Cuando vuelvo a casa, cuentan las víctimas del atentado de Niza y del golpe en Estambul y especulan sobre las consecuencias. Sangre en el asfalto e incertidumbre en los supervivientes. La vida, tal como la experimentamos, sigue, pues, adelante. Las vacaciones y el teatro tienen en común su condición de escenario artificial, de tiempo suspendido y habitado por historias que son sueños. La representación ha terminado, ha caído el telón y se han encendido las luces de la platea, y el turista deja de serlo. En este tránsito del deseo a la realidad leo con un par de días de retraso que ha fallecido José Monleón. Los autores del obituario no parecen muy seguros de que la audiencia actual vaya a captar el significado de la noticia y adornan el titular con un marbete aclaratorio: hombre clave del teatro español. No sé, un tópico. Lo que sí es seguro que fue un personaje de referencia en nuestra remota juventud, cuando mi primo y yo nos fuimos a Madrid a hacer teatro, sin que supiéramos nada de lo que eso significaba. Aún hoy me cuesta descifrarlo. Buscábamos otro mundo; otra realidad, como unas vacaciones. Un viaje a ninguna parte, para decirlo con el memorable título de la película de Fernando Fernán-Gómez. El Monleón que conocimos era un tipo alto, delgado, ligeramente encorvado, taciturno, ya entonces un gurú de la crítica progre, que pugnaba por abrir paso a corrientes escénicas novedosas y marginales desde la páginas de Primer Acto, la revista que él dirigía y a la que estábamos amorrados y en la que el teatro se nos presentaba como cueva misteriosa y cargada de promesas donde oficiaban sacerdotes no menos misteriosos y promisorios, como Julian Beck y Judith Malina, Tadeusz Kantor, Jerzy Grotowski o Peter Brook, procedentes de tradiciones escénicas y de industrias culturales situadas a mil años luz del casticismo de los escenarios españoles de la época. El teatro aquí y entonces era una pugna entre la caspa y el voluntarismo, entre la tradición paupérrima y el acoso de la censura, recorrido por la agitación cultural propia de un tiempo de cambio en los estertores de la dictadura, que a nosotros nos parecía un patio de recreo. A finales de los sesenta, cuando los dos jóvenes provincianos llamamos a la puerta de las oficinas de Primer Acto, Monleón estaba empeñado en la promoción de un ramillete de obras de jóvenes autores destinados, se decía, a revolucionar la escena española. Eran textos zurcidos con toda clase de retales estilísticos, en los que primaba el lenguaje simbólico, la protesta velada (por aquello de la censura), la inanidad dramática y la torpeza técnica. En esta empresa fallida estuvimos en la puesta en escena de una obrita que nunca alcanzó los escenarios, titulada El piano y debida a Luis Matilla, cuya biografía en la Wikipedia, por cierto, nada dice de aquella época intrascendente y opaca. En pocos meses, la realidad devoró aquel proyecto de vacaciones existenciales. De la caterva que formaba la troupe de José Monleón por aquél entonces solo dos jóvenes comediantes, que yo recuerde, hicieron carrera profesional: Gerardo Vera, que entonces era un muy imaginativo diseñador de decorados, y Carles Mira, futuro autor de cine fallero y de carrera truncada por una muerte temprana. A nuestro turno, la experiencia sirvió para que mi primo y yo comprendiéramos que nuestro futuro no estaba en las tablas y volviéramos a la provincia para hacer la mili. Fue un tiempo confuso y yermo, al que la memoria se agarra como una lapa mientras bajo los pies rugen las olas contra el acantilado.
(A Antonio Sanz y Julio García, que forman parte de los recuerdos espigados en esta nota)