Entre la pacotilla léxica que pringa la conversación pública el término moderado es frecuente y opera como un comodín perdido. Siempre que aparece un moderado en escena es para lamentar que no lo es o que ha dejado de serlo. La última ocasión en que moderado ha sido objeto de lágrimas y reproches es en el urgente pacto de gobernación en Andalucía que don Moreno Bonilla –Juanma para los amigos- ha firmado con los voxianos aceptando todo el paquete programático de sus socios neofascistas. Don Moreno Bonilla era un moderado y, pum, ya no lo es. Veamos qué fundamento tiene esta cháchara.
Moderado es un adjetivo sinónimo de mesurado, comedido, frugal, tolerante, etcétera. Define, pues, de manera laxa e interpretable un talante o un comportamiento, no un programa político. Sin embargo, en un país como el nuestro, propenso a las truculencias, también tiene un significado político que el diccionario rae recoge: En el siglo XIX español, seguidor de un partido liberal que propugnaba la moderación en las reformas y el mantenimiento del orden público y el principio de autoridad. Y aquí cuadra el comportamiento y la ideología de don Moreno Bonilla, partidario de una gobernanza reformista casi imperceptible pero sometida al orden público y al principio de autoridad. Primero, la garrota; luego, ya veremos. Sin quererlo, seguramente, el diccionario de la academia ha resuelto en un par de líneas el misterio del tránsito, tan típicamente español, del liberalismo al fascismo. El antónimo de moderado es intransigente, otro adjetivo que tuvo predicamento para definir posiciones políticas, sinónimo de intolerante, inflexible, terco, fanático, etcétera. Desde esta perspectiva, don Bonilla fue ayer intransigente frente a los voxianos y hoy es moderado, lo que quiere decir que siempre, o nunca, ha sido moderado, según se mire.
La pregunta es si existen incompatibilidades entre el pepé y vox, que proceden de la misma cuna y han chupado el mismo biberón del franquismo sociológico. Si alguien creyó alguna vez que iba a salir una derecha liberal del partido de don Fraga Iribarne, tiene la respuesta sobre la mesa. Don Feijóo al frente de la procesión ya había anunciado que no hay líneas rojas (otro latiguillo insufrible) para llegar a acuerdos puntuales con los voxianos. Puntual viene de punto, un signo que pretende ignorar el contexto y en política solo hay contexto. Los acuerdos, en su caso, serán subordinados de la oración principal, que es el pacto de gobierno basado en una agenda común y compartida, y serán del tipo, ¿cuántos inmigrantes han de ser expulsados y cómo?; ¿qué derechos elegetebeí han de ser revocados?; ¿cuánto gasto en sanidad y educación públicas debe ser recortado?; ¿qué medidas de protección medioambiental han de ser abolidas?; ¿qué parte de la legislación laboral ha de ser invalidada?, ¿hasta qué punto hay que obstaculizar el derecho al aborto para que sea definitivamente inviable?, y por ahí seguido. No son cuestiones fáciles porque ha de encontrarse la circunstancia y el procedimiento de hacerlas efectivas con la menor alteración posible del orden público. Y aquí, en lo que se refiere al uso de la cachiporra, sí es posible que haya diferencias entre moderados e intransigentes dentro del gobierno, que se resolverán mediante acuerdos puntuales.
El pacto pepé-vox es sólido porque beneficia a los dos socios. Al primero le permite sentarse en la poltrona y al segundo, crecer e imponer su agenda. Además, tiene de popa el viento de la Historia. En unos pocos meses, Europa será un mosaico de feudos nacionalistas gobernados por partidos o coaliciones neofascistas sin más nexo en común que su odio a la inmigración. En este marco creerse moderado es irrelevante y don Moreno Bonilla tendrá que acostumbrarse a que él mismo es irrelevante porque ya no se distinguirá del entorno. ¿Cómo se llega a ese momento en que te ves mutado en otra naturaleza distinta a la que has venido predicando de ti mismo?
La pregunta no tiene respuesta lógica fácil. Quizá con una metáfora. El dramaturgo Eugène Ionesco la expresó en una de sus obras más célebres –Rinoceronte (1960)-, en la que el espectador asiste a la progresiva transformación de los personajes en estos paquidermos, y, como ocurre ahora entre nosotros, la incredulidad inicial deriva en aceptación de la nueva normalidad. Los rinocerontes se vindican como una fuerza de la naturaleza y en consecuencia colonizan el ecosistema y al hacerlo lo transforman para que sirva a sus necesidades. Los personajes de este autor, típicos de las clases medias francesas y europeas en general, viven envueltos en una cháchara declamatoria, plagada de tópicos, frases hechas y chistes malos que ponen en evidencia el sinsentido de la sociedad y de sus hábitos y creencias. Este es el tono del primer acto de Rinoceronte, que preludia la irrupción paulatina de la barbarie. ¿En qué momento se desechó la necesidad de un discurso político racional compartido, inclusivo, que atendiera a las necesidades reales de la sociedad? ¿En qué momento descubrió don Moreno Bonilla que podía tener una piel más dura y un intimidante cuerno en la nariz?