Un frente frío ha traído una interrupción, no sé si momentánea, de la ola de calor en la que estamos sumergidos desde hace días. No es una metáfora, hablo del tiempo meteorológico. El cielo ha amanecido encapotado y la temperatura anormalmente alta ha bajado unos cuantos grados. Probablemente, pertenecemos a la generación más sensible a los cambios atmosféricos desde que la pequeña Lucy se levantó sobre sus patas traseras en Laetoli porque todo el mundo lleva un predictor del tiempo en el dispositivo móvil que le acompaña las veinticuatro horas del día. En el paseo de la mañana (el mío, no el de Lucy) ya se veían convecinos provistos de alguna prenda ligera de abrigo, por si acaso. Al mediodía, las rutinas de la tribu han respondido al estímulo meteorológico negativo y la piscina estaba completamente desierta. Ni rastro del sembrado de toallas sobre el césped ni de uno solo del centenar y pico de bípedos carnosos que estos días poblaban las terrazas. Hay algo de fascinante en esta respuesta genérica y unánime a la ocultación del sol por parte de un colectivo de mamíferos que no forman una manada ni un rebaño sino un club. Luego nos preguntamos retóricamente cómo saben los ánades rabudos, las mariposas monarca y los salmones del Yukón cuándo y a dónde deben dirigirse cuando emprenden sus migraciones. El color turquesa del agua de la pileta era más intenso y, si vale la palabra, más virginal de nunca. Las cascadas y los toboganes artificiales gorgoteaban sordamente como si llamasen a los niños que los frecuentan. La única presencia humana la constituían tres jóvenes socorristas agrupados en una cerrada tertulia y enfundados en rojos forros polares al borde del vaso. Un escenario así evoca de inmediato una amenaza, como en La mujer pantera, pero a este mediocre nadador le ha producido una sensación exultante. Ha mirado a los socorristas, les ha dedicado un comentario concesivo del tipo, poco trabajo hoy ¿eh?, y se ha lanzado al agua. Normalmente, sus brazadas se ven pautadas por los propios pensamientos y por los movimientos generalmente desordenados de otros bañistas, pero hoy no había bañistas ni, curiosamente, pensamientos, y el nadador flotaba, arriba y abajo en la superficie del agua, complacido en su soledad. Ha sido el baño más narcisista de su vida. Cuando ha salido de la pileta, ha comprobado que ni la ausencia del sol, ni el vientecillo que recorría el lugar ni la caída de la temperatura, afectaban a su olímpico estado de ánimo. Los socorristas miraban en su dirección y les ha devuelto la mirada, satisfecho, cuando un chapuzón a su espalda le ha obligado a volverse, desconcertado. Dos adolescentes acababan de arrojarse al agua entre gritos y risas, inconscientes de haber roto el delicado equilibrio del cuadro. Las ondas y espumas que formaban las dos jubilosas muchachas eran los fragmentos de una ensoñación rota. De vuelta a casa, el nadador egregio ha comprendido que nunca podrá añadir a las efemérides de su triste y miserable biografía la ocasión en la que nadó solo en la piscina municipal desafiando al sol que se había ocultado.
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