Leo en el periódico de referencia las opiniones de dos sabios. Uno dice: “Las campañas electorales han cambiado su naturaleza. Durante la época de los partidos de masas, los candidatos ponían el énfasis en el programa. Se votaba a aquellos que mostraban una propuestas programáticas más atractivas”. Y el otro: “Me horroriza la idea de que hay gente que vota a partidos con ideas simplistas. Son personas que piensan que pueden solucionar los problemas echando la culpa a los demás”. Los sabios han sido convocados en las páginas del periódico para orientar a los lectores en la niebla que nos envuelve en estos tiempos de cambio, pero ¿en qué planeta viven?, ¿dónde han visto que alguna vez se votara por el atractivo de las propuestas programáticas?, y ¿dónde que los partidos no exhiban ideas simplistas ni echen la culpa a los demás? Habida cuenta la experiencia, va a resultar que, después de innumerables elecciones en casi cuarenta años de democracia, hemos vivido en un camelo porque ni las propuestas programáticas eran conocidas por los votantes con suficiente detalle para saber si eran o no atractivas, ni los partidos se privaban de utilizar mensajes simplistas, ni el voto dejaba de dirigirse contra los que estamos convencidos de que tienen la culpa. Es curioso observar cómo, a fuer de reelaborar sus propios pensamientos, los sabios pueden creer que están inspirados por la realidad. En tiempos de cambio, como los que vivimos, es inútil buscar consuelo en la palabra de los sabios porque, en el mejor de los casos, resulta banal, y, en el peor, redundante. Con suerte, lo mejor que puede obtenerse de sus palabras es la musicalidad de la prosa, pero eso también se encuentra en la poesía, y de mayor calidad. Las grandes religiones, cuya pervivencia está acreditada, prescriben la plegaria y no el discurso, el canturreo y no la argumentación, como remedio a los males del alma. Nadie sabe lo que pasará mañana, de modo que lo que leemos como pronósticos del futuro no son más que diagnósticos del pasado. Las elecciones son una liturgia que pone en juego intereses materiales, pasiones públicas y algunos tics nerviosos, como el que agita el ojo izquierdo de Rajoy, pero nada nos dicen sobre lo que vaya a ser mejor o peor en el futuro. Tenemos razón con la papeleta del voto en la mano porque es un acto de voluntad, pero las perdemos -la razón, la voluntad y la papeleta- apenas las deslizamos en el interior de la urna. En el Reino Unido, han vuelto a las artes mánticas para descifrar el enigma del referéndum de permanencia en la Unión Europea. En las acreditadas casas de apuestas británicas, los apostadores...
De rojos y azules
El delgado, zigzagueante e invisible hilo del liberalismo español en la segunda mitad del siglo XX a través de la memoria de Dionisio Ridruejo.
Acabemos de una vez
Felipe González ha invitado a su partido al suicidio mediante el procedimiento de abstenerse ante un gobierno de la derecha. Es lo que probablemente iba a ocurrir en todo caso después del veintiséis de junio pero llama la atención, o quizás no, que el provecto líder no haya sido capaz de reprimir la vanidad de ser el primero en anunciarlo. Los que le pagan el sueldo han debido urgirle a que se dejara de circunloquios y se lo ganara de verdad. Pero no hay duda de que está personalmente motivado. La opinión de Felipe debe entenderse como un oráculo o a un ucase para su gente porque viene del personaje que refundó el partido y lo dirigió durante un largo periodo que la mitología socialista ha elevado a la más alta ocasión que vieron los siglos. Si no puedes ser mío, no serás de nadie, ha debido pensar el fundador de la empresa ante la insoportable idea de que la obra de su vida quedara al albur de los advenedizos podemitas. Imaginamos la cara que se le ha debido poner al desnortado y débil Sánchez al saber que está al frente de un negocio en liquidación. La misma que se le pone al visitante de El Prado ante el cuadro de Saturno devorando a sus hijos. Felipe asaltó la vieja y durmiente estructura del pesoe en el exilio republicano, defenestró a su dirigencia, ahormó el partido a sus designios y pilotó con éxito la navegación de un gobierno con mayoría absoluta en un tiempo en que Europa nos abría los brazos y no había más alternativa en la palestra que el pesoe o el retorno a los modos de la dictadura. Todos los males de nuestra democracia se incubaron bajo su mandato: la estructura clientelar de la política, la corrupción, la debilidad de las instituciones bajo el imperio de los partidos, un modelo productivo basado en el ladrillo y en las ayudas europeas, la primacía a los poderes financieros y un conformismo letal en la izquierda, desarmada de recursos ideológicos y discursivos. A partir de los años noventa, la derecha se limitó a normalizar la situación creada por el felipismo y a ampliar sus rasgos más tóxicos hasta que han derivado en metástasis, sin que se registrara resistencia alguna por parte de los socialistas, cuyo canto del cisne fue la ampliación de los derechos civiles impulsada por el gobierno de Zapatero, a la vez que entregaba la nación a las exigencias de los mercados. La fecha de defunción de la alternancia o del bipartidismo, como también se llama, puede situarse el 23 de agosto de 2011 en que pesoe y pepé acordaron la reforma del artículo 135 de la...
