Toma ya, resulta que hoy es mi día. Me he enterado por el doodle de Google, que lo ilustra con unos entrañables gatitos. Hoy es el día de los abuelos. La noticia me ha sumido en una excitación sin objeto. No sé si salir a la calle muy ufano o quedarme sentado en casa como un vegetal, si acicalarme o permanecer como un adán doméstico, si saltarme la pastilla o engullir tres de golpe, si esperar la llamada y los guasapes de mis nietas o echarme al monte y vagar unas horas por esas cumbres, como hace mi amigo Quirón el día de su cumpleaños para soslayar la untuosidad de las (escasas) felicitaciones que le esperan. Me siento como un paralítico cerebral el día de los paralíticos cerebrales o como un sanfermín el siete de julio. Sé que tengo que hacer algo pero no se qué, ni cómo, ni, sobre todo, para qué. Esta singularización crónica y festiva de mi condición, y de la de otros congéneres en la misma circunstancia, reconoce el vacío en el que buceamos el resto del tiempo. Si un día eres abuelo, quiere decir que el resto del año no eres nada, y lo mismo puede decirse si eres donante de sangre, logopeda, mujer, trabajador, asmático, homosexual, lumbierino, fumador, etcétera. El calendario como recurso para la inclusión social. El deseo de todo el mundo es vivir en la espuma de los días, que es un lugar cálido, acariciante y distraído, y, mientras la generalidad de los humanos lo intenta en vano, algún ente filantrópico –la ONU, la UNESCO, la OMS, El Corte Inglés- dedica un borborigmo de la bañera para que los que habitan el fondo puedan subir momentáneamente a la superficie y respirar durante unas horas. La existencia está jalonada de hitos excepcionales de los que colgamos el despojo de las horas y los días: goles irrepetibles en la cancha de fútbol, faenas de muleta memorables en las plazas de toros, victorias heroicas en el campo de batalla, referendums patrióticos en el sopor de la ciudadanía, inluso apariciones de la virgen en un castaño, de las que solo de una manera vicaria podemos ser partícipes, como espectadores, como aficionados, como oyentes, como telón de fondo. El día de… acerca la lupa –el zoom, mejor dicho, o el doodle de google- a los detalles de ese telón indiferenciado para que puedas reconocerte en la imagen de la multitud: yo estoy ahí, yo soy ese calvo de bigote blanco, el tercero por la izquierda de la segunda fila en el colectivo de abuelos. Visitar Internet no es sino buscarse a uno mismo. Entras en el laberinto a través del doodle de google y ya formas parte de la humanidad reconocible; tecleas el usuario y la contraseña y el mundo y el pueblo que lo habita se ordena a tu alrededor: amigos, enemigos, clientes, proveedores, informantes, nietas, novias, comparecen disponibles como las moscas lo están para la araña en la red. Así que voy a mandarles un mensaje alto y claro: ¡¡Hoy es mi día, cojones!! Por cierto, ¿cuándo van a declarar el día de Rajoy para condenarlo al olvido el resto del año y de los siglos venideros?
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