Desde hace unos meses accedo a un grupo de opinión política en línea, si bien más como lector interesado que como participante activo. Los intervinientes se muestran, sin embargo, vivaces y laboriosos. Pero me ha sorprendido, aunque quizás no sea esta la palabra, la acusada asimetría del debate, en el que un participante, me consta que es el de mayor edad, destila largas parrafadas con afán analítico y didáctico de inequívoco estilo de vieja escuela, mientras los más jóvenes se limitan a subrayar sus opiniones con frases breves, generalmente aquiescentes o dedicadas a cuestiones de detalle. En algún caso, el esfuerzo del veterano es respondido con entusiasmo por otro participante más joven con una ristra de emoticonos. Al parecer, uno de los rasgos de la nueva política consiste en argumentar, si vale la palabra, con estos pictogramas cuyo repertorio, cada vez más profuso, proporcionan las plataformas de Internet. Si algo indica el uso de estos códigos es que la nueva izquierda emergente no se basa en el materialismo histórico, precisamente el que cree encarnar el viejo chamán del grupo de opinión, pues nada hay menos material que los contenidos de la red y menos histórico que esa colección de diminutos iconos destinados a expresar rudimentaria y perezosamente las emociones del remitente. Ahora que, al parecer, la política ha perdido la perspectiva histórica -lo que algunos llaman el relato-, los jóvenes emergentes vienen a enmendarlo con la exhibición de esas burbujitas amarillas que sonríen, guiñan el ojo, lagrimean y sacan la lengua. Volvemos, pues, a los orígenes de la escritura; a las cavernas, como proclama orgullosamente un anuncio de Apple. Los pictogramas son la escritura de un idiolecto, el código de comunicación de un grupo pequeño y compenetrado y, si han de usurpar el espacio del alfabeto y adquirir el valor universal que este tiene, alguien deberá normalizar la fonética, la semántica, la sintaxis y la metonimia de los enrollados emoticonos para que puedan describir algún hecho o pensamiento más complejo que un suspiro o un pedo. Quizás, los emoticónicos debieran tomar nota del hecho de que no han conseguido desalojar de la poltrona del poder a un personaje titular de la profesión más ranciamente literaria que existe: abogado y registrador de la propiedad, y muchas pelotillas de esas de color limón van a tener que lanzar con la cerbatana del iphone para que el registrador de la propiedad se dé por...
Historias de la granja
Un compromiso con la biblioteca pública de Barañáin para coordinar el próximo otoño un pequeño seminario sobre el escritor británico George Orwell me ha llevado a releer la celebérrima fábula de este autor, Rebelión en la granja. Como es archisabido, la historia va de la sublevación de los animales de una granja, que expulsan al dueño para construir una sociedad donde el trabajo y sus frutos se repartan por igual en libertad y fraternidad. En el proceso, los cerdos, que son los animales más inteligentes en esa fauna doméstica, se hacen con el mando y empiezan a derivar los beneficios de la situación para sí mismos mientras el estado del bