Los estados europeos han dejado de ser el armazón de las naciones para convertirse en terminales de los mercados financieros. Los estados aumentan o disminuyen (más esto segundo) sus dimensiones y competencias al albur del mandato de la banca, y su relación con los ciudadanos se reduce a un juego de quitaypón impuestos y tasas para hacer compatibles los beneficios de las bolsas y el malestar de la plebe. En la Europa oficial es populismo convocar un referéndum pero no lo es anunciar una rebaja de impuestos a mitad del ejercicio fiscal con fines electorales, como ha hecho el uomo qualunque que preside el gobierno español. La rebaja de impuestos es el mantra del populismo popular para contentar las exigencias de las llamadas y aclamadas clases medias. Al parecer, a lo que aspiran los individuos incursos en esta categoría social es a comprarse una camiseta en las rebajas de El Corte Inglés, que, básicamente, es para lo que dará la anunciada bajada del impuesto de la renta, habida cuenta el nivel salarial del país. Pero, además, el anuncio de hombre serio y de fiar que es nuestro presidente tiene truco: la bajada de impuestos debe ser cofinanciada por las comunidades autónomas, lo cual tendrá dos consecuencias: una caída de los servicios públicos esenciales (salud y educación) cuyo gasto gestionan las administraciones regionales, y una competencia entre estas para que sus ciudadanos no se sientan peor tratados fiscalmente que los ciudadanos de la comunidad vecina. Empieza una carrera para convertir España en una federación de 17 paraísos fiscales, lo cual está dentro de la más impecable doxa europea. Si Juncker convirtió Luxemburgo en un paraíso fiscal para las multinacionales y ha llegado a presidente de Europa, ¿por qué no habría de aspirar a lo mismo la presidenta de la Comunidad de Navarra, digamos?, ¿no vivimos en un espacio democrático de libres e iguales?