El capitalismo y la democracia son incompatibles. Cierto que pueden llegar a un equilibrio en la parte alta del ciclo, cuando el primero va viento en popa y la segunda mira para otro lado, pero apenas se inicia el tramo de bajada, crujen las costuras de su forzado maridaje. Esta es la causa de la histeria que ha levantado en la Europa bienestante el referéndum griego. Los mercados desregulados, que es como llamamos ahora al capitalismo de toda la vida, necesitan para funcionar estabilidad política, es decir, corrupción administrativa, dinero negro, evasión fiscal, empleo precario, sueldos bajos, oligarquías opacas y mucha policía para sujetar a los descontentos, que son cada vez más. Lo que significa a la postre la destrucción del Estado nacional. Por ahora, nuestro partido en el gobierno ha seguido el manual de instrucciones, desde la corrupción masiva de sus concejales y diputados hasta la ley mordaza, pasando por la reforma laboral contra el empleo estable, la amnistía fiscal para los evasores y otras medidas complementarias de su coleto o dictadas por Bruselas (que ya no es la pomposa y aburrida ciudad de antaño sino el agitado y vengativo castillo de Drácula) sin que sus esfuerzos se hayan visto recompensados en las urnas. La reacción se le escapó ayer, ¿involuntariamente?, a nuestra inédita ministra de Agricultura: “Ojo, que las urnas son peligrosas”. Me imagino que la ministra estará ahora lamentando el  lapsus joseantoniano como el concejal Zapata ha lamentado su malhadado tuit. O quizás no, nuestra derecha no suele exhibir los escrúpulos que a menudo atormentan a la izquierda, por eso está siempre tan saludable y rozagante.