El nadador egregio

Posted by on Sep 8, 2016 in Miradas |

Un frente frío ha traído una interrupción, no sé si momentánea, de la ola de calor en la que estamos sumergidos desde hace días. No es una metáfora, hablo del tiempo meteorológico. El cielo ha amanecido encapotado y la temperatura anormalmente alta ha bajado unos cuantos grados. Probablemente, pertenecemos a la generación más sensible a los cambios atmosféricos desde que la pequeña Lucy se levantó sobre sus patas traseras en Laetoli porque todo el mundo lleva un predictor del tiempo en el dispositivo móvil que le acompaña las veinticuatro horas del día. En el paseo de la mañana (el mío, no el de Lucy) ya se veían convecinos provistos de alguna prenda ligera de abrigo, por si acaso. Al mediodía, las rutinas de la tribu han respondido al estímulo meteorológico negativo y la piscina estaba completamente desierta. Ni rastro del sembrado de toallas sobre el césped ni de uno solo del centenar y pico de bípedos carnosos que estos días poblaban las terrazas. Hay algo de fascinante en esta respuesta genérica y unánime a la ocultación del sol por parte de un colectivo de mamíferos que no forman una manada ni un rebaño sino un club. Luego nos preguntamos retóricamente cómo saben los ánades rabudos, las mariposas monarca y los salmones del Yukón cuándo y a dónde deben dirigirse cuando emprenden sus migraciones. El color turquesa del agua de la pileta era más intenso y, si vale la palabra, más virginal de nunca. Las cascadas y los toboganes artificiales gorgoteaban sordamente como si llamasen a los niños que los frecuentan. La única presencia humana la constituían tres jóvenes socorristas agrupados en una cerrada tertulia y enfundados en rojos forros polares al borde del vaso. Un escenario así evoca de inmediato una amenaza, como en La mujer pantera, pero a este mediocre nadador le ha producido una sensación exultante. Ha mirado a los socorristas, les ha dedicado un comentario concesivo del tipo, poco trabajo hoy ¿eh?, y se ha lanzado al agua. Normalmente, sus brazadas se ven pautadas por los propios pensamientos y por los movimientos generalmente desordenados de otros bañistas, pero hoy no había bañistas ni, curiosamente, pensamientos, y el nadador flotaba, arriba y abajo en la superficie del agua, complacido en su soledad. Ha sido el baño más narcisista de su vida. Cuando ha salido de la pileta, ha comprobado que ni la ausencia del sol, ni el vientecillo que recorría el lugar ni la caída de la temperatura, afectaban a su olímpico estado de ánimo. Los socorristas miraban en su dirección y les ha devuelto la mirada, satisfecho, cuando un chapuzón a su espalda le ha obligado a volverse, desconcertado. Dos adolescentes acababan de arrojarse al agua...

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Portavoces

Posted by on Sep 7, 2016 in Miradas |

Ningún oficio a este lado del código penal es más despreciable que el de portavoz de un partido político. Cuando abren la boca no se refieren a hechos empíricamente probados, ni sirven a la lógica, ni pretenden ser persuasivos, ni siquiera formulan inmutables dogmas de fe porque sus deposiciones cambian de sentido en cada ocasión. No dan razón, ni luz, ni consuelo, ni a fieles ni a escépticos. No son maestros, ni curas, ni poetas, ni filósofos, y sin embargo, ahí están, amorrados al micrófono, que es la cátedra y el púlpito de nuestro tiempo. Hablan como escupen y, en efecto, el público recibe sus palabras como salivazos. Unas veces es una espumilla que sus escasas dotes de malos actores les impide retener entre los labios y otras, un gargajo que necesitan expeler para marcar el territorio. El ministro de justicia, en funciones de portavoz, ha calificado de injusta muerte civil el destino del trapisondista al que la opinión pública ha logrado apear de un puesto representativo en una institución internacional, al que había sido elevado sin ningún mérito especial y con algún demérito notorio por las maniobras de su banda. El salivazo del ministro ha sido formulado como un enfático arabesco porque no hay ninguna muerte, ni civil ni de ninguna otra clase, en este hecho, a menos que corresponda también la condición de muertos civiles a los innumerables trabajadores despedidos de sus empleos, a los funcionarios preteridos en el escalafón, a los dependientes privados de recursos y, en general, a todos a los que se les impide alcanzar el máximo de las potencialidades de su carrera sin haber jamás defraudado al fisco, operado en paraísos fiscales o mentido en público. Porque si así fuera, el ministro de justicia y su gente gobernarían sobre un cementerio. ¿En qué momento de este estado de corrupción permanente el lenguaje del foro devino en...

