El espectador sigue atentamente la ceremonia de jura del cargo de Trump en busca de señales del cambio de sentido de la historia que, al parecer, tiene lugar en ese momento. No ocurrió nada imprevisto ni sorprendente, sin embargo: desfile de políticos, banderas, tambores y trompetas, coros, plegarias, un juramento breve sobre dos biblias, quizás el único exceso noticiable, y un discurso presidencial en el que el investido repitió el propósito nacionalista de su mandato sin entrar en detalles. Un discurso hosco, vago y enfático, dirigido a sus seguidores, que podría ocultar una inseguridad inconfesable. Entretanto, el diario de referencia se mostraba estupefacto por lo que llama el suicidio anglosajón, la renuncia simultánea de Estados Unidos y Reino Unido a la globalización, que ambos países vienen impulsando, uno detrás de otro, desde principios del siglo XIX. Un régimen político y económico que se ha convertido en dominante en el mundo y del que ambos países han sido los principales beneficiarios. Veamos. Sin remontarnos tan lejos en el tiempo, Trump y el Brexit británico son la consecuencia última de una doctrina política que se puso en marcha en los años ochenta del pasado siglo, según la cual, a) la sociedad no existe, b) el individuo es libre hasta para conducir borracho por la autopista, como sugirió un epígono, y c) el estado está para ser burlado, privatizado y saqueado a pelotazo limpio. La doctrina aplicada a la realidad resultó tan exitosa que consiguió sus objetivos. La economía de mercado y la democracia representativa, pilares y a la vez garantes del sistema, saltaron por los aires. El mercado fue desregularizado hasta resultar un caos ingobernable, y la democracia representativa dejó de ser funcional para sus fines propios de garantizar los derechos humanos, la atención al público y la cohesión social. En el escenario quedaron un puñado de plutócratas henchidos de poder y arrogancia, y una masa de población frustrada y vindicativa, que han terminado por encontrarse en elecciones plebiscitarias. Trump fue elegido en una votación que no ganó en votos y el Brexit es fruto de un malicioso referéndum. Eso o algo parecido ya ocurrió en Europa en los años treinta del pasado siglo y fue Alemania, entonces probablemente el país más desarrollado y culto del mundo, el que marcó la pauta entregándose a la barbarie cuando buscaba una salida a la depresión en que estaba sumida. ¿Era previsible en 1933 que ocurriera lo que luego ocurrió? De momento, la toma de posesión del cargo del nuevo emperador discurría ayer en una atmósfera plomiza, propiamente invernal, poblada de rostros graves, impacientes, como de quienes asisten al funeral que sigue a un ajuste de cuentas. El único detalle de color, casi magnético,...
Inquisición
Durante años, miles de españoles corearon públicamente y a voz en grito aquello de Carrero voló, etcétera. Aquella murga, que todavía puede encontrarse en algunos sitios de internet, no representaba una ofensa a una víctima del terrorismo menor que las que ahora juzga la audiencia nacional y el tribunal supremo; sin embargo, muchos de quienes la corearon ocuparon en los años siguientes cargos públicos, desde concejal a ministro, y nadie de aquella generación, a la que pertenezco, dejó de ver el atentado como una ventana a la libertad y a la democracia. Esto es discutible hoy, pero en todo caso es un debate para los historiadores. La justicia y los gobiernos hicieron su trabajo, la sociedad se enfrentó a la violencia como herramienta política y el terrorismo doméstico ha terminado. Es una conquista colectiva en la que, curiosamente, no queda más vestigio de aquel pasado que la celosa inquisición del fiscal y los jueces sobre los tuits perpetrados por algunos particulares con mala sombra. Estos mensajes, a los que la actuación judicial ha dado una publicidad inmerecida y que no tuvieron en origen, carecen de la pretendida gracia que, al parecer, quisieron imprimirles sus autores, muestran lejanía e indiferencia por los hechos