Entre la hojarasca del pacto pepé-ciudadanos, cuya virtualidad última se comenta por sí sola, llama la atención al tipo que esto escribe la medida 119, que reza así: “Aprobar una Ley de Protección de los Denunciantes de Corrupción, con el fin de reconocer y proteger a quienes arriesgan su carrera profesional en la defensa del interés general”. ¿En qué pensaban los firmantes cuando redactaron esta intrigante propuesta? Seguramente en nada. La protección de testigos se activa cuando el crimen es organizado y el denunciante teme razonablemente por la represalia de los socios y parientes del delincuente denunciado. En un cierto sentido, toda denuncia es una delación y una ruptura del sobreentendido que rige la cohesión del grupo social y cualquier delator puede esperar la venganza de los perjudicados por la denuncia, que en esta circunstancia no es solo el denunciado. En todo caso, esta protección necesaria del estado nos remite a sociedades atávicas, con bajísimo nivel de conciencia cívica y dominadas por grupos de interés organizados. Es una definición que cuadra a este país. Para no hablar del pepé, que ha elevado el delito de corrupción a la condición de situación atmosférica, como la sequía, ni ceñirnos a lo ocurrido en estos últimos años, podemos recordar al concejal socialista madrileño Alonso Puerta, expulsado de su partido en fecha tan temprana como 1981, apenas estrenada la democracia, por denunciar un caso de cohecho en el ayuntamiento de la capital. Caso que, claro está, nunca fue investigado porque una comisión de investigación concluyó que Puerta se había equivocado. La comisión estuvo formada solo por concejales de la izquierda (pesoe-pecé) que formaban el gobierno municipal del profesor Tierno Galván. ¿Alguien cree que con estos legisladores y los que vinieron después se vaya a aprobar ninguna ley que estimule la denuncia de la corrupción? Solo hay tres clases de ciudadanos que pueden hacer estas denuncias con solvencia y credibilidad judicial: 1) los propios políticos, 2) los empleados de la empresa corruptora y 3) los funcionarios. Los primeros aprendieron la lección del protomártir Alonso Puerta y antes se dejarían la piel en el potro que soltar prenda, como hemos visto desde entonces, porque de la corrupción depende la financiación del partido y en consecuencia su ganapán. No olvidemos que la miríada de cargos públicos que parasita el sistema político no es elegida por la ciudadanía sino por el partido que los ha puesto en la lista electoral en un lugar de salir, como se dice en jerga, o los ha nombrado a dedo si no había espacio elegible en la lista. En cuanto a los empleados de la empresa corruptora, si son de alto nivel, los únicos que están en condiciones de hacer estas...
La vida prestada
Es media mañana en la terraza del café de la Media Luna. El calor aún es soportable y queda en el aire un vestigio de lo que nuestros mayores llamaban la fresca. Desde el estanque del parque, bajo los árboles, se acerca una pareja que se ha convertido en típica en nuestras calles: una joven que empuja una silla de ruedas en la que se sienta un viejo sarmentoso de cuerpo retorcido e inmóvil y expresión inerte en la que el único rasgo reconocible es una mezcla de estupor y dolor. La muchacha es preciosa, de veintitantos, larga melena sobre los hombros, faldicorta, con unas piernas esbeltas y torneadas, y se comporta con extraña calma y pericia, como si la tarea en la que está ocupada demandara toda su atención pero, al mismo tiempo, no le produjera ninguna tensión. Acerca la silla del viejo a un velador y se sienta enfrente. En las manos lleva la carpetilla de un libro electrónico que coloca sin abrirlo sobre sus muslos cruzados y, sin quitar la mirada del viejo, pide un café. Soy yo el que dejo de mirar a la pareja, por pudor, o por urbanidad, o por miedo. Al poco, la voz de la muchacha reclama de nuevo mi atención. Dulcemente, le está contando algo al viejo, en segunda persona. El relato, hasta donde la buena educación me permite entender, recrea una reunión familiar y recuerda al viejo quiénes estaban contigo, el pastel que probaste, la mamá te dijo, la música te gustó mucho, la pequeña no paraba de correr a tu alrededor… El personaje que protagoniza la historia de la muchacha es un fantasma ininteligible para el destinatario del cuento, aunque sea él mismo unos días antes, quizás el día de su cumpleaños. No era una historia para entretener al viejo sino para mantenerlo vivo. Un ejercicio de respiración artificial. Al fin, la función de las palabras es prestarnos la vida que no vivimos. El efecto del cuento era el de la lluvia sobre el desierto pero resultaba imposible no sentirse conmovido por la paciencia y la ternura con que la muchacha llevaba a cabo su empeño, aunque fuera...