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La hora de los tontos

Posted by on Sep 6, 2016 in Miradas |

Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Este verso de Calderón de la Barca, que Rafael Alberti popularizó como título de un libro de poemas dedicado a los cómicos del cine mudo, cuadra bien al estado de ánimo de editorialistas, tertulianos, columnistas, cronistas y demás ralea, a la que me sumo como excedente de cupo, dedicados a comentar eso que llamamos la política de nuestros días. Si se repasa el material que producen estos tipos, observamos un estado de ánimo alterado, confuso, que en unos destila sorpresa; en otros, indignación o un humor resentido, y en todos una suerte de impotencia que los pone al borde de perder el oremus. El sistema político que ha funcionado cuarenta años para admiración de propios y extraños está gripado pero lo que irrita a estos prescriptores de la vida pública es que no saben explicar por qué, y ellos mismos empiezan a cansarse de oír su propia voz en el vacío. Las explicaciones, propuestas y comentarios que flotan en la nube son, ciertamente, cada vez más extravagantes y estériles. En el diario de referencia, por ejemplo, el historiador Santos Juliá, un intelectual proverbial del régimen del 78, proponía ayer la hipótesis de una huelga de votantes de los dos partidos tradicionales, pepé y pesoe, ante la manifiesta incapacidad de ambos para llegar a un acuerdo. La pueril ocurrencia recordaba a la del niño que amenaza a sus mayores con dejar de respirar si no se le otorga su deseo (en el caso de Juliá, el deseo es la gran coalición para salvar los muebles). En la misma onda, el editorial principal de este diario reclamaba hace dos días que los dos capitostes de ambos partidos tradicionales se retiraran para favorecer un acuerdo de sus hipotéticos sucesores. ¿Cómo es posible que las páginas que han inspirado a la elite del país durante cuatro décadas publiquen semejantes paridas? Es obvio que el andamiaje institucional no cumple lo que debiera ser su primera función: elegir un gobierno de la mayoría, pero eso no quiere decir que lo que ocurre carezca de lógica política. En primer término, los partidos son rocosas estructuras de poder votadas por la ciudadanía, que es plenamente consciente de su voto y para nada querría que su voluntad fuera alterada con ninguna decisión arbitrista, tan recurrentes en la historia del país. Cuando los ciudadanos expresan  su malestar con los políticos, hacen siempre salvedad mental del político al que han votado. Los responsables son los otros. Segundo, el sistema fue diseñado para tener gobiernos fuertes aunque estén en minoría, preeminentes sobre el parlamento, donde es virtualmente imposible controlar al ejecutivo o crear mayorías alternativas, y el...

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La santa arrugada

Posted by on Sep 5, 2016 in Miradas | 1 comment

Ninguna de las ciento veinte mil personas (cifra de la tele) que abarrotaban la plaza de san pedro querría pasar sus últimos días de vida en un albergue de la monja a cuya canonización asistían encandiladas. Ninguno de estos fieles entusiastas querría yacer carcomido por un cáncer terminal sobre el suelo de un galpón en tinieblas, entre decenas de otros moribundos, atendido por un puñado de místicas incompetentes que solo les proporcionan, con suerte, un ibuprofeno. Ni siquiera la vieja reina,  presente en la ceremonia, tiene entre sus planes compartir el momento de su muerte con una turba innominada de miserables ulcerosos. Y sin embargo, esta es la razón por la que la reina interminable y las decenas de miles de fieles están presos de júbilo bajo el sol abrasador del verano romano. El negocio de la monja arrugada fue la extrema miseria, a la que despojó de su carácter de radical injusticia para convertirla en un espectáculo consolador y edificante a escala planetaria. Todos los grandes del santoral católico han sido hombres y mujeres del espectáculo, ya fuera por su propio mérito o por los esfuerzos de la industria que dejaban detrás y no hay duda de que la monja sarmentosa fue la más grande show woman de fin del siglo pasado, comparable solo con Diana de Gales, con la que llegó a hacer bolos en alguna ocasión y a la que la iglesia católica no puede elevar a los altares por dos objeciones de fondo que la convierten en una magdalena penitente: era anglicana y con toda seguridad tenía sexo entre las piernas, aspectos ambos que resultan insoportables para la clerecía vaticana. La religiosa diminuta y santificada tuvo como principal vocación convertirse en un icono, como la manzana de apple o el alado boomerang de nike, y a este fin, ataviada con el atinado sari blanco con ribetes azules de su invención, desarrolló ante las cámaras de televisión una descomunal operación de relaciones públicas en zigzag, entre los moribundos desamparados de Calcuta -uno de los grandes reservorios, si no el mayor, de miseria medieval en el mundo- y los opulentos dueños del planeta. A los primeros les arrebataba la imagen de su miseria y a los segundos les aligeraba la cartera. Los primeros, impotentes y resignados, y los segundos, golosos y encantados de formar parte del tinglado. En la mejor tradición de una religión que tiene como imagen de marca a un crucificado, comprendió que el dolor era una fuente de beneficios, así que ella misma se convirtió en lo que antaño se llamaba una indulgencia plenaria: políticos y ricachos posaban en actitud sumisa junto a la virgen consumida después de soltar la pasta del óbolo y...

