En los remotos tebeos de mi infancia tengo leído que los indígenas, que iban en taparrabos y tocados con plumas, se negaban a dejarse fotografiar porque creían que la cámara les robaba el alma. Hay cierta lógica en esta renuente actitud, digamos, primitiva. Los indígenas, lo que quiera que signifique esa palabra, parecían habitar un universo compacto y ordenado, en el que cuerpo y alma vivían en armonía y permanecían juntos como precondición para mantener cerrada la puerta al caos. Me imagino que esta actitud empezó a cambiar cuando el primer indígena aceptó una propina por posar para el fotógrafo y dejó de ser indígena para convertirse en la imagen de un indígena. Y hasta aquí hemos llegado. Ahora, las imágenes de lo que somos, o que portan nuestra alma, para decirlo en primitivo, son objeto de un tráfico incesante en toda clase de soportes físicos y virtuales, en un mercado abierto y universal, hasta el punto de que, no solo representan la realidad más fielmente que la realidad misma sino que la suplantan con ventaja. Hoy, no tenemos más alma que nuestro perfil de facebook, de manera que el cielo o el infierno no son más que un inabarcable banco de datos virtuales en el que navegan iconos que dicen ser nosotros mismos. Dante se volvería loco si tuviera que recorrerlo. El negocio para el fotógrafo del salacot empezó el día en que el indígena, enamorado de sí mismo, se dejó fotografiar sin contraprestación alguna y, entre grandes risas, llamó a sus familiares y amigos de la tribu para posar juntos ante la cámara y solo la abuela centenaria se negó. Ese día los poseedores de la cámara fotográfica (de los medios de producción, dirían los marxistas) se adueñaron del tinglado y los demás quedamos en taparrabos. En Madrid, la asociación de propietarios de gimnasios ha tardado menos de dos horas en cubrir la demanda de tres mil jóvenes modelos potenciales, mujeres de entre veinte y treinta años, para publicitar las virtudes de sus establecimientos. Las aspirantes recibían un bono para la utilización durante un mes del gimnasio a cambio de ceder a perpetuidad su imagen, que podrá ser explotada sin límites de tiempo en toda clase de soportes para los fines marcantiles del establecimiento. Esto ocurre con la complicidad de la gobernadora de la provincia, que ha promovido la campaña de captación de las aspirantes como si fuera un programa público de promoción deportiva, ocultando el carácter extractivo que encierra. Entretanto, los aforados correligionarios de la gobernadora juegan hoy en el parlamento al decimonónico juego de las sillas, como adolescentes ociosos y malcriados, fingiendo ser indígenas adánicos, como María Antonieta jugaba a ser campesina en...
El retorno
Cuando vuelvo a casa, cuentan las víctimas del atentado de Niza y del golpe en Estambul y especulan sobre las consecuencias. Sangre en el asfalto e incertidumbre en los supervivientes. La vida, tal como la experimentamos, sigue, pues, adelante. Las vacaciones y el teatro tienen en común su condición de escenario artificial, de tiempo suspendido y habitado por historias que son sueños. La representación ha terminado, ha caído el telón y se han encendido las luces de la platea, y el turista deja de serlo. En este tránsito del deseo a la realidad leo con un par de días de retraso que ha fallecido José Monleón. Los autores del obituario no parecen muy seguros de que la audiencia actual vaya a captar el significado de la noticia y adornan el titular con un marbete aclaratorio: hombre clave del teatro español. No sé, un tópico. Lo que sí es seguro que fue un personaje de referencia en nuestra remota juventud, cuando mi primo y yo nos fuimos a Madrid a hacer teatro, sin que supiéramos nada de lo que eso significaba. Aún hoy me cuesta descifrarlo. Buscábamos otro mundo; otra realidad, como unas vacaciones. Un viaje a ninguna parte, para decirlo con el memorable título de la película de Fernando Fernán-Gómez. El Monleón que conocimos era un tipo alto, delgado, ligeramente encorvado, taciturno, ya entonces un gurú de la crítica progre, que pugnaba por abrir paso a corrientes escénicas novedosas y marginales desde la páginas de Primer Acto, la revista que él dirigía y a la que estábamos amorrados y en la que el teatro se nos presentaba como cueva misteriosa y cargada de promesas donde oficiaban sacerdotes no menos misteriosos y promisorios, como Julian Beck y Judith Malina, Tadeusz Kantor, Jerzy Grotowski o Peter Brook, procedentes de tradiciones escénicas y de industrias culturales situadas a mil años luz del casticismo de los escenarios españoles de la época. El teatro aquí y entonces era una pugna entre la caspa y el voluntarismo, entre la tradición paupérrima y el acoso de la censura, recorrido por la agitación cultural propia de un tiempo de cambio en los estertores de la dictadura, que a nosotros nos parecía un patio de recreo. A finales de los sesenta, cuando los dos jóvenes provincianos llamamos a la puerta de las oficinas de Primer Acto, Monleón estaba empeñado en la promoción de un ramillete de obras de jóvenes autores destinados, se decía, a revolucionar la escena española. Eran textos zurcidos con toda clase de retales estilísticos, en los que primaba el lenguaje simbólico, la protesta velada (por aquello de la censura), la inanidad dramática y la torpeza técnica. En esta empresa fallida estuvimos en la puesta en...
