Los estados europeos han dejado de ser el armazón de las naciones para convertirse en terminales de los mercados financieros. Los estados aumentan o disminuyen (más esto segundo) sus dimensiones y competencias al albur del mandato de la banca, y su relación con los ciudadanos se reduce a un juego de quitaypón impuestos y tasas para hacer compatibles los beneficios de las bolsas y el malestar de la plebe. En la Europa oficial es populismo convocar un referéndum pero no lo es anunciar una rebaja de impuestos a mitad del ejercicio fiscal con fines electorales, como ha hecho el uomo qualunque que preside el gobierno español. La rebaja de impuestos es el mantra del populismo popular para contentar las exigencias de las llamadas y aclamadas clases medias. Al parecer, a lo que aspiran los individuos incursos en esta categoría social es a comprarse una camiseta en las rebajas de El Corte Inglés, que, básicamente, es para lo que dará la anunciada bajada del impuesto de la renta, habida cuenta el nivel salarial del país. Pero, además, el anuncio de hombre serio y de fiar que es nuestro presidente tiene truco: la bajada de impuestos debe ser cofinanciada por las comunidades autónomas, lo cual tendrá dos consecuencias: una caída de los servicios públicos esenciales (salud y educación) cuyo gasto gestionan las administraciones regionales, y una competencia entre estas para que sus ciudadanos no se sientan peor tratados fiscalmente que los ciudadanos de la comunidad vecina. Empieza una carrera para convertir España en una federación de 17 paraísos fiscales, lo cual está dentro de la más impecable doxa europea. Si Juncker convirtió Luxemburgo en un paraíso fiscal para las multinacionales y ha llegado a presidente de Europa, ¿por qué no habría de aspirar a lo mismo la presidenta de la Comunidad de Navarra, digamos?, ¿no vivimos en un espacio democrático de libres e...
El celo del fiscal
La fiscalía ha decidido hacer suya de oficio la causa contra el concejal madrileño Guillermo Zapata por sus ya famosísimos tuits, y recurrir el archivo decretado por el juez a partir de la denuncia de una asociación privada de pintoresco nombre. Veamos. Los tuits que han malafamado al concejal son dos y literalmente podían ser considerados injuriosos para víctimas de tres tipos de delitos bien diferenciados: el primer tuit aludía a las víctimas judías del genocidio nazi y el segundo, a una víctima del terrorismo etarra, citada por su nombre, y a dos víctimas de asesinato a manos de delincuentes comunes en circunstancias particularmente horribles. La denuncia contra el concejal fue solo por la víctima del terrorismo etarra, al parecer la única protegida por el Código Penal. El concejal encausado, que ha terminado por raparse las barbas, no sé si como gesto de penitencia, afirmó que los tuits eran solo muestras de humor negro, carentes de animus injuriandi y pidió públicamente perdón a quieren se hubieran sentido heridos por esos comentarios. Pues bien, resulta que la única persona presuntamente injuriada que estaba en condiciones de aceptar o rechazar esa petición de perdón era la víctima del terrorismo citada en el tuit por su nombre, Irene Villa, la cual en un gesto generosidad del que ya ha dado muestras en ocasiones anteriores, pues es un personaje público, ha afirmado no sentirse herida por esos comentarios. Causa archivada. Ahora, la fiscalía argumenta que esos tuits causan “indignación” en las víctimas -ojo, solo las del terrorismo, me pregunto qué pensarán los familiares de las niñas de Alcasser- y en consecuencia la acción del concejal es perseguible de oficio. El dolor de las víctimas del terrorismo debe ser respetado (lo que no hizo el concejal) y su memoria defendida de ultrajes pero, en puridad, su dolor e indignación no son distintos al que sienten otras víctimas, por ejemplo, de un accidente de tráfico provocado por un conductor ebrio o por violencia machista. Diríase que las víctimas del terrorismo conforman una corporación del dolor y la indignación que opera al unísono y goza de especial protección legal. En ese caso, ¿por qué se consintió el brutal linchamiento en las redes y en la prensa a que fue sometida Pilar Manjón, de la que se puso en duda hasta su condición de madre de una de las víctimas de los atentados de Atocha? Ahora le ha tocado a Irene Villa, por salirse del...
