¿Con qué clase de bestias se ven obligadas a convivir las mujeres? No son monstruos, al parecer, sino gente corriente. Los testimonios de los vecinos los presentan educados, rutinarios, acaso algo reservados y hoscos, que van y vienen a sus quehaceres y con los que se cruzan en la acera o en el portal de la vivienda. Un tipo como usted y yo, o quizás usted o yo mismo. Hasta que una mañana se descubre que ha asesinado a su mujer y, a menudo también a sus hijos pequeños, a martillazos, a tiros, con una sierra eléctrica, antes de intentar suicidarse él mismo, con más o menos éxito en este último trámite. Un rasgo común a estos crímenes es su carácter explosivo, engañosamente inesperado porque resulta difícil creer que no haya estado precedido de una larga incubación en el odio. Las palabras, los silencios, los llantos o las sonrisas de los niños, los hábitos en la mesa o en la cama que pespuntean la convivencia son nutrientes del designio asesino. Verdugo y víctimas conviven encerrados en el círculo de hierro de su propia intimidad en medio de la bullente sociedad urbana, presuntamente sobrada de oportunidades y recursos para todas las necesidades. La sumisión, la empatía y la paciencia de la mujer no aplacan el instinto destructivo del hombre, y si ella cambia de actitud y opta por plantarle cara tendrá que enfrentarse también a la extrañeza si no al rechazo del entorno, empezando quizás por su propia familia, si la tiene. Las mujeres que han pasado por ese trance saben lo largo y deprimente que puede ser porque su amante verdugo las ha convertido en el objeto único de su obsesión y no ceja en el empeño de someterlas o liquidarlas. Pueden acudir a una comisaría, pero no ha de resultar fácil verbalizar una experiencia tan íntima y humillante ante un funcionario anónimo e inquisitivo, por más dispuesto que esté al servicio y más amable que se muestre, y tampoco es seguro que la denuncia dé resultado. El dilema de la mujer es que cuando deja de ser enemiga de sí misma se convierte en enemiga de los demás. La sociedad aún no ha hecho un diagnóstico completo de la violencia machista y sus innumerables pliegues, que cuesta la vida al menos a una o dos mujeres por semana, que se sepa, y menos ha conseguido extender a la educación cívica los anticuerpos para prevenirla. Entretanto, el goteo incesante de víctimas del machismo nos recuerda el suelo de cristal que nos separa del estado de naturaleza, o del infierno, que viene a ser lo mismo.