Una acción justa y necesaria

Posted by on Sep 2, 2016 in Miradas |

Decenas de miles de mis conciudadanos, sin duda la inmensa mayoría, no han visitado jamás el interior del llamado Monvmento a los Caídos en la Crvzada [sic]. Ni siquiera aparece en las guías turísticas. El edificio es sin embargo ineludible: una iglesia monumental de aire herreriano, que cierra una plaza porticada del mismo estilo y se ubica en el punto de fuga de la principal avenida de la ciudad, eje del segundo ensanche. Un bulto antipático, hermético, y envuelto en una atmósfera como descrita por Bram Stoker. El autor fue el arquitecto Víctor Eúsa, que antes de macizar la ciudad nueva de edificios religiosos de inconfundible estilo modernista, formó parte del comité paramilitar carlista que ejecutó la sangrienta depuración política llevada a cabo en la provincia en el verano-otoño de 1936. Son hechos probados, e incontrovertibles, y el resultado es como si en Berlín conservaran los edificios diseñados por Albert Speer, y con el significado que les dieron sus autores. Los Caídos, como se conoce sumariamente el monumento, es de titularidad municipal después de que la diócesis se desembarazara de él y lo desacralizara como lugar de culto. Desde entonces, ha pasado por algunos usos cívicos y culturales más vergonzantes que jubilosos. Es el lugar de la memoria rota. La cripta acoge el enterramiento de ocho personas relacionadas con aquellos meses aciagos que en vano se quisieron convertir en heroicos y que, más tarde, intentamos tan farisaica como inútilmente sepultar en el olvido en aras a la convivencia. Dos de las personas enterradas, los generales Sanjurjo y Mola, fallecidos en sendos accidentes de aviación, fueron promotores de la guerra civil y el segundo, responsable directo de las masacres de retaguardia, técnicamente un reo de crímenes contra la humanidad. Los otros seis fueron víctimas en los combates del frente de guerra provocado por los dos primeros: un chico de catorce años, un viejo de más de sesenta, un cura, un joven estudiante y dos hermanos campesinos. Todo ellos, incluidos Mola y Sanjurjo, estaban debidamente enterrados en sus localidades de origen (de chaval recuerdo haber visto el nicho que guardaba los restos de Mola en el cementerio municipal, donde también reposan sus víctimas) hasta que en 1961 fueron trasladados a esta mole pomposa y opresiva. La elección de las personas enterradas, quién sabe si todas con la autorización de su familia, revela una mentalidad bárbara, arcaica: el mausoleo de unos  reyezuelos que se hacen acompañar en la eternidad por sus servidores. ¿Qué clase de jefes fueron estos que empujaron a la muerte a niños y viejos, a curas y familias enteras, para hablar solo de sus partidarios? Ahora, el ayuntamiento va a exhumar los restos allí enterrados para ponerlos a disposición...

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Los héroes difuntos

Posted by on Sep 1, 2016 in Miradas |

En el mortecino calendario de mi pueblo hay siete días heroicos. Los encierros sanferminescos han guiado la transición de la ciudad de remoto lugarejo al sur de los Pirineos a los telediarios de las grandes cadenas de televisión del  mundo. Durante esos siete días, este pueblo desde el que escribo es la capital mundial del desparrame. Uno de los protagonistas de esta transición, quizás el único que es conocido por su propio nombre y fama, murió hace dos días como consecuencia de un accidente en la playa donostiarra de la Zurriola. Si se leen las prolijas páginas que los diarios locales dedicaron ayer a Julen Madina, chorreantes de elogios, nadie diría que en vida fue el personaje más detestado de la fiesta. Es el destino de los precursores. Madina fue un deportista corredor de encierros, que hizo de esta actividad democrática y pasajera un estilo de vida identificable. Su delito fue precisamente distinguirse en medio de una masa de trotones por definición anónima. La televisión, que moldea la realidad, lo hizo posible. En un cierto momento, allá por los años ochenta o noventa, un pequeño número de corredores del encierro comprendió este hecho y actuó en consecuencia. Este divismo autoinvestido les llevó a ser motejados por la plebe con lógica despectiva como los divinos, y Julen Madina fue el más conocido de este grupo de narcisos delante de las astas del toro. Le acusaban de practicar juego sucio con los demás corredores, codazos y otras triquiñuelas, para no perder plano cuando galopaba por la calle Estafeta. Para colmo era guipuzcoano, y no pamplonés, ni siquiera navarro. Una afrenta insoportable. En 2004 fue prendido por el toro Triguero que le cosió a cornadas. Fui testigo de los aplausos que recibió el suceso (y el toro) entre los que estaban conmigo cuando alguien identificó a la víctima en las imágenes de  la televisión. El pueblo detesta a las elites porque comprende instintivamente que atentan contra su cohesión. Los observadores de los sanfermines habrán advertido que son los corredores del encierro los que están rompiendo con camisetas de colores vibrantes la opresiva uniformidad indumentaria roja y blanca a la que lugareños y visitantes se someten con genuino masoquismo festivo durante los siete días de julio. El propósito es que la tele los distinga individualmente durante la carrera y es la herencia natural de Madina y los divinos. No haría falta añadir que el difunto corredor prolongó su carrera profesional como tertuliano y participante en realities televisivos. El fallecimiento de Madina trae a colación otra pugna entre el pueblo y las élites alrededor del encierro, que, esta vez, ganó el pueblo. Los visitantes de la ciudad saben de la existencia  de un abultado...