Las Termópilas
El referéndum griego obliga a todos a concentrarse en su resultado. No importa cómo se ha llegado hasta aquí, ni cuáles serán las consecuencias. Importa el resultado mismo, el signo de la victoria o de la derrota. Luego ya se verá. Una falange de jubilados expoliados, amas de casa con la cesta vacía y jóvenes sin expectativas de empleo se disponen a resistir con el voto las imposiciones de los persas. ¿Pero qué ocurrirá si, en efecto, los persas se retiran del campo? Las Termópilas es un mito europeo, no solo griego, porque a todos nos halaga saber que hay un puñado de héroes que nos defienden en el desfiladero de la intrusión de los bárbaros. Pero, ¿y si los bárbaros somos nosotros? ¿Y si los hoplitas griegos, no solo defienden las pensiones, el empleo y la atención sanitaria sino también la consentida evasión fiscal de los armadores de sus barcos y de los clérigos de su iglesia y las mordidas de los funcionarios públicos? ¿Héroes o corruptos? La corrupción ha presidido todo el proceso que se dirime este domingo. Los bárbaros del norte –los ahora iracundos acreedores- no ignoraban que su socio meridional carecía de solvencia cuando convinieron su ingreso en el euro; sabían que en ese país la evasión fiscal era un hecho atmosférico y que las cuentas públicas no cuadraban, lo sabían porque se lo decían los mismos griegos, pero aceptaron las condiciones para hacer buenos negocios. Ahora vuelve el momento de los héroes, y del albur de las circunstancias. En aquella famosa ocasión hace 2.500 años fue un griego el que abrió el paso al ejército de Jerjes para romper por la retaguardia las defensas de Léonidas y sus trescientos (eran más pero el marketing lo llevaron los espartanos). Aquel listillo, al que la historia ha identificado como Efialtes, hijo de Euridemo, debió pensar que a Grecia le iría muy mal si se resistía a la globalización de la época, lo que podríamos llamar libérrimamente la Unión Persa, e hizo lo que pudo para evitarlo. El resultado de la batalla de mañana no será muy distinto al de su precedente: no dirimirá el conflicto y causará graves destrozos en ambas partes. A los estrategas de esta ocasión, Yanis Varoufakis y Wolfgang Schäuble, por decir dos nombres de entre los múltiples notables que están en el cotarro, les gustaría acaso ser recordados como el pugnaz Leónidas, pero lo cierto es que todo el mundo preferiría que encontraran un sendero alternativo, como el traidor...
Referéndum
Si nuestro bienamado presidente Rajoy pudiera enviar un buen manojo de votos para determinar el resultado del referéndum de Grecia, lo haría encantado, y no sería el único. Todos en Europa parecen dispuestos a votar en este referéndum, por las más diversas razones, casi todas personales. Las de Rajoy son inocultables, incluso para un hermético registrador de la propiedad: pararle los pies a Podemos con un buen guantazo en la cara de Syriza. El referéndum griego quiebra la respetable tradición de cabildeos a puerta cerrada entre un puñado de notables, que es el modo como se ha construido la Unión Europea. En los primeros tiempos, cuando los peatones no tenían ni idea de qué iba aquello, los tratados europeos aparecían una mañana en el boletín oficial ante la indiferencia del público. Luego, cuando eso que llamamos la conciencia europea fue creciendo por mor del mayor poder de las instituciones comunitarias y del dinero que manaba de Bruselas, la opinión pública estaba al acecho y los acuerdos se anunciaban en el último minuto para aumentar el suspense sobre lo conseguido. y masajear de paso la vanidad de los negociadores, que surgían con los ojos enrojecidos de una sala de reunión en la que destellaban los botellines vacíos de agua mineral. Europa se había colado en la política doméstica y algunos gobiernos convocaban después referendos para ratificar tal o cual acuerdo, sin consecuencias apreciables cualquiera que fuese el resultado. Ahora, cuando hemos advertido que un euro no vale lo mismo según en qué bolsillo esté, el referéndum ha irrumpido en el tempo de las negociaciones, que ni siquiera tienen una sede ni un procedimiento reconocibles, por no hablar de los propios términos de la negociación y de las mareantes cifras de deuda con las que agraden el entendimiento del común. Varoufakis no se ha bajado de la moto, Rajoy no ha salido de la pantalla de plasma, Lagarde va a un desfile de alta costura y Merkel mantiene impertérrita su consabido trajecito de chaqueta. En este escenario virtual, ¿por qué no llevar la plaza Syntagma a Berlín? No es un referéndum, es un...
