Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Este verso de Calderón de la Barca, que Rafael Alberti popularizó como título de un libro de poemas dedicado a los cómicos del cine mudo, cuadra bien al estado de ánimo de editorialistas, tertulianos, columnistas, cronistas y demás ralea, a la que me sumo como excedente de cupo, dedicados a comentar eso que llamamos la política de nuestros días. Si se repasa el material que producen estos tipos, observamos un estado de ánimo alterado, confuso, que en unos destila sorpresa; en otros, indignación o un humor resentido, y en todos una suerte de impotencia que los pone al borde de perder el oremus. El sistema político que ha funcionado cuarenta años para admiración de propios y extraños está gripado pero lo que irrita a estos prescriptores de la vida pública es que no saben explicar por qué, y ellos mismos empiezan a cansarse de oír su propia voz en el vacío. Las explicaciones, propuestas y comentarios que flotan en la nube son, ciertamente, cada vez más extravagantes y estériles. En el diario de referencia, por ejemplo, el historiador Santos Juliá, un intelectual proverbial del régimen del 78, proponía ayer la hipótesis de una huelga de votantes de los dos partidos tradicionales, pepé y pesoe, ante la manifiesta incapacidad de ambos para llegar a un acuerdo. La pueril ocurrencia recordaba a la del niño que amenaza a sus mayores con dejar de respirar si no se le otorga su deseo (en el caso de Juliá, el deseo es la gran coalición para salvar los muebles). En la misma onda, el editorial principal de este diario reclamaba hace dos días que los dos capitostes de ambos partidos tradicionales se retiraran para favorecer un acuerdo de sus hipotéticos sucesores. ¿Cómo es posible que las páginas que han inspirado a la elite del país durante cuatro décadas publiquen semejantes paridas? Es obvio que el andamiaje institucional no cumple lo que debiera ser su primera función: elegir un gobierno de la mayoría, pero eso no quiere decir que lo que ocurre carezca de lógica política. En primer término, los partidos son rocosas estructuras de poder votadas por la ciudadanía, que es plenamente consciente de su voto y para nada querría que su voluntad fuera alterada con ninguna decisión arbitrista, tan recurrentes en la historia del país. Cuando los ciudadanos expresan  su malestar con los políticos, hacen siempre salvedad mental del político al que han votado. Los responsables son los otros. Segundo, el sistema fue diseñado para tener gobiernos fuertes aunque estén en minoría, preeminentes sobre el parlamento, donde es virtualmente imposible controlar al ejecutivo o crear mayorías alternativas, y el gobierno que tenemos ahora en funciones está demostrando que ese diseño funciona muy bien. Tercero, la noción del estado como patrimonio del que tiene el poder, que viene como poco desde el absolutismo de los Austrias, lleva a los partidos del establecimiento a negar el pan y la sal a las formaciones emergentes, no importa su peso electoral ni la naturaleza de sus propuestas. De los recién llegados se espera que paguen el café pero no que den su opinión y menos que participen en el reparto de la tarta. Ni en sueños han imaginado pepé y pesoe que podían compartir el gobierno con ciudadanos y podemos. Pero tampoco pueden pactar entre ellos porque significaría destruir el trampantojo que ha engrasado el funcionamiento del sistema y que puede resumirse en la conocida y consoladora frase: y tú más. Los resultados están a la vista. La rutina de unas terceras elecciones, y cuartas, y quintas, si fuera necesario, es deflactar por vía del hastío la fervorina democrática que ha recorrido el país en los dos últimos años con el doble propósito de, a) restaurar el bipartidismo vigente desde 1978, y b) consolidar la hegemonía absoluta del partido alfa (como lo llama Enric Juliana). Esperemos que, a estas alturas, Santos Juliá se haya tomado una tila.

P.S. Los forofos de la gran coalición pueden echar un vistazo a las elecciones regionales de Mecklemburgo-Pomerania del pasado domingo donde la extrema derecha (para qué llamarla con ese cursi término de populistas) ha superado a nuestra venerada señora Merkel en su propia casa y ha conseguido que los socialdemócratas, el otro socio de la coalición, líder en ese land, descienda cinco puntos.