La gente de letras, dios, qué antiguo suena eso, los analógicos, habría que decir, estamos condenados a la nada, con toda razón. La compulsiva efervescencia de la literatura a nuestro alrededor -que incluso ha creado un género para perezosos e iletrados de no más de 140 caracteres en el que están abolidas las reglas sintácticas y ortográficas y el mensaje reducido a poco más que onomatopeyas- no puede ocultar, sin embargo, su derrota frente a la ciencia. Los analógicos hacemos analogías, con perdón, es decir, ejercicios de copia/pega con pedrería más o menos fina saqueada del centón del lenguaje. Al final, el resultado es de suma cero. Podríamos desaparecer todos los columnistas, blogueros, novelistas de best seller y de worst seller, críticos, cronistas, ensayistas, gacetilleros y chistosos, con nuestras metáforas, chascarrillos, sonetos, cuentos y demás faramalla y la realidad permanecería intacta. “Afrontamos la cuestión de la asimetría entre materia y antimateria. ¿Por qué hay tanta materia en el universo y tan poca antimateria?”. No, no es una rebuscada metáfora sino una pregunta literal que se hace Fabiola Gianotti, directora del Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), quien añade: “Hemos resuelto una pregunta y seguimos buscando otras respuestas”. Pues bien, los analógicos ni siquiera entendemos la pregunta. El lenguaje se detiene derrotado ante el conocimiento. No es que los científicos lo encapsulen en una jerga (como hacen los médicos, que no son al fin más que artesanos) sino que se ha vuelto inefable. Cuando el mismo CERN confirmó la existencia del llamado bosón de Higgs, leí toda la literatura de divulgación disponible en aquellas fechas sobre el descubrimiento y por una fracción de segundo creí que lo había entendido antes de caer por completo en la más absoluta oscuridad. Hubo un tiempo en que el conocimiento parecía encontrarse en las palabras y de esta tenaz superstición nació la Biblia, las actas notariales y los crucigramas de los periódicos. Ahora, las palabras han devenido en obstáculos. ¿Por qué eligió usted ser física experimental?, inquiere la periodista que entrevista a la señora Gianotti, la cual responde: “Siempre me ha gustado hacer cosas con las manos. De niña disfrutaba jugando con la plastilina para formar muñequitos y cosas… y siempre me ha gustado la cocina, así que me satisface hacer experimentos”. Ya lo has oído, no todo está perdido. Ahora, silencio, deja de escribir esta tontería y ve a la cocina a ver qué puedes hacer con el resto del guiso de pollo y de ensalada que hay en el...
Emergencia
Europa va a entrar en el quirófano y no sabemos si saldrá con su extremidad sudoriental amputada. Por ahora, las oficinas de Bruselas y Francfurt parecen un alocado servicio de urgencia hospitalaria como el de la película de Robert Altman en el que nadie sabe si hay que echar mano del bisturí o poner una cataplasma. Ya veremos sobre la marcha. No hay un diagnóstico inequívoco. No sabemos si Grecia es la cuna de la democracia, título que pretende ratificar ahora con un referéndum (ya ven qué oportunos), o una patulea de gorrones que quieren birlar la cartera a los jubilados alemanes. Tampoco sabemos hasta dónde llega su sistema nervioso y vascular. Sí, claro, Grecia es un país lleno de griegos, como diría el íluminado Rajoy, pero nadie sabe a ciencia cierta si la afección que padece no alcanzará también a España, Portugal, Italia o Irlanda o a toda la Unión Europea. De repente, sin saber cómo, sube la prima de riesgo, que es la medida de la codicia de los especuladores, como sube la temperatura bajo el sobaco, y ya somos griegos. Una cosa es segura en todo caso, a España nadie la confundirá con la cuna de la democracia. Aquí ya cambiamos la Constitución con nocturnidad y el gobierno aplica todos los electroshocks que sean necesarios para quitarnos de la cabeza la idea de que no somos pobres. Claro que también aplicaron la terapia a los griegos y ya ven. De momento, la buena noticia es que el dinero privado ha escapado por la red del alcantarillado financiero, y el dinero público está encerrado en un corralito para no provocar pánico. Si se van las ratas, es de prever que se lleven la peste, aunque dejen tras de sí al pueblo exangüe en las escalinatas del ágora. Pero -me sopla el centauro Quirón-, siempre quedarán los...