Vacas y chotos
Nada. La calle está vacía y el sol obliga a las gafas ahumadas o a cerrar los párpados, lo que es una manera de ausentarse. Las vacaciones dejan de ser un acto voluntario y se tornan invasivas, como los incendios forestales. Una calima de polvo, moscas, vacas y tedio aldeano impregna el paisaje en el entrevero de agosto. En un incierto lugarejo, una peña de gañanes que se llaman a sí mismos las termitas han sacrificado con toda pompa y apoyo del municipio a unos añojos en una parodia de corrida taurina: En otra aldea han sustituido por bombillas las antorchas tradicionales que colocaban en las astas de las vacas de fiestas. Es el paso de la pira a la silla eléctrica, el tránsito de la tradición a la modernidad, que, según reconocen los lugareños, ha sido objeto de un duro debate. En otra parte de este paisaje de secano y estiércol, populares y ciudadanos ultiman un acuerdo de gobierno con la renuente actitud del corredor que no quiere llegar a la meta. Los primeros porque no desean un acuerdo con nadie: el mando no se comparte ni se discute. Los segundos, porque temen con razón que no sirva más que para apuntillarles. En las maniobras de distracción, los negociadores se han enfrascado en ahormar el significado de la palabra corrupción, para desahogo de los corruptos. La tauromaquia y la corrupción son aquí sistémicas. Una corrida en Las Ventas es arte pero ¿qué es la matanza festiva de unos chotillos con defensas del tamaño de pezones? La duda se extiende a la consideración que merece Rita Barberá, por decir un nombre, ¿es una eximia representante de la fiesta nacional o una delincuente? Estas disquisiciones son la letra pequeña del contrato social, por la que navega con desenvoltura un registrador de la propiedad, adiestrado de oficio. Pero a los jóvenes y sedicentes reformadores que se sientan frente a él en la mesa de negociación les está dejando sin resuello ultimar el...
Cenizas
Un establecimiento del ramo en Los Ángeles sacará a subasta las cenizas del escritor Truman Capote junto con otros objetos que le pertenecieron. El precio de salida de las cenizas no parece alto, dos mil dólares, aunque tampoco son todas las cenizas, quizás solo un puñadito. Luego está la cuestión del certificado de autenticidad porque las cenizas del autor de A sangre fría serán del mismo color y textura que, digamos, las de Perry Smith y Dick Hickock, los dos protagonistas a los que hubo que ahorcar para que Capote pudiera terminar una de las mejores novelas del siglo XX. El morbazo estaría en que se subastaran mezcladas las de escritor y las de los asesinos porque así el comprador no tendría solo un puñado de polvo sino una metáfora, aunque indescifrable, ciertamente. El comercio mueve el mundo, a veces por senderos misteriosos. El vendedor quizás sea el heredero de algún deudo o amigo del escritor que vete a saber por qué razón estaba en posesión de esa bolsa de polvo gris y que ahora pasa por un apuro económico o va a mudarse de casa y aprovecha la ocasión para desembarazarse de los trastos que amueblaban su viejo domicilio. En cuanto al comprador, sin duda será un fetichista literario, aunque, si bien es inteligible el deseo que puede provocar en un tipo así la posesión de la pitillera, la estilográfica o la máquina de escribir del genio, no se comprende qué inspiración pueda recibir de las cenizas que son, literalmente, la nada que queda de la pompa y circunstancia de la vida. Quizás sea un melancólico o un místico y las quiera para tenerlas presentes, como las