El derecho al voto no parece aliviar el desasosiego. En esta ocasión han sido tantas las expectativas frustradas y tan pesada la equívoca incertidumbre del resultado, que los ciudadanos nos preguntamos qué hemos hecho mal y no cesamos en las cábalas. La gente finge indiferencia, pero basta acercarse un poco para oír maldiciones, gemidos e interminables especulaciones. Ni los votantes del partido vencedor están contentos con su victoria. Los únicos que no están afectados por este malestar son los políticos, para los que la carrera es siempre un ejercicio de supervivencia. Lo primero que hacen en cuanto salen de la borrachera electoral es comprobar que conservan la poltrona bajo el culo, como un beodo inquiere en su bolsillo si aún tiene la cartera y las llaves del coche después de una fiesta. Esta operación lleva algún tiempo, en el que estamos ahora, porque además se exige contar las bajas y consolar a los damnificados del propio bando. Lo siguiente es encontrar el camino a casa, vale decir, al gobierno. Eso exige recuperar la orientación, identificar la ruta y los obstáculos y hacer algunos cálculos sobre quienes podrán ser compañeros de viaje y quienes los salteadores de los que habrá que prevenirse. Si pudieran, los políticos dejarían por tercera vez sobre las espaldas de la ciudadanía la resolución de este jeroglífico, pero todo indica que no va a ser el caso. Una tercera vuelta electoral solo demostraría que el sistema está definitivamente gripado, así que se abre un periodo de presuntas negociaciones en las que para el pepé el objetivo es torcer el brazo de su presunto socio; para ciudadanos y pesoe, rendirse a la evidencia sin que lo parezca, y para los podemitas, responder al típico cuestionario existencial: ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos?, etcétera. Los medios de comunicación nada cuentan porque nada saben y porque, probablemente, nada ocurre por ahora. Así que todos son especulaciones e incitaciones. No hay materia para el periodismo pero sí para las artes adivinatorias. Un titular de hoy mismo proclama que el pesoe se plantea ceder diputados a Rajoy para facilitar su investidura sin dejar de estar en la oposición. Es una aplicación parlamentaria de la teoría del gato de Schrödinger, que, como el pesoe, está vivo y muerto a la vez, pues ¿no consideraron ellos mismos un triunfo haber conseguido el peor resultado electoral de su historia centenaria? Los socialistas serían a la vez gobierno y oposición: pura política cuántica. El grupo parlamentario, que se presenta como una falange macedónica, puede ser fragmentado y manipulado por su dirigencia en aras a objetivos superiores, mediante una fórmula de transfuguismo homeopático. Lo crean o no, esto ya ha ocurrido en esta provincia subpirenaica desde la que escribo. Aquí teníamos un rocoso político (todavía da la tabarra en cuanto puede) que se presentaba como el defensor máximo de las esencias de la provincia hasta el punto que era fácil tener la sensación de que esta desaparecería del mapa y de la historia sin su denodada representación. Pues bien, el mandato superior del partido le llevó en cierta ocasión a formar parte del grupo canario, en el otro hemisferio, el cual grupo era necesario para el soporte del gobierno central y le faltaba un escaño para constituirse, que le prestó por órdenes superiores nuestro adalid. De modo que el altivo (es un decir, porque es más bien achaparrado) líder de la provincia se convirtió en obediente recluta de reemplazo sin que, por lo demás, la provincia que decía defender se viera afectada, ni él perdiera su característica arrogancia, ni las urnas le afearan más tarde su comportamiento circense. La gente tiene asuntos más urgentes que preocuparse de las piruetas de aquellos a los entroniza en las urnas. Y, además, si se preocupara, ¿qué ganaría con ello?
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