aludidos y sus consecuencias, ignorancia política, falta de sensibilidad social y un punto de incivismo, pero cuesta creer que estén animadas por la voluntad de ensalzar el terrorismo y vejar a las víctimas, como lo probaría el hecho de que algunas de estas, públicamente connotadas, se hayan manifestado en contra del procesamiento y condena de los autores y que las asociaciones que las representan no se hayan personado en el procedimiento. La persecución penal de opiniones, o mejor, ocurrencias, como es el caso, referidas directa o indirectamente a la violencia política en este país puede llevar muy lejos. A cualquiera se le ocurren un par de referencias más recientes que el asesinato de Carrero Blanco o los crímenes de los grapo y de eta. Uno, la desenfadada declaración del portavoz del pepé desacreditando a los familiares de las víctimas del franquismo, que intentan recuperar los restos de sus padres y abuelos asesinados y enterrados en las cunetas. Dos, la campaña de desprestigio y acoso sufrida por una de las asociaciones de víctimas de los atentados de Atocha y su presidenta por el hecho de no ser del gusto de la mayoría gobernante. Los procedimientos contra tuiteros y titiriteros no tienen más consecuencia que amargar a los encausados y poner en cuestión la probidad del sistema judicial, que ahora se verá confrontado en tribunal europeo de...
Los dos cuerpos del rey
La tertulias televisivas se vieron ayer agitadas (es un decir, porque traen la agitación de fábrica) por la noticia de que los fondos reservados del estado sirvieron para comprar el silencio de una amante del rey. Los amoríos del rey emérito y la domadora de leones y más tarde con la aristócrata comisionista son historias que han recorrido jubilosamente los subterráneos del régimen del 78 como parte de su folclore. La imagen del rey casquivano pone a los castizos, qué le vamos a hacer. Lo que parece hacer escandalosa esta conducta en tiempos de penuria es que los gastos que todo amorío comporta se hayan pagado con dinero de nuestros impuestos, como decía un tertuliano bravío, el cual añadía esta explicación ratonera, lo que haga el rey de cintura para abajo no importa a nadie pero no puede hacerlo a costa de nuestros bolsillos. El fallo de este, digamos argumento, es que el rey no tiene dos cuerpos separados por una frontera imaginaria a la altura del ombligo sino que todo él, y durante todo el tiempo, representa al estado, es el símbolo del estado porque así está prescrito en la constitución, así que toca que apechuguemos como sus virtudes y sus vicios, y ambas cuestan dinero. Los dos cuerpos del rey es un viejo dilema de teología política medieval en el que se discierne entre el cuerpo místico del monarca, que, en tanto que representante de dios, es intangible e inmortal, y su cuerpo carnal, falible y corrupto como el de todo hijo de vecino. El dilema medieval es un antecedente de la moderna distinción entre vida pública y privada, que según el clarividente tertuliano mencionado más arriba tiene la frontera en la entrepierna. En todo caso, el dilema plantea una doble interrogación. Al rey porque debe resolver con su conducta donde empiezan y donde terminan sus dos cuerpos –¿qué pasa si la entrepierna atrae a su cama a la espía de una potencia extranjera?-, y a la sociedad porque debe marcar los límites tolerables de los antojos reales. Los borbones, antecesores de nuestra dinastía reinante, resolvieron este dilema compactando en una única y visible figura los dos cuerpos. El rey sol tenía esposa, amantes y concubinas que convivían en palacio, y comía, bebía, follaba y cagaba en compañía y a la vista de sus cortesanos para los que la asistencia a estos menesteres era un signo de distinción y poder. Hoy con facebook podemos imaginar la cantidad de me gusta que tendría el muro real. Luego vino la distinción entre vida pública y privada, que es también un invento francés, pero republicano, y en esas estamos, con un rey medieval que tiene hábitos burgueses, pues, ¿qué otra...