calaveras que antaño ornamentaban la mesa de estudio de filósofos y obispos en las vanitas barrocas. En este caso una vanitas de categoría porque si hubo en vida un personaje burbujeante, marrullero y genial, fue Truman Capote, más sin duda que el bufón Yorick. Las cenizas, y la operación que las precede, la incineración, son el procedimiento más rápido para desembarazarse de un difunto. Sin embargo, no es concluyente. Los difuntos no aceptan ser despedidos como si fueran un contratado de la reforma laboral de Rajoy, y afligen a sus herederos con compromisos y sentimientos de culpa cuando llega el momento de qué hacer con las cenizas: ¿guardarlas en una urna sobre el televisor, aventarlas en el campo, conservarlas en un columbario, depositarlas en los lugares asociados a la memoria del difunto? Todas las alternativas tienen contraindicaciones y ninguna apaga del todo los contradictorios sentimientos de los deudos, que quizás creen haber rematado al difunto al convertirlo en ceniza. Lo prueba el hecho de que la subasta mencionada se celebrará treinta...
La mujer cubierta
Cuatro polis macizos y bien pertrechados rodean a una mujer tumbada en la arena de la plaza de Niza como cualquier turista entre otros centenares de turistas. La mujer va ataviada con lo que parece un traje de buceo negro sobre el que lleva una blusa ligera color turquesa y se cubre la cabeza con un turbante del mismo tono. La escena hubiera sido banal, e incluso indescifrable, si no fuera porque las prendas que viste la mujer conforman a los ojos de los vigilantes el llamado burkini –vete a saber si lo llaman así sus usuarias- y van a imponer a la mujer una multa de 38 euros por estar así cubierta, de acuerdo con la ley francesa que considera este atavío como un ataque al laicismo del estado. Hace setenta años, en España, los mismos polis la hubieran multado de no vestir de esta recatada guisa. Quién iba a decirlo, el engorroso burkini, doblemente engorroso, en un sentido sartorio y semántico, como prenda y como representación, se ha convertido en el emblema del atropellado debate sobre feminismos, laicismos y terrorismos que nos ha calentado las meninges de agosto. Una cosa es segura en este caso. La mujer de la playa de Niza ha sido humillada (como cuando el guripa municipal o el párroco del pueblo vejaban a nuestras amigas y novias por un bañador demasiado escueto o un escote demasiado atrevido) y, si en ese momento la mujer disfrutaba de un rato de descanso, como los turistas que la rodeaban, ya puede despedirse del disfrute porque su marido o su padre no la dejarán volver con un bañador de hechuras más menguadas ni querrán pagar por segunda vez la multa. No es probable que a los varones que imponen esta indumentaria femenina, y que pueden ponerse el calzón de baño que les plazca, les parezca mal que la mujer haya sido multada. En nombre de la religión o del laicismo, la víctima es ella, su cuerpo y su deseo, aunque sea un deseo tan modesto como descansar en la arena y dejarse acariciar por el sol y la brisa del mar, como todo el mundo en vacaciones. Una mujer cubierta de pies a cabeza en una playa en verano no es una provocación para los demás bañistas sino al revés, son estos los que le están diciendo a la mujer que dentro de sus ropones vive en un mundo más pobre, más estrecho y más precario que el de ellos. ¿Y creen que la mujer no lo sabe?, ¿alguien cree de verdad que las mujeres se sienten a gusto dentro de los sacos en que les obligan a embutirse quienes dirigen la sociedad o la tribu en...