Grecia
La crisis griega ha puesto de relieve de manera insoportablemente vívida la inanidad del estado-nación en la Unión Europea y, en consecuencia, de los procesos deliberativos y de toma de decisiones en los gobiernos y parlamentos nacionales. Nada de lo que se haga en este ámbito tradicional de la política democrática puede modificar la lógica general del sistema. Los habitantes de esa cosa que llamamos Unión Europea estamos clasificados en dos categorías contables inapelables: acreedores y deudores, y la dialéctica entre ambos se reduce a la negociación lineal y monotemática entre el moroso y su banquero (cuantía de la deuda, intereses, plazos de devolución, etcétera). Es una relación tribal, anterior a los estados democráticos y a la noción de ciudadanía. Los griegos están en un tris de dejar de ser ciudadanos para convertirse en parias. El deudor responde de la deuda no solo con su capital monetario, sino con su hogar, sus aperos y herramientas, su salud y la de su progenie. Es la libra de carne exigida por Shylock. El horror de esta condena está aludido en la principal oración del Nuevo Testamento: “perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonados a nuestros deudores”, tal como lo aprendimos de niños, aunque una reciente reforma de la palabra de Dios (Dios también matiza, como un político cualquiera) adoptada durante el papado del reaganiano San Wojtyla dice, “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Ahora, los ofendidos son los acreedores ricos por la decisión de Alexis Tsipras de llevar a referéndum del pueblo griego la draconiana propuesta de devolución de la deuda. Los acreedores ya tienen un plan B para esta eventualidad: dejar a los griegos con los andrajos de su soberanía nacional a la sombra de la Acrópolis. Me atrevo a proponer una alternativa para Grecia en caso de ser expulsada del euro: convertirse en paraíso fiscal para el capital de sus acreedores. La adaptación no sería difícil porque tienen condiciones óptimas: sol, playas bellísimas y sobrada experiencia en no pagar...
El bandido bueno
El sistema electoral español favorece el bandidaje, lo que no quiere decir que quienes se benefician de él no sean bandidos buenos. Esta figura legendaria tiene, desde Robin Hood a Luis Candelas, larga data en el aprecio popular, y más en países rústicos y tan propensos al folclore como el nuestro. Aquí, el político se presenta a las elecciones en una lista cerrada y bloqueada, como una falange macedonia, pero, cuando consigue el escaño, recibe un capitalito, una especie de botín de guerra, que le sirve para negociar ciertas ventajas personales: la posibilidad de hacer negocios colaterales para sí o para los suyos y una relativa inmunidad en forma de aforamiento en caso de que trascienda la raya de la ley, así como la solidaridad de sus compañeros de sigla y circunstancia, al menos hasta la puerta de la cárcel, si se da el caso. Los tradicionales partidos políticos españoles son un híbrido de organización leninista y familia mafiosa. Del primer modelo toman la disciplina cerrada, la camaradería ciega y la lealtad al jefe, que es quien dispone el orden en la falange electoral y en consecuencia la posibilidad ulterior de participar en el botín, y del segundo, el modo clientelar de operar en su entorno. Antes de las elecciones, la consigna es, todo por el partido; después, ¿qué hay de lo mío? Este equilibrio bipolar funciona hasta cierto punto y bajo condiciones óptimas de bonanza económica, pero, si se tuercen las cosas, llega un momento en que hay que elegir entre el partido y el partidario. Como en cualquier juego de guerra, hay que sacrificar piezas para conservar el grueso de la fuerza. Esto es lo que viene ocurriendo en el sainete del partido socialista de Andalucía. De Gaulle renunció a fusilar al mariscal Pétain porque era una gloria de Francia a pesar de que se había entregado al enemigo ocupante y con él había entregado la República. Me pregunto cómo podrá Susana Díaz forzar la devolución del escaño a uno de los conspicuos fundadores del mítico “clan de la tortilla”, a cuyo quehacer debe, entre otras cosas, la presidencia que...
