Todo parece indicar que el manifiesto de los intelectuales como medio de intervención en la política conserva intacto su añejo prestigio… entre intelectuales. Una nutrida y florida nómina de esa específica clase de ciudadanos ha puesto su firma bajo uno de estos documentos en demanda de la pronta formación de un gobierno, no importa cuál, ni cómo, ni para qué. Este senado autoconstituido a pulsiones de teléfono móvil y de correo electrónico se alza en un plinto sobre el pueblo y su parlamento y conmina: “Alejados de la funesta manía de dar consejos no solicitados, nos atrevemos a indicar algunas cuestiones de primera necesidad que deberían atenderse de inmediato en la nueva legislatura”. A renglón seguido los abajofirmantes se declaran “urgidos”, “persuadidos”, “conscientes” y “decididos” “para hacer un llamamiento a los electos”.  El lector ya tiene, a estas alturas, el ánimo encogido, como cuando escuchaba al predicador de los ejercicios ignacianos. El imperativo gobierno deberá ocuparse, según el ciceroniano papel, de la estabilidad económica, de medidas sociales correctoras de la desigualdad, de la crisis de los refugiados, del Brexit, etcétera. Se ve que los firmantes leen los periódicos. Y subrayan que “las fuerzas políticas se concentren con preferencia en orientaciones básicas como las ya mencionadas, sin distraerse con otras”. Trémolo final: “Sepan, pues, todos los líderes y todos los partidos, que han competido ya por dos veces en las urnas, que están obligados a realizar todos los esfuerzos y todos los sacrificios que fueren necesarios, incluso los más personales, para poner fin a esta improrrogable situación del sin gobierno”. Imaginamos a Rajoy dejando un momento de lado el Marca para echarle un vistazo al manifiesto y, aludido por lo de “los sacrificios que fueren necesarios, incluso los más personales”, comentar para su coleto, ¡pero qué se habrán creído estos capullos! El manifiesto, para su tranquilidad y la nuestra, no va dirigido a Rajoy sino a Sánchez, el líder menguado y vicario al que los suyos han echado a la cancha atado del dogal. Los abajofirmantes del manifiesto representan –repasen los nombres– de manera conspicua lo que en la jerga política anglosajona llaman establishment (y que aquí designamos durante un tiempo con un término perecedero, la casta). Todo el proceso político y electoral que venimos padeciendo ha sido un denodado esfuerzo por mantener en pie y operativo el establecimiento que nos ha arrastrado a la situación actual de corrupción política, inepcia administrativa, desigualdad social y descrédito institucional, y con las últimas elecciones se ha conseguido el objetivo de neutralizar el principal riesgo de reversión del statu quo: el populismo podemita (con su concurso, desde luego). Solo falta que entre por el aro lo que queda del pesoe. El manifiesto de los sabios es por ahora la última aportación, dizque intelectual, a este propósito. He aquí una modesta proposición para el caso de que este manifiesto sea desoído y la contumacia de nuestros políticos nos aboque a unas terceras elecciones: un gobierno neutral de grosse koalition presidido por Fernando Savater. Si no otra cosa, mejoraría la retórica gubernamental.