Adiós a todo eso
El disparo del cohete anunciador de las fiestas de mi ciudad, que acabo de oír mientras escribo estas líneas, decreta la muerte de cualquier discurso, por fragmentario y sincopado que sea, como lo son los de esta bitácora. La fiesta estalló, no hay otro modo de decirlo, como dejó escrito el clásico. Es turno para que el escribidor divague ahora sobre Hemingway, la fiesta de los toros, pro o contra, o sobre la guerra de las banderas, que es otro tópico municipal prefestivo desde hace más de tres décadas y que también este año ha tenido su correspondiente episodio, pero me ahorraré la tarea en la seguridad de que tendré el agradecimiento de los seguidores de este blog. Si quieren saber cómo es la cosa, pueden darse una vuelta por aquí; hay alcohol en abundancia y una tradición orgiástica que se niega a desaparecer, si bien, no se equivoquen, se desarrolla en un orden minuciosamente pautado. Y no olviden venir de punta en blanco. A los sanfermines les pasa lo que a Ernest Hemingway, que los situó en el mapamundi hace noventa años: ambos han sido secuestrados por su propia imagen. Las fiestas de mi pueblo son hoy más fotogénicas que misteriosas y más rutinarias que sorprendentes. Así que, silencio, ya hay bastante murga en la calle y cuando se tiene cierta edad el primer y único impulso es la fuga. En eso está el autor de estas líneas. Aviso, pues: esta bitácora permanecerá inerte hasta segunda quincena de julio. Felices...
Homo rajoyensis
Urgencias prevacacionales, para quien pueda permitírselas. Revisión y acicalado del vehículo antes de emprender viaje. El automovilista madruga para evitar aglomeraciones en el túnel de lavado pero llega demasiado pronto y el chisme no está operativo. La empresa ha recortado la jornada de sus empleados y entran más tarde, pero lo puede hacer usted mismo, le sugiere la cajera con un bostezo, le quedará igual de bien: introduce el vehículo en un cobertizo, se acerca a un expendedor automático y elige una función (lavado simple, con jabón, con abrillantador, etcétera), introduce un euro o dos, según el grado de afecto que espere de la máquina, toma una manguera y asperja el agua a presión sobre la carrocería, de arriba hacia abajo, advierten las instrucciones. Mientras el usuario barre nerviosamente la mugre del vehículo con la lanzadera recuerda cuando podía llegar a cualquier hora al garaje y por el equivalente a cincuenta céntimos de euro su vehículo recibía una esmerado y casi erótico tratamiento de lavado a través de cortinas de agua jabonosa, enérgicos frotamientos de gigantescos cepillos multicolores y una cálida corriente de aire final que lo secaba por completo; incluso podía pasar el aspirador por la tapicería interior sin coste adicional. Ahora, la aplicación de su propio esfuerzo le cuesta, no medio sino cinco o seis euros. Hágaselo usted mismo y pague. Es una economía de servicios sin servidores. Una economía extractiva. El automovilista es un viejo al que le tocó hacer la mili y piensa que, en términos militares, ha pasado del cuerpo de caballería al de infantería motorizada, obligado a proveer los cuidados a su carro. Es lo que los economistas llaman ahora el declive de la clase media. En el cobertizo de al lado, otro automovilista está entregado al mismo afán con su manguera. Los dos comprueban con inquietud que quién tienen delante es su clon: calvo, con la nuca coquetamente rasurada, gafitas de miope, pantalones de batalla, zapatillas deportivas y bigote de nieve para adornar el yermo inexpresivo de la cara. El usuario y su clon se miran fastidiados y apartan la mirada de inmediato para no reconocerse en lo que son: dos indistinguibles machos maduros de la especie homo rajoyensis, obligados a sostener la herramienta de trabajo con una mano y a soltar la pasta con la otra en un entorno en el que han desaparecido obreros y empresarios. Los primeros han sido sustituidos por antipáticos robots y los segundos por un logotipo con una ranura que absorbe monedas de euro, las cuales, convenientemente apiladas y convertidas en billetes de quinientos, terminarán en la cámara acorazada de algún soleado paraíso fiscal. Los dos usuarios idénticos no pueden evitar que sus miradas se crucen....
