Después de un día de excursión con las nietas y demás chiquillería no es fácil volver a esta tribuna autoerigida, este cajón digital sobre el que se alza el orate del speaker´s corner de Hyde Park. Jornada de juegos de escalada y tirolinas en un robledal, y baño después en un remanso del río. Una excursión a la antigua, de tortilla de patata, recogida de florecillas en el prado y búsqueda de cantos rodados en el río, como en las primeras vacaciones que disfrutaron los obreros franceses del frente popular en 1936, unos meses antes de que el fascismo enseñara los colmillos para acabar con aquel reposo adánico que fotografió Cartier-Bresson. Yo también he llevado hoy mi cámara encima. Estas horas de dicha, dedicadas a quienes vienen detrás de nosotros, han sido arrancadas a meses de malestar, de agobio, de incertidumbre, que no cesarán cuando volvamos a casa. La instalación de plataformas arbóreas en el robledal para ejercitar técnicas de escalada está realizada con un criterio sostenible, vale decir, frágil, transitorio, como lo son la madera, las hojas y las flores del bosque. El joven monitor del parque, cargado de arneses, presillas, mosquetones y cuerdas,  nos cuenta que ha vuelto recientemente de Irlanda, donde trabajaba. Otro transeúnte, pues, que quizás no tenga nueva oportunidad de buscarse la vida donde cree que puede tenerla si cierran el espacio Schengen. El brutal tratamiento a que nos han sometido estos años nuestros gobernantes ha creado un vacío, una suerte de estupor, que, como se ha visto hace unos días, no ha reparado la llamada voluntad popular. Al contrario, lo que se ha volcado en las urnas ha sido el miedo, la última ratio de la desesperanza. Ahora, los machos guías del rebaño se comportan como los ñúes al borde del río plagado de cocodrilos; nadie quiere saltar el primero. Unos dimiten de su liderazgo, como los miserables Cameron y Farage, que promovieron el estúpido desastre del Brexit y ahora esperan que otros carguen con las consecuencias. Otros, los de aquí, se llaman andana y esperan no ser ellos quienes den el primer paso. Bajo el talud, los cocodrilos esperan. Rajoy, el cocodrilo silente y paciente que se confunde con el légamo de la realidad. Caray, vaya a dónde me ha llevado el hipnótico cabrilleo del remanso donde chapotean las nietas. Las nubes anuncian una borrasca estival y aconsejan levantar la parva de toallas y fiambreras. Ha sido un buen día, soleado, limpio, punteado por el júbilo infantil, entre los árboles y junto al río, si no fuera por los cocodrilos que dormitan en el remanso donde se bañaban las nietas, después de todo hace tiempo que devoraron a la otra niña, aquella por la que en 2008 decía Rajoy que iba a desvivirse para que fuera feliz. Pero, ay, es su naturaleza, como la del escorpión de la fábula. Volvemos a casa y pliego mi tribuna de orate, hasta mañana.