Los toros de Guisando. El chicle de MacGyver. Dos expresiones absurdas, encontradas como dos piedras raras en la torrentera de palabras inanes que discurre bajo los puentes de agosto. La primera ocurrencia es de Rajoy y la segunda, de Irene Montero, una podemita relevante, y ambas remiten a las respectivas subculturas de quienes las han puesto en circulación. Los toros de Guisando proceden del extinto bachillerato nacional-católico y el chicle de MacGyver de la rancia subcultura televisiva de los ochenta. Dos imágenes que habitan en la cabeza de sus autores, sin significación alguna, para descalificar al adversario. Este lenguaje inerte, acuñado con frases hechas, da noticia de la altura del discurso. Los otros dos reyes de la baraja también se han vuelto redundantes: Sánchez en su dontancredismo; Rivera en su hipermotricidad.  La clase política está en estado de pánico. Una mezcla inédita de incompetencia, mala fe y disfuncionalidad de las instituciones la ha llevado al borde del abismo. Las máscaras se han apoderado de los personajes que las portaban y la representación ha adquirido una característica rigidez de cadáver. El fracaso ha hecho metástasis. Lo más atroz de la expectativa de unas terceras elecciones es que repitan al frente de las listas los mismos candidatos que se están suicidando ante un público asombrado. ¿Qué clase de gobierno se pueden formar con estos tipos, cualquiera que sea la combinación disponible? Mientras hilvano estas líneas hacia ninguna parte, el candidato Rajoy perora a su manera cansina y redundante. Los toros de Guisando son unas figuras prerromanas, vale decir, intemporales, macizas, inexpresivas, carentes de gracia, cuya cabeza roma se inclina hacia la tierra, como si no quisieran mirar al horizonte. Mañana es el turno del chicle de MacGyver. Entretanto, la vida sigue: la economía crece, los salarios bajan, los desempleados se desesperan, los turistas vienen, los bosques arden, , las vacas y los pokemonos corretean en armonía por las calles del pueblo y los acreedores esperan que les paguemos lo que dicen que se les debe. Nada que no ocurra cada verano.