Entre las dos opciones que tiene nuestro inmarcesible líder –negociar (y ceder, claro) con quienes podrían apoyarle y dejar que pase el tiempo hasta que llegue la hora de unas terceras elecciones-, todo indica que se ha inclinado por la segunda. Si todo el mundo juzga, al menos de boquilla, que una tercera convocatoria a las urnas sería una catástrofe, Rajoy la considera apenas un “rídiculo mundial” y una “insensatez que no olvidaríamos nunca”. Una vez más, el lenguaje, neutro y elusivo, le traiciona sobre su verdadero deseo. Las insensateces, al contrario que las catástrofes, se olvidan pronto pero, en todo caso, no vamos a olvidar nunca lo que está ocurriendo, haya o no terceras elecciones, porque lo que demuestra este reiterado e interminable impasse es que el sistema político está gripado, y ningunas elecciones lo van a arreglar. Entretanto Rajoy y los demás están a lo suyo, y en el caso Rajoy, lo suyo es forzar la apuesta para mejorar su posición en un nuevo envite. La fortuna ha convertido a este jugador de aspecto mostrenco en un ludópata. De ser el segundón malquerido en la sucesión de Aznar, el azar quiso que heredara el partido, lo que en el pepé significa el poder absoluto; en este rol, perdió dos elecciones generales seguidas que hubieran convencido a cualquiera menos querencioso del poder de su falta de idoneidad para el empeño, pero, zas, el adversario tiró la toalla a la tercera y Rajoy recibió una inesperada mayoría absoluta. A los mandos de esta máquina ha dirigido el país durante el periodo más siniestro y desmoralizante de la historia reciente: desempleo desbocado, desmontaje del estado del bienestar, fracaso en los objetivos macroeconómicos, fractura de la unidad constitucional, corrupción política rampante y gobernanza destinada a hacer retroceder los derechos civiles y políticos adquiridos. Cualquiera diría que vivimos una pesadilla, menos el líder inmarcesible, que la gestiona con la misma profesionalidad imperturbable que el demonio gestiona el infierno. Al primer envite de las urnas después de esta ejecutoria, pierde la mayoría absoluta, pero no la relativa, lo que le permite creer que aún tiene fichas suficientes para seguir en la mesa de juego. La sorpresa es que sus adversarios de partida son más torpes e ineficientes que él con sus bazas. Segundas elecciones, vuelta  a barajar, misma partida, mismos jugadores, mismas reglas. Rajoy mejora su posición relativa, más fichas para sí y menos para sus adversarios, y aún hay algo mejor, éstos están desmoralizados y resentidos entre ellos. Pueden ganar la jugada, pero no saben cómo o no quieren intentarlo. Es más, ha conseguido inficionar entre los espectadores la idea de que la tediosa partida se prolonga porque los demás no se retiran de la mesa y le dan toda la banca, sin más dilaciones, porque, de lo contrario, habrá que barajar de nuevo. Lo que sería una insensatez inolvidable o un ridículo mundial, en palabras de este aventajado tahúr seguro de su racha y convencido de que a la tercera tendrá mayoría absoluta. Si lo repite muchas veces, y lo repetirá, conseguirá que lo creamos. Ya lo creen sus eufóricos votantes y lo pregona el coro de momificados socialistas tarjeta oro que rodean al infeliz de Sánchez. En esta tesitura, los calificativos de insensato y ridículo se atribuyen a Sánchez y a los demás, no al ludópata que, como todo el mundo sabe, es un señor serio y previsible y, en cuanto a lo de ridículo, si no se ha sonrojado hasta ahora, no hay que esperar que lo haga por una nimiedad como las terceras elecciones.