Jornada de recreo
Después de un día de excursión con las nietas y demás chiquillería no es fácil volver a esta tribuna autoerigida, este cajón digital sobre el que se alza el orate del speaker´s corner de Hyde Park. Jornada de juegos de escalada y tirolinas en un robledal, y baño después en un remanso del río. Una excursión a la antigua, de tortilla de patata, recogida de florecillas en el prado y búsqueda de cantos rodados en el río, como en las primeras vacaciones que disfrutaron los obreros franceses del frente popular en 1936, unos meses antes de que el fascismo enseñara los colmillos para acabar con aquel reposo adánico que fotografió Cartier-Bresson. Yo también he llevado hoy mi cámara encima. Estas horas de dicha, dedicadas a quienes vienen detrás de nosotros, han sido arrancadas a meses de malestar, de agobio, de incertidumbre, que no cesarán cuando volvamos a casa. La instalación de plataformas arbóreas en el robledal para ejercitar técnicas de escalada está realizada con un criterio sostenible, vale decir, frágil, transitorio, como lo son la madera, las hojas y las flores del bosque. El joven monitor del parque, cargado de arneses, presillas, mosquetones y cuerdas, nos cuenta que ha vuelto recientemente de Irlanda, donde trabajaba. Otro transeúnte, pues, que quizás no tenga nueva oportunidad de buscarse la vida donde cree que puede tenerla si cierran el espacio Schengen. El brutal tratamiento a que nos han sometido estos años nuestros gobernantes ha creado un vacío, una suerte de estupor, que, como se ha visto hace unos días, no ha reparado la llamada voluntad popular. Al contrario, lo que se ha volcado en las urnas ha sido el miedo, la última ratio de la desesperanza. Ahora, los machos guías del rebaño se comportan como los ñúes al borde del río plagado de cocodrilos; nadie quiere saltar el primero. Unos dimiten de su liderazgo, como los miserables Cameron y Farage, que promovieron el estúpido desastre del Brexit y ahora esperan que otros carguen con las consecuencias. Otros, los de aquí, se llaman andana y esperan no ser ellos quienes den el primer paso. Bajo el talud, los cocodrilos esperan. Rajoy, el cocodrilo silente y paciente que se confunde con el légamo de la realidad. Caray, vaya a dónde me ha llevado el hipnótico cabrilleo del remanso donde chapotean las nietas. Las nubes anuncian una borrasca estival y aconsejan levantar la parva de toallas y fiambreras. Ha sido un buen día, soleado, limpio, punteado por el júbilo infantil, entre los árboles y junto al río, si no fuera por los cocodrilos que dormitan en el remanso donde se bañaban las nietas, después de todo hace tiempo que devoraron a la otra niña, aquella...
El gato de Schrödinger
El derecho al voto no parece aliviar el desasosiego. En esta ocasión han sido tantas las expectativas frustradas y tan pesada la equívoca incertidumbre del resultado, que los ciudadanos nos preguntamos qué hemos hecho mal y no cesamos en las cábalas. La gente finge indiferencia, pero basta acercarse un poco para oír maldiciones, gemidos e interminables especulaciones. Ni los votantes del partido vencedor están contentos con su victoria. Los únicos que no están afectados por este malestar son los políticos, para los que la carrera es siempre un ejercicio de supervivencia. Lo primero que hacen en cuanto salen de la borrachera electoral es comprobar que conservan la poltrona bajo el culo, como un beodo inquiere en su bolsillo si aún tiene la cartera y las llaves del coche después de una fiesta. Esta operación lleva algún tiempo, en el que estamos ahora, porque además se exige contar las bajas y consolar a los damnificados del propio bando. Lo siguiente es encontrar el camino a casa, vale decir, al gobierno. Eso exige recuperar la orientación, identificar la ruta y los obstáculos y hacer algunos cálculos sobre quienes podrán ser compañeros de viaje y quienes los salteadores de los que habrá que prevenirse. Si pudieran, los políticos dejarían por tercera vez sobre las espaldas de la ciudadanía la resolución de este jeroglífico, pero todo indica que no va a ser el caso. Una tercera vuelta electoral solo demostraría que el sistema está definitivamente gripado, así que se abre un periodo de presuntas negociaciones en las que para el pepé el objetivo es torcer el brazo de su presunto socio; para ciudadanos y pesoe, rendirse a la evidencia sin que lo parezca, y para los podemitas, responder al típico cuestionario existencial: ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos?, etcétera. Los medios de comunicación nada cuentan porque nada saben y porque, probablemente, nada ocurre por ahora. Así que todos son especulaciones e incitaciones. No hay materia para el periodismo pero sí para las artes adivinatorias. Un titular de hoy mismo proclama que el pesoe se plantea ceder diputados a Rajoy para facilitar su investidura sin dejar de estar en la oposición. Es una aplicación parlamentaria de la teoría del gato de Schrödinger, que, como el pesoe, está vivo y muerto a la vez, pues ¿no consideraron ellos mismos un triunfo haber conseguido el peor resultado electoral de su historia centenaria? Los socialistas serían a la vez gobierno y oposición: pura política cuántica. El grupo parlamentario, que se presenta como una falange macedónica, puede ser fragmentado y manipulado por su dirigencia en aras a objetivos superiores, mediante una fórmula de transfuguismo homeopático. Lo crean o no, esto ya ha ocurrido en esta provincia subpirenaica desde la...