Meditaciones en el frío
El río Ultzama, que pasa por los alrededores de mi pueblo, viene crecido y ha hecho imposible la recuperación del cuerpo de Blanca Esther Marqués, asesinada por su marido y arrojada después al cauce. Concentración de repulsa por el crimen. Unos cientos de vecinos, muy pocos jóvenes, se reúnen frente al ayuntamiento en la primera oscuridad de la tarde y con un frío polar, escuchan el comunicado de condena emitido por el consistorio, guardan unos minutos de silencio, dedican un aplauso final a la memoria de la víctima y se dispersan. Una rutina cívica para hacer frente a una epidemia de barbarie. La concentración vecinal es más esforzada y artificiosa que el crimen mismo, que parece surgir naturalmente de los hábitos de la sociedad: maltratar y matar mujeres. Blanca Marqués y las que le precedieron en esta suerte y las que sin duda le seguirán son víctimas porque son mujeres y el verdugo es su compañero, el tipo con el que un día quisieron construir una vida compartida, quizás un buen vecino, un paisano común. Los concentrados en el frío de la noche están más confundidos que resueltos, ¿contra qué dirigir la indignación?, ¿a quién pedir cuentas? Los crímenes machistas se presentan con una extraña mezcla de banalidad e indiferencia, como si fueran un hecho de la naturaleza. Producen una indignación momentánea en la sociedad pero el dolor regresa pronto al ámbito privado, donde anida el crimen. El asesino ya está detenido, se entregó él mismo. Ha declarado que no sabe por qué lo hizo, aunque estrangular a una persona exige energía y resolución, y odio para alimentar ambas, y luego se tomó varias horas para decidir si se deshacía del cuerpo del delito en el río. El asesino se siente autorizado a matar por la autoridad que cree tener sobre la víctima y luego, como quien ha cumplido un deber, se entrega como un héroe, dispuesto a recibir los beneficios de la duda, o se suicida como un samurai. Un último gesto de arrogancia que echa a la cara de la sociedad, como si esta le debiera algo. Las motivaciones del homicida pueden ser distintas en cada episodio, pero el patrón del crimen es asombrosamente idéntico en todos los casos y el efecto es el mismo. Al término de la concentración, un hombre pegado a su móvil improvisa para un tercero su versión del hecho: un puñado de generalidades para ilustrar su despiste. Los concentrados quieren dar una muestra de fuerza y cohesión pero están inermes. Nadie sabe en qué momento será llamado a concentrarse de nuevo. Falta un diagnóstico socialmente compartido sobre estos crímenes, que sin duda son la punta del iceberg de un estado de abuso...
La montaña mágica
La invitación a participar en una sesíon de lectura sobre La montaña mágica me ha llevado a pasar un par de semanas fajado con la novela, provisto de papel y lápiz. Lo que Thomas Mann describe en esta obra es la educación sentimental de un joven burgués internado en un sanatorio antituberculoso en Davos, en los Alpes suizos. El azar histórico, o acaso la necesidad, han puesto de repentina actualidad el mensaje de la novela porque en el mismo edificio en que se desarrolla la ficción, convertido ahora en un lujoso hotel, se celebra a partir de hoy y durante tres días el llamado foro económico mundial, una reunión anual de los prebostes del dinero en la que peroran vagamente sobre las fortunas y desgracias que constituyen su negocio y que afectan a todos los habitantes del planeta. En la presentación de su novela a los estudiantes de la universidad de Princeton, en 1951, Thomas Mann afirmó que La montaña mágica representa una época en la que “el capitalismo funcionaba bien”. Así parece, los ingresados en el novelesco sanatorio constituyen una selecta representación de la clase cosmopolita y ociosa que a principios del siglo pasado gobernaba el mundo y disfrutaba de sus dones, entregada a sus juegos, pasiones y elucubraciones en un espacio cerrado y en un tiempo estanco. Los habitantes de esta burbuja de lujo y evasión de la realidad están objetivamente enfermos y la