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Perseverar en el ser

Posted by on Sep 4, 2016 in Miradas |

Una sentencia clásica sugiere lo mismo que el título de esta entrada pero más claro: no hay destino sino carácter, lo que quiere decir que lo que nos ocurre no nos ocurriría si no fuéramos como somos. Y por último, hay una versión popular del mismo apotegma en clave de dibujos animados, para cultivados en el iPad: la fábula de la rana y el escorpión. Ya saben, es mi naturaleza… Pues bien, es la naturaleza del pepé no dejar nunca a uno de los nuestros a merced de la marea, sin un buen sueldo, un sosegado y merecido puesto y lejos del escrutinio de la malediciente chusma, aunque el beneficiado, además de ministro dimisionario a la fuerza, haya sido evasor fiscal, operador financiero fraudulento, mentiroso compulsivo y, en el ejercicio de su cargo, amigo de sus amiguetes. El gobierno y la dirección del pepé han perseverado en su ser (Spinoza dixit) al elevar al ex ministro Soria  a un cargo ejecutivo del banco mundial. En esas instituciones estratosféricas ya deben estar acostumbrados a que los estados miembros les envíen la escoria que no pueden reciclar en el territorio de origen y, de hecho, los ejecutivos ful se han revelado como el principal artículo de exportación de la marca españa, desde que Rato ocupó la presidencia del fondo monetario internacional y Cañete es comisario europeo de algo. Hace falta una arrogancia y una mala fe a prueba a cualquier kryptonita para impulsar al ex ministro Soria a un puesto de campanillas mientras se firma un acuerdo anticorrupción que sus socios pretenden vender como el acabose de un tiempo definitivamente pasado. A lo peor es que el mundo funciona así y aquí estamos empeñados tontamente en instaurar la decencia en la política, o fingimos hacerlo. Acabo de releer, por razones que no vienen al caso, 1984, de George Orwell, que dedica un largo capítulo a la tortura, destinada, según la lógica del Gran Hermano, no a que la víctima confiese sus acciones o renuncie a sus principios, sino a que ame a su torturador. Convendremos en que ya empezamos a amar a Rajoy. Desde  luego, le aman sus crecientes votantes y han estado a punto de someterse a su amoroso yugo los arcádicos ciudadanos, pero me temo que sus maneras dictatoriales empiezan a captar adeptos, aunque reticentes,  en todos los campos políticos, donde se abrirán agujeros de abstención si se les convoca por tercera vez a las urnas. Lo cierto es que ya no sabemos lo que queremos. En la novela de Orwell, la oposición al Gran Hermano es tímida, desorientada, sentimental, y está trufada de personajes que practican doble juego, lo que la hace completamente inoperante. Cuando se publicó la...

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No he visto Saturno

Posted by on Sep 3, 2016 in Miradas |

Atardecer de este verano que no se resigna a rendir las armas. El parque de Yamaguchi está poblado de paseantes entre los que divago mentalmente sin concierto ni propósito determinado, como dice la definición de la RAE. En la explanada ante el planetario se ha reunido un grupo de astrónomos aficionados que montan sus artefactos con una notoria mezcla de atención, parsimonia y complacencia. Me sumo a los curiosos y pregunto qué milagro celestial nos espera esta noche. Otro curioso me informa ufano que van a ver Marte y Saturno. ¿Saturno, el de los anillos?, inquiero. Sí, se ve muy bien, responde encantado el aficionado, si nos dejan las nubes. Es sabido que el cielo de mi pueblo es una estación de tránsito de los temporales del Atlántico, que ponen a prueba la paciencia de estos aficionados. Las sombras se adueñan poco a poco de la escena y mientras los astrónomos siguen enfrascados en el calibrado de sus aparatos, los impacientes curiosos  miramos al cielo en el que empiezan a atisbarse aquí y allá algunos destellos. Mire, ahí está Marte, encima de esa farola, ¿lo ve?, casi me ordena el curioso que se ha erigido en mi sherpa galáctico. ¿Es rojo?, pregunto. No, es de un color amarillo pajizo y se distingue de una estrella porque no titila, porque no emite luz. Clavo la mirada en un punto luminoso que, por las indicaciones de mi guía, debe ser Marte y permanezco así un rato que me parece eterno, como si Marte y yo tuviéramos algún deseo especial de conocernos mejor o alguna cuenta pendiente, a pesar de que al que yo querría ver es Saturno. Saturno está ahí, a la derecha, me dice mi guía. Ya, respondo, pero no veo nada, aunque no lo hago público. Echo un vistazo alrededor para comprobar si algún telescopio está operativo. Un astrónomo, que maneja uno particularmente aparatoso, ha hecho un alto en sus manipulaciones para contarnos un chiste a propósito de Sirio: yo tuve un amigo andaluz que para acordarse del nombre de esa estrella pensaba en vela. En la penumbra, el astrónomo ha debido ver las caras inertes de sus interlocutores y se ve obligado a explicar el chiste, como era andaluz, cirio, vela. Me aparto del grupo para acercarme a un telescopio de aspecto más modesto pero tras el que se ha formado una prometedora cola de espera. Una muchacha de veintitantos afirma a mi lado haber avistado Saturno y su sonrisa excita  el deseo de ser como ella. El que va delante de mí en la cola es un chaval de diez u once años. Aplica el ojo al visor y exclama ¡es como una bola de fuego! El...

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