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Good morning!

Posted by on Ago 31, 2016 in Miradas |

Acabo de tener una experiencia mística, lo más parecido a la caída del caballo camino de Damasco que un viejo de principios siglo veintiuno puede esperar que le ocurra. Ha sido hacia las 9:35 horas. Con una taza de café en la mano y proverbial sentido cívico, he encendido el televisor para echar un vistazo a la sesión de investidura. Sánchez desgranaba un discurso cansino, consabido y autocomplaciente, pespunteado por los aplausos militares de los suyos. Rajoy ha subido a la tribuna en el turno de respuesta y, sin ocultar el desprecio que le produce el adversario socialista, ha tirado de, cómo llamarlo, ¿ironía galaica? Demasiado para mi paciencia. La bestia que me habita ha dado un salto y ha buscado la querencia pulsando frenéticamente el mando a distancia para conectar el canal de cine clásico, del que puede decirse con exactitud lo del salmista: Él me hace descansar en verdes praderas. Me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero… etcétera.  Y, oh maravilla, ahí estaban Gene Kelly, Debbie Reynolds y Donald O’Connor brincando y cantando Good morning, good mooorning, good morning to you! La felicidad. Luego viene la secuencia que da título a la película, Singing in the rain, que no puedo dejar de ver sin que mi espíritu baile siguiendo los alados pasos de Gene Kelly. Bendita lluvia. He apagado el televisor para quedarme solo conmigo mismo, presa de la agitación dichosa que debió inundar a Saulo de Tarso. No he vuelto a la película, tampoco al herrumbroso debate del congreso, que se me aparecía como un vestigio de la indeseable vida pasada. Vamos a ver, Manolo, me he dicho, tú eres un espectador, nada de lo que hagas, pienses o digas va a cambiar la realidad, y sin embargo, como espectador, has asistido a historias hermosas, en las que sus protagonistas te han dejado participar, aunque fuera en sueños, ¿cuánto tiempo de tu vida has pasado en la butaca de un cine y en la sala de estar de tu casa frente al televisor?, ¿y qué crees que puedes hacer ahora, de viejo, que no hiciste cuando joven? Tú no puedes cambiar el guión, pero puedes elegir la película, estás rodeado de ventanas electrónicas a mundos de dibujos animados y has de quedarte en el que protagonizan Rajoy y compañía.  Todavía respiras, y disciernes, y tienes el mando a distancia y la industria te necesita como usuario de contendidos, como se dice ahora, y como votante. Eres invencible mientras no te desahucie el banco o el gobierno vacíe por completo la caja de pensiones y, entretanto, ¿cuántas veces puedes volver a visitar Cantando bajo la lluvia? Cuando cierres...

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Verano del 16

Posted by on Ago 30, 2016 in Miradas |

Los toros de Guisando. El chicle de MacGyver. Dos expresiones absurdas, encontradas como dos piedras raras en la torrentera de palabras inanes que discurre bajo los puentes de agosto. La primera ocurrencia es de Rajoy y la segunda, de Irene Montero, una podemita relevante, y ambas remiten a las respectivas subculturas de quienes las han puesto en circulación. Los toros de Guisando proceden del extinto bachillerato nacional-católico y el chicle de MacGyver de la rancia subcultura televisiva de los ochenta. Dos imágenes que habitan en la cabeza de sus autores, sin significación alguna, para descalificar al adversario. Este lenguaje inerte, acuñado con frases hechas, da noticia de la altura del discurso. Los otros dos reyes de la baraja también se han vuelto redundantes: Sánchez en su dontancredismo; Rivera en su hipermotricidad.  La clase política está en estado de pánico. Una mezcla inédita de incompetencia, mala fe y disfuncionalidad de las instituciones la ha llevado al borde del abismo. Las máscaras se han apoderado de los personajes que las portaban y la representación ha adquirido una característica rigidez de cadáver. El fracaso ha hecho metástasis. Lo más atroz de la expectativa de unas terceras elecciones es que repitan al frente de las listas los mismos candidatos que se están suicidando ante un público asombrado. ¿Qué clase de gobierno se pueden formar con estos tipos, cualquiera que sea la combinación disponible? Mientras hilvano estas líneas hacia ninguna parte, el candidato Rajoy perora a su manera cansina y redundante. Los toros de Guisando son unas figuras prerromanas, vale decir, intemporales, macizas, inexpresivas, carentes de gracia, cuya cabeza roma se inclina hacia la tierra, como si no quisieran mirar al horizonte. Mañana es el turno del chicle de MacGyver. Entretanto, la vida sigue: la economía crece, los salarios bajan, los desempleados se desesperan, los turistas vienen, los bosques arden, , las vacas y los pokemonos corretean en armonía por las calles del pueblo y los acreedores esperan que les paguemos lo que dicen que se les debe. Nada que no ocurra cada...

