Serpiente de verano era el nombre que recibían algunas noticias de esta estación del año surgidas menos de los hechos de la realidad que de elucubraciones dictadas por el tedio vacacional. Eran noticias complacientes adaptadas a la falta de periodistas en las redacciones y a la falta de atención de los lectores y telespectadores. El nombre es un homenaje al más reiterativo reptil conocido, el monstruo del lago Ness, que ha perdido el interés del público hasta el punto de que quien se ha convertido en noticia es su empecinado perseguidor. Las serpientes de verano están al borde de la extinción porque el hábitat comunicacional se ha convertido en una gusanera y el aburrimiento playero se combate, no leyendo el periódico sino acercando el teléfono móvil a la propia cara y disparando un selfie. No obstante, la tradición es muy potente y resulta imposible que no aparezca en el papel o en la pantalla algún ofidio veraniego, quizás porque los periodistas de guardia son becarios que quieren emular a sus mayores, fijos de plantilla, o más sencillamente porque el pensamiento mágico no descansa nunca. El caso es que el último de día julio, víspera de la gran escapada, asomó la cabeza brevemente otra serpiente: las vacaciones ilimitadas. La noticia ocurre, como prescribe el canon, en un lugar remoto e inaccesible a la comprobación empírica: la empresa General Electric ha adoptado la medida de no controlar los días libres que se toman sus empleados de los que solo espera que cumplan los objetivos asignados a su tarea. Hasta aquí los hechos, que son, como corresponde al género, chocantes en su núcleo y brumosos en los detalles; luego viene la especulación, ¿podrían las empresas españolas aplicar esta medida? Mientras lee la noticia, uno de cada cuatro españoles en edad de trabajar tiene que olvidar que él ya está de vacaciones ilimitadas desde hace meses, quizás años, porque ha cumplido con creces los objetivos de la empresa, que era cerrar la planta en la que trabajaba. Otra parte de los lectores, los empleados durante la recuperación económica de Rajoy, también disfrutan de vacaciones ilimitadas porque sus contratos les obligan a trabajar apenas uno o dos días al mes, quizás un par de horas al día. Y un tercer grupo gestiona a su antojo sus vacaciones porque la empresa para la que trabajan los ha obligado a matricularse como autónomos. Por último, el empleado sujeto a un contrato laboral estándar, horario fijo y vacaciones pautadas, puede imaginarse a sí mismo entrando en el despacho del jefe con la noticia del periódico bajo el brazo dispuesto a sugerirle que la aplique a la empresa para que todos sean más felices, la conciliación familiar, la creatividad en el trabajo y todo eso… El ocupado empresario dedica un par de minutos al vivaz empleado, lee la noticia por encima, medita un segundo y levanta la cabeza: “Muy bien, Romerales, me parece una idea brillante, despídase usted mismo”.