muerte, discretamente oculta, ronda su existencia, pero esta circunstancia carece de connotaciones aflictivas y más bien es un signo de distinción del que los pacientes hacen alarde festivamente contándose entre sí sus cuitas y ocurrencias, entre toses cavernosas y horripilantes pitidos respiratorios. Nada perturba las rutinas de los huéspedes de Davos, los cuales se refieren a sí mismos como los de “aquí arriba” en contraste con los de “allá abajo”, es decir, el resto de la humanidad, de la que están separados por un abismo de desigualdad e incomprensión. El relato se expande en círculos concéntricos sin avanzar ni agotarse nunca hasta que, en el último capítulo, un suceso externo da al traste con este mundo ensimismado y prisionero de sí mismo. Es el estallido de la primera guerra mundial, a la que los distraídos huéspedes del sanatorio se han acercado sin sospecharlo, como sonámbulos. Al término de la historia, después de mil páginas de disquisiciones filosóficas, lances amorosos, juegos de sociedad, curas diversas y ejercicios corporales y anímicos, el lector busca a Hans Castorp, el refinado protagonista de la novela, entre decenas de miles de reclutas de la maquinaria de guerra de los imperios beligerantes, hundidos en el fango entre las alambradas y bajo el fuego de obuses y ametralladoras. Innominados e...
Paraísos artificales
Dos de la vela y de la vela dos. Este inextricable refrán que escuché en alguna ocasión en casa de mis abuelos y que, como puede leerse en el Iribarren, alude a una fraudulenta y disparatada rendición de cuentas, me asalta con las noticias de los preparativos del gobierno británico para encarar la negociación del Brexit. El desafío de la señora May no excluye convertir el país en un paraíso fiscal para vaciar el continente de inversiones. Así tenemos, pues, el canal de la Mancha proyectado como un agujero negro hacia la felicidad. Lo que distingue a un neoliberal de un yihadista es la recompensa que cada uno espera recibir en sus respectivos paraísos, ambos improbables. Por lo demás, unos y otros ejercen alguna clase de terrorismo para conseguir sus objetivos. Pero, del mismo modo que el paraíso de las huríes solo es concebible en la aridez del desierto, un estado moderno convertido en paraíso fiscal debe ser el sueño cocainómano de un especulador financiero, un narcotraficante o de un empresario de tecnológicas pero resulta difícil creer que satisfaga las necesidades del conjunto de la población. El atractivo de los paraísos radica en que sean estrechos y accesibles solo para una minoría: el consabido ojo de la aguja del evangelio. Los paraísos fiscales operativos son islitas insignificantes, perdidas en el océano, bajo la tutela de un estado (la británica isla de Man, por ejemplo), que necesitan poca impedimenta para funcionar: un puñado de oficinas, un pequeño aeropuerto y unos pocos bares en la línea de playa donde tomar una piña colada para mojar el éxito del negocio. Los paraísos fiscales no tienen ejército, ni cuerpo diplomático, ni geriátricos, ni ferrocarriles, ni escuelas, ni ninguna de estas pejigueras cuyo mantenimiento estresa a nuestros gobiernos porque son incompatibles con los bajos salarios, el desempleo, el fraude fiscal, la quiebra de las pensiones y el recorte de los servicios, frutos de las economías actuales que están resueltos a destilar en el alambique de sus políticas para guardar el néctar resultante en las bodegas de los paraísos fiscales. La parábola agustiniana del niño que pretendía trasvasar el agua del mar a un agujero en la arena de la playa ilustra bien el fundamento del paraíso fiscal. Toda la pasta del mundo encapsulada en la caja fuerte de un banco off-shore. La señora May ha debido pensar que eso sería posible si en vez de hacer el agujero con la mano de un niño se utilizara una excavadora caterpillar que dejara hueco todo el país, listo para recibir las remesas del mundo libres de impuestos. El laborista Jeremy Corbyn, que ha terminado por aceptar la evidencia, rezonga: “la primera ministra parece llevar a la...