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La hojarasca

Posted by on Ago 29, 2016 in Miradas |

Entre la hojarasca del pacto pepé-ciudadanos, cuya virtualidad última se comenta por sí sola, llama la atención al tipo que esto escribe la medida 119, que reza así: “Aprobar una Ley de Protección de los Denunciantes de Corrupción, con el fin de reconocer y proteger a quienes arriesgan su carrera profesional en la defensa del interés general”. ¿En qué pensaban los firmantes cuando redactaron esta intrigante propuesta? Seguramente en nada. La protección de testigos se activa cuando el crimen es organizado y el denunciante teme razonablemente por la represalia de los socios y parientes del delincuente denunciado. En un cierto sentido, toda denuncia es una delación y una ruptura del sobreentendido que rige la cohesión del grupo social y cualquier delator puede esperar la venganza de los perjudicados por la denuncia, que en esta circunstancia no es solo el denunciado. En todo caso, esta protección necesaria del estado nos remite a sociedades atávicas, con bajísimo nivel de conciencia cívica y dominadas por grupos de interés organizados. Es una definición que cuadra a este país. Para no hablar del pepé, que ha elevado el delito de corrupción a la condición de situación atmosférica, como la sequía, ni ceñirnos a lo ocurrido en estos últimos años, podemos recordar al concejal socialista madrileño Alonso Puerta, expulsado de su partido en fecha tan temprana como 1981, apenas estrenada la democracia, por denunciar un caso de cohecho en el ayuntamiento de la capital. Caso que, claro está, nunca fue investigado porque una comisión de investigación concluyó que Puerta se había equivocado. La comisión estuvo formada solo por concejales de la izquierda (pesoe-pecé) que formaban el gobierno municipal del profesor Tierno Galván. ¿Alguien cree que con estos legisladores y los que vinieron después se vaya a aprobar ninguna ley que estimule la denuncia de la corrupción? Solo hay tres clases de ciudadanos que pueden hacer estas denuncias con solvencia y credibilidad judicial: 1) los propios políticos, 2) los empleados de la empresa corruptora y 3) los funcionarios. Los primeros aprendieron la lección del protomártir Alonso Puerta y antes se dejarían la piel en el potro que soltar prenda, como hemos visto desde entonces, porque de la corrupción depende la financiación del partido y en consecuencia su ganapán. No olvidemos que la miríada de cargos públicos que parasita el sistema político no es elegida por la ciudadanía sino por el partido que los ha puesto en la lista electoral en un lugar de salir, como se dice en jerga, o los ha nombrado a dedo si no había espacio elegible en la lista.  En cuanto a los empleados de la empresa corruptora, si son de alto nivel, los únicos que están en condiciones de hacer estas...

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La vida prestada

Posted by on Ago 28, 2016 in Miradas |

Es media mañana en la terraza del café de la Media Luna. El calor aún es soportable y queda en el aire un vestigio de lo que nuestros mayores llamaban la fresca. Desde el estanque del parque, bajo los árboles, se acerca una pareja que se ha convertido en típica en nuestras calles: una joven que empuja una silla de ruedas en la que se sienta un viejo sarmentoso de cuerpo retorcido e inmóvil y expresión inerte en la que el único rasgo reconocible es una mezcla de estupor y dolor. La muchacha es preciosa, de veintitantos, larga melena sobre los hombros, faldicorta, con unas piernas esbeltas y torneadas, y se comporta con extraña calma y pericia, como si la tarea en la que está ocupada demandara toda su atención pero, al mismo tiempo, no le produjera ninguna tensión. Acerca la silla del viejo a un velador y se sienta enfrente. En las manos lleva la carpetilla de un libro electrónico que coloca sin abrirlo sobre sus muslos cruzados y, sin quitar la mirada del viejo, pide un café. Soy yo el que dejo de mirar a la pareja, por pudor, o por urbanidad, o por miedo. Al poco, la voz de la muchacha reclama de nuevo mi atención. Dulcemente, le está contando algo al viejo, en segunda persona. El relato, hasta donde la buena educación me permite entender, recrea una reunión familiar y recuerda al viejo quiénes estaban contigo, el pastel que probaste, la mamá te dijo, la música te gustó mucho, la pequeña no paraba de correr a tu alrededor… El personaje que protagoniza la historia de la muchacha es un fantasma ininteligible para el destinatario del cuento, aunque sea él mismo unos días antes, quizás el día de su cumpleaños. No era una historia para entretener al viejo sino para mantenerlo vivo. Un ejercicio de respiración artificial. Al fin, la función de las palabras es prestarnos la vida que no vivimos. El efecto del cuento era el de la lluvia sobre el desierto pero resultaba imposible no sentirse conmovido por la paciencia y la ternura con que la muchacha llevaba a cabo su empeño, aunque fuera...

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