Predestinación
¿Cómo es posible que los alemanes, que han provocado en los últimos cien años dos guerras en las que martirizaron a los pueblos de Europa y perdieron las dos, estén ahora dictando las pensiones, los salarios, becas y subsidios de los mismos a los que machacaron hace setenta años? Esta desasosegante pregunta que nos hacemos todos los paletos al sur de los Pirineos y los Alpes tiene para los propios alemanes una respuesta obvia: la predestinación, un artilugio existencial según el cual las almas son destinadas antes de la cuna al paraíso o al infierno y, para que no haya duda sobre lo que corresponde a cada cual, el destino las colma en vida de fortuna o de penurias, respectivamente. Esta ocurrencia calvinista es ininteligible en el Mediterráneo, donde somos más de tentar la suerte y del buen rollo. Nuestro curas y popes nos enseñan que se puede alcanzar el paraíso en el último minuto y desde las posiciones más comprometidas mediante un cambalache que haga creer que estamos arrepentidos y aceptamos la penitencia, aunque en nuestro fuero interno sabemos que, si salimos de esta, volveremos a las andadas. Este debió ser el mecanismo mental que accionó ayer la presunta aceptación de Alexis Tsipras de las condiciones europeas (es decir, alemanas) para reiterar de inmediato la convocatoria del referéndum. En ocasiones anteriores, los alemanes cabalgaban tanques panzer y ahora van en silla de ruedas pero su determinación es la misma y también su estupor ante las añagazas del adversario. Grecia ganará esta partida, no en la mesa de la economía sino por muy convincentes razones geoestratégicas que ni siquiera los alemanes pueden alterar, pero sería suicida minusvalorar hasta dónde puede llevar a éstos la fe en sus propias...
Urnas
El capitalismo y la democracia son incompatibles. Cierto que pueden llegar a un equilibrio en la parte alta del ciclo, cuando el primero va viento en popa y la segunda mira para otro lado, pero apenas se inicia el tramo de bajada, crujen las costuras de su forzado maridaje. Esta es la causa de la histeria que ha levantado en la Europa bienestante el referéndum griego. Los mercados desregulados, que es como llamamos ahora al capitalismo de toda la vida, necesitan para funcionar estabilidad política, es decir, corrupción administrativa, dinero negro, evasión fiscal, empleo precario, sueldos bajos, oligarquías opacas y mucha policía para sujetar a los descontentos, que son cada vez más. Lo que significa a la postre la destrucción del Estado nacional. Por ahora, nuestro partido en el gobierno ha seguido el manual de instrucciones, desde la corrupción masiva de sus concejales y diputados hasta la ley mordaza, pasando por la reforma laboral contra el empleo estable, la amnistía fiscal para los evasores y otras medidas complementarias de su coleto o dictadas por Bruselas (que ya no es la pomposa y aburrida ciudad de antaño sino el agitado y vengativo castillo de Drácula) sin que sus esfuerzos se hayan visto recompensados en las urnas. La reacción se le escapó ayer, ¿involuntariamente?, a nuestra inédita ministra de Agricultura: “Ojo, que las urnas son peligrosas”. Me imagino que la ministra estará ahora lamentando el lapsus joseantoniano como el concejal Zapata ha lamentado su malhadado tuit. O quizás no, nuestra derecha no suele exhibir los escrúpulos que a menudo atormentan a la izquierda, por eso está siempre tan saludable y...