Gente
¿Puede alguien imaginar la cantidad de literatura a que dio origen el concepto de clase social? La práctica totalidad de la actividad intelectual de los politólogos, profesionales y aficionados, de los últimos cien años estuvo dedicada a aclarar qué era la clase, cómo se comportaba, cuántas clases había, quién formaba parte de ellas o estaba en sus márgenes, como se convertía la clase en agente político, a qué intereses servía, de qué instrumentos debía valerse, y, el desiderátum, qué hacer para que la clase alcanzase la hegemonía en el cotarro político. Pues bien, se acabaron los dolores de cabeza. Ya no hay clases; ahora todos somos gente. Como hallazgo conceptual, este término tiene la ventaja sobre su predecesor de que es más intuitivo, como exigen ahora a las webs para facilitar la navegación de los usuarios. Y socialmente es, desde luego, más inclusivo. No es necesario aprender ningún catecismo ni adoptar ninguna pose para ser gente. Antaño, muchos obreros no pertenecían, objetivamente, a la clase obrera porque sus creencias o sus actitudes lo hacían imposible, y lo mismo ocurría con los burgueses y aristócratas expulsados de sus entornos sociales, en resumen, desclasados. De manera que las clases eran un material ideológico que presentaba muchas rigideces, astillamientos y puntos de fractura que, por último, lo hacían inoperante para los fines para los que había sido diseñado. Ahí tienen, por ejemplo, a Izquierda Unida con su menguado 10% del voto, lo que podría querer decir que hay un 90% de ovejas negras desclasadas que se encuentran mucho más cómodos sintiéndose gente, que es como vestir con bermudas y chanclas todo el año. Esta holgura de la noción de gente cruje cuando hay que definir al antagonista. Infortunadamente, las cosas no han cambiado tanto que podamos prescindir de la dialéctica hegeliana. Si la gente es la tesis, la antítesis es… la casta. Pero nadie quiere identificarse como miembro de este club. Vale que los banqueros, los ministros, los políticos de la puerta giratoria y los obispos lo sean de oficio, como ha sido siempre, pero, ¿y el concejal de pueblo que tiene una parcelita casualmente revalorizada por la traída de aguas?, ¿y el funcionario que dilata el café de media mañana a un par de horas?, ¿y el artista que ha conseguido montar la primera exposición de su obra con ayuda de la diputación? ¿Qué ocurrirá cuando la alcaldesa que se ha bajado el sueldo se encuentre con que todos los funcionarios de la institución cobran más que ella? He aquí una partícula de gente rodeada de casta por todas partes, y nada menos que en la sede de la voluntad...
Transversales
Lo que interesa de la opinión pública sobre determinado asunto ha dejado de ser su carácter unánime, mayoritario o marginal, según los casos, y lo que mola es que sea transversal. Es la nueva topografía de la alineación política. Nada de las compactas masas de la era industrial y de los erguidos individuos que las formaban a paso de marcha y al son de los metales. Olvídense de eso. Ahora la gente forma redes, cadenas, saltos y escraches, nódulos y plataformas, núcleos que irradian y periferias que absorben, a través de calles y barrios, arriba y abajo de la escala social, reptando entre generaciones, a la sombra de innumerables banderitas, pegatinas, iconos y logotipos de ocasión (nada de símbolos trascendentes) para penetrar mansamente, como el polen primaveral, en las entretelas germinales de la decisión política. La historia ha dejado de ir rectilíneamente hacia alguna parte que los de mi edad llamábamos progreso y ahora está trabada por numerosas ideas y pulsiones transversales que, a vista de pájaro o de zoom de Google Maps, más parecen una maraña que otra cosa. Es la democracia por aspersión. Hoy mismo se ha producido un cortocircuito al contacto de la línea recta y la transversal, que se pretendía amistoso y ha terminado en una aparatosa descarga eléctrica. El líder de Podemos ha descalificado sin contemplaciones al de Izquierda Unida que menesterosamente buscaba su alianza: “Que se queden con la bandera roja y nos dejen en paz. Yo quiero...