Dos de la vela y de la vela dos. Este inextricable refrán que escuché en alguna ocasión en casa de mis abuelos y que, como puede leerse en el Iribarren, alude a una fraudulenta  y disparatada rendición de cuentas, me asalta con las noticias de los preparativos del gobierno británico para encarar la negociación del Brexit. El desafío de la señora May no excluye convertir el país en un paraíso fiscal para vaciar el continente de inversiones. Así tenemos, pues, el canal de la Mancha proyectado como un agujero negro hacia la felicidad. Lo que distingue a un neoliberal de un yihadista es la recompensa que cada uno espera recibir en sus respectivos paraísos, ambos improbables. Por lo demás, unos y otros ejercen alguna clase de terrorismo para conseguir sus objetivos. Pero, del mismo modo que el paraíso de las huríes solo es concebible en la aridez del desierto, un estado moderno convertido en paraíso fiscal debe ser el sueño cocainómano de un especulador financiero, un narcotraficante o de un empresario de tecnológicas pero resulta difícil creer que satisfaga las necesidades del conjunto de la población. El atractivo de los paraísos radica en que sean estrechos y accesibles solo para una minoría: el consabido ojo de la aguja del evangelio. Los paraísos fiscales operativos son islitas insignificantes, perdidas en el océano, bajo la tutela de un estado (la británica isla de Man, por ejemplo), que necesitan poca impedimenta para funcionar: un puñado de oficinas, un pequeño aeropuerto y unos pocos bares en la línea de playa donde tomar una piña colada para mojar el éxito del negocio. Los paraísos fiscales no tienen ejército, ni cuerpo diplomático, ni geriátricos, ni ferrocarriles, ni escuelas, ni ninguna de estas pejigueras cuyo mantenimiento estresa a nuestros gobiernos porque son incompatibles con los bajos salarios, el desempleo, el fraude fiscal, la quiebra de las pensiones y el recorte de los servicios, frutos de las economías actuales que están resueltos a destilar en el alambique de sus políticas para guardar el néctar resultante en las bodegas de los paraísos fiscales. La parábola agustiniana del niño que pretendía trasvasar el agua del mar a un agujero en la arena de la playa ilustra bien el fundamento del paraíso fiscal. Toda la pasta del mundo encapsulada en la caja fuerte de un banco off-shore. La señora May ha debido pensar que eso sería posible si en vez de hacer el agujero con la mano de un niño se utilizara una excavadora caterpillar que dejara hueco todo el país, listo para recibir las remesas del mundo libres de impuestos. El laborista Jeremy Corbyn, que ha terminado por aceptar la evidencia, rezonga: “la primera ministra parece llevar a la economía en la dirección  de rebajas de saldo en Europa”. Las rebajas, querido Corbyn, son el único sueño que les queda a los consumidores depauperados, precisamente a los que se supone que tú representas. Corbyn, otro socialdemócrata muerto, menos mal que aquí llega Patxi López. No conviene, sin embargo, ironizar con los propósitos del gobierno británico porque al otro lado de la mesa de negociaciones tendrá a una unión europea destartalada y titubeante, asaltada por corrientes nacionalistas y xenófobas simétricas a la que ha provocado el Brexit y resueltas a convertir los respectivos estados en paraísos, fiscales o lo que sea.