El ‘Guerra’ del siglo XXI
Asisto al mitin principal de la campaña de unidos-podemos en mi ciudad. Si he de votar a esta lista, es de cajón que debía conocer a quienes, en su caso, me representarán en el parlamento. Lo malo es que en estos encuentros esperan que aplaudas y, en este caso, la exigencia ambiental era ímproba aunque en más de una ocasión me vi aplaudiendo de muy buena gana. La puesta en escena era de una sencillez franciscana, proverbial, y se advierte que también improvisada. Aquí no ha llegado el dinero bolivariano ni las agencias de relaciones públicas. Música cálida, pop y rock a cargo de una banda local para amenizar la espera y, a la presentación, un aurresku, el baile vasco de salutación, interpretado y coregrafiado simultáneamente al modo tradicional y con pasos de baile flamenco. Diversidad y fusión era el mensaje. Despliegue de señales identificativas de la formación morada. Las gradas del frontón donde se celebra el acto están al completo pero, sorprendentemente, los viejos constituimos la mayoría de los asistentes; la distancia en la media de edad entre los oradores y el público era como poco de un cuarto de siglo. Se ve que los jóvenes que constituyen el núcleo del electorado podemita se informan por otros canales que no son el tradicional mitin o simplemente votarán azuzados por el descontento social y político que ha alumbrado y hecho crecer a esta formación y no por lo que sepan de ella. Los podemitas son, en primer término, la respuesta a una quiebra del sistema, vale decir, la expresión de una esperanza y no de una experiencia. En el ambiente se advierte expectación y cordialidad. En el estrado, oradores locales y otros enviados por la dirigencia del partido, lo que aquí llamamos “de Madrid”. Estamos ante un partido forzosamente centralista, piramidal, como todos los del sistema español, si bien hay que añadir que “los de Madrid” no defraudaron al respetable, al contrario, evidenciaron que el núcleo dirigente está formado por un grupo de activistas de formación política robusta, objetivos claros y oratoria brillante, que en los últimos meses han crecido mucho en experiencia y saber hacer. No es probable que sus adversarios vayan a frenarlos mediante la miserable campaña de prensa de la que los han hecho objeto y de la que el orador principal se burló ayer cuanto quiso. Lo que marcará el límite de su expansión electoral no será siquiera el contorno de sus propuestas sino la capacidad de la organización partidaria. Por lo demás, es claro que hay materia gris y voluntad de sobra en ese magma y necesidad de ellos en la sociedad. Pero vayamos a lo que de manera más significada llevó a la...
Los últimos de la fila
El filósofo Fernando Savater se presenta a las elecciones en el último puesto de la lista por Madrid de upeydé, un partido que nunca fue muy musculado pero que ahora es espectral. También en mi pueblo comparece en la retaguardia de la candidatura del pesoe Javier Iturbe, un correoso político local de larga data, ahora que los sondeos auguran para su partido la pérdida del único escaño que poseía. Cómo interpretar esta disposición de los veteranos de clases pasivas ante la última batalla: ¿lealtad militante al partido, engreimiento por las propias medallas que cuelgan de la pechera o simple coquetería de viejo acostumbrado a que le inviten a todas las fiestas, no importa que sea un bautizo o un funeral? Ambos personajes, y otros que sin duda cumplirán una análoga función crepuscular en otras listas y otras circunscripciones, son la luz que nos llega de estrellas apagadas, el aroma de vino y rosas que permanece en el aire cuando los camareros recogen la vajilla y barren el suelo de la sala del banquete, el broche de alta bisutería que encontramos en un abrigo apolillado al fondo del armario. Asombra hasta la ternura la tenacidad de quienes no pueden entender que el tren parta sin ellos y se empeñan en seguir aferrados al estribo del furgón de cola. Recuerdan al Lawrence de Arabia que después de capitanear una guerra victoriosa y fallida, henchido de una gloria equívoca, volvió a reiniciar su carrera militar en la oscuridad del rango de soldado raso. No sé si estos vientos de leyenda habrán inspirado la decisión de los últimos de la fila, aunque en el caso de Savater no puede descartarse esta hipótesis. Pero, en la nómina de héroes postreros, mi preferido es Alfonso Guerra, al que los socialistas andaluces han sacado del sarcófago en el que reposaba su inmarcesible gloria para agitar el ánimo de los suyos (¿pero vive alguien?) al acreditado grito de “dales caña, Alfonso”, esta vez no a la odiosa derecha sino a los más odiosos aún podemitas. Guerra representó, ¿cómo decirlo?, el populismo de los ochenta y noventa cuando aún no se llamaba así y el término carecía de la connotación derogatoria que ahora tiene, pero, al contrario de muchos políticos aficionados, obligados a ayudarse de asesores escénicos en sus comparecencias públicas, él procede genuinamente del teatro y su oratoria posee una garra y una variedad de registros absolutamente excepcionales en su medio. Lástima que su discurso esté más vacío que una caracola en la playa. Pueden comprobarlo...