Es media mañana en la terraza del café de la Media Luna. El calor aún es soportable y queda en el aire un vestigio de lo que nuestros mayores llamaban la fresca. Desde el estanque del parque, bajo los árboles, se acerca una pareja que se ha convertido en típica en nuestras calles: una joven que empuja una silla de ruedas en la que se sienta un viejo sarmentoso de cuerpo retorcido e inmóvil y expresión inerte en la que el único rasgo reconocible es una mezcla de estupor y dolor. La muchacha es preciosa, de veintitantos, larga melena sobre los hombros, faldicorta, con unas piernas esbeltas y torneadas, y se comporta con extraña calma y pericia, como si la tarea en la que está ocupada demandara toda su atención pero, al mismo tiempo, no le produjera ninguna tensión. Acerca la silla del viejo a un velador y se sienta enfrente. En las manos lleva la carpetilla de un libro electrónico que coloca sin abrirlo sobre sus muslos cruzados y, sin quitar la mirada del viejo, pide un café. Soy yo el que dejo de mirar a la pareja, por pudor, o por urbanidad, o por miedo. Al poco, la voz de la muchacha reclama de nuevo mi atención. Dulcemente, le está contando algo al viejo, en segunda persona. El relato, hasta donde la buena educación me permite entender, recrea una reunión familiar y recuerda al viejo quiénes estaban contigo, el pastel que probaste, la mamá te dijo, la música te gustó mucho, la pequeña no paraba de correr a tu alrededor… El personaje que protagoniza la historia de la muchacha es un fantasma ininteligible para el destinatario del cuento, aunque sea él mismo unos días antes, quizás el día de su cumpleaños. No era una historia para entretener al viejo sino para mantenerlo vivo. Un ejercicio de respiración artificial. Al fin, la función de las palabras es prestarnos la vida que no vivimos. El efecto del cuento era el de la lluvia sobre el desierto pero resultaba imposible no sentirse conmovido por la paciencia y la ternura con que la muchacha llevaba a cabo su empeño, aunque fuera inútil.