sin sentido. No es solo un problema de inmadurez juvenil sino un signo de esta época calificada de postmoderna y caracterizada por el rechazo al historicismo que reinó en el discurso político y académico hasta, digamos, los años noventa del pasado siglo. Entonces, un sabio oportunista decretó el final de la historia y todo el mundo tomó nota; hasta las series de televisión, que mezclan desenfadadamente a emperadores romanos, guerreros medievales y extraterrestres de orejas puntiagudas en relatos fusión, como en gastronomía, cuyos ingredientes están disponibles en el vasto supermercado de estereotipos de la nube. La historia que se estudiaba en el bachiller de antaño era una sucesión de acontecimientos disruptivos, generalmente bélicos, que marcaban la cronología y el paso de las épocas, pero la pax americana bajo la que hemos vivido desde hace más de medio siglo en esta parte noroccidental del planeta (y que claramente está a punto de terminar) ha ayudado a la creencia de que vivimos en un presente continuo y al consiguiente descrédito de la historia como maestra de la vida. Ayer, los pregoneros anunciaron unánimemente que vivíamos un día histórico pero los mismos protagonistas del acontecimiento se comportaron como si no lo fuera. Un protocolario intercambio de cartas diplomáticas, una anodina sesión en el parlamento y algunas declaraciones  rutinarias llenaron la agenda internacional del día. Doña May, artífice de este negocio, actuó con la fingida naturalidad de quien quiere hacer creer que todo sigue igual pero bajo las untuosas fórmulas de cortesía lanzó a su interlocutor una propuesta amenazadora: un acuerdo comercial amplio y favorable a sus intereses o la retirada de toda colaboración en materia de defensa, seguridad y lucha antiterrorista. Un chantaje típicamente mafioso: o pagas o tu tiendecita de chuches arderá con una lata de gasolina, y es que la mafia es una de esas instituciones por las que no pasa el tiempo, y, como los nacionalismos, también define su ambición por el control de un territorio. Sonámbulos es el título de un libro de historia que relata el modo aparentemente inconsciente como los gobiernos europeos, dirigidos por reyes, emperadores y zares que eran primos entre sí, encaminaron a sus países hacia la carnicería de la primera guerra mundial. También los miembros de la actual clase política europea, que se reúnen, se jalean, se palmean el omóplato, se ríen las gracias y posan entrelazados y sonrientes ante las cámaras como si estuvieran en una celebración perpetua, parecen miembros de la misma familia, como los francisco josé, carlos, guillermo, nicolás, jorge y demás parentela de cuando entonces. Los que por razones de edad vivimos aprisionados por la historia, estamos en un ay cuando se anuncia un día histórico, un sobresalto del que la ignorancia libra a la joven pupila de Quirón. Quién sabe, quizás pueda vivir al margen de la historia. El 2 de agosto de 1914, Kafka escribió en su diario: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia, por la tarde clase de natación»  y, sin embargo, sobrevivió a la escabechina, bien que en forma de escarabajo.