Como cada año por estas fechas de agosto nos llega el tañido de la campana de Hiroshima implorando la paz. Es una plegaria mínima y remota al Jehová de nuestro tiempo para que nunca más vuelva a descargar su ira sobre nosotros. Mudas linternas de papel bailan en la superficie del estanque y recuerdan modestamente el fragor y la luminosidad del primer ensayo del fin del mundo. La secuencia es conocida: un artefacto de unas cuatro toneladas de peso con cincuenta kilos de uranio en sus entrañas al que pusieron el estúpido nombre de Little Boy produjo una atmósfera a treinta mil grados de temperatura y dio muerte a ciento cuarenta mil seres humanos en unos segundos. La bomba acabó con la guerra, revirtió los valores en nombre de los cuales se había luchado y presidió desde entonces las pesadillas de la humanidad. En el hemisferio norte, nuestra generación se ha criado y ha vivido feliz y en prosperidad en este alvéolo de terror de dimensiones inimaginables. La bomba atómica era el godzilla de los tebeos infantiles, el límite de nuestra imaginación política, una noción paralizante que redujo las estrategias de gobierno a un dilema muy simple: o una paz soporífera o la muerte segura. Se acabó la posibilidad de que una nación emprendiera un conflicto contra sus vecinos justificado por cálculos particulares y tácticos para descubrir después de un periodo de crímenes y miseria que había perdido la partida, como le ocurrió a Alemania. Ahora, todos sabían cómo iba a terminar la aventura antes de que empezase. El monopolio de la bomba erigió un poder imperial que durante cuarenta años pujó con su némesis en una escalada de bravuconadas y amenazas que llamamos guerra fría, hasta que el adversario se retiró de la mesa. Flaqueó la ideología pero no la tecnología. Hoy hay más bombas atómicas que nunca esperando su oportunidad, son más versátiles, más destructivas y de manejo más accesible, y muchas están en manos de estados nuevos que no se sienten concernidos por la experiencia de la última guerra mundial, al contrario, tienen su propia expectativa de guerra. El eje de la tensión puede desplazarse de Berlín a Jerusalén, o rebrotar en Extremo Oriente. Los imperios vigilantes dan muestra de fatiga, cuando no de claudicación, y setenta años es mucho tiempo para mantener encendida la memoria del horror con el único recurso de unos farolillos de papel. Si algo demuestran las ceremonias conmemorativas de Hiroshima y Nagasaki es que se puede sobrevivir a la bomba. La paradoja reside en que, si no asegura la destrucción total, la bomba se convierte en un arma táctica. Por ahora, las potencias nucleares no han llegado a esta convicción, pero démosles tiempo y oportunidades. ¿En qué momento y bajo qué condiciones es más deseable borrar del mapa al vecino que convivir conflictivamente con él? Esa es una pregunta de Estado. Se la hizo el presidente Truman y ya se sabe cómo la respondió. Hasta el 6 de agosto de 1945, la especie humana sobrevivió a los peligros que le deparaba su entorno; desde esa fecha tiene que sobrevivir al peligro producido por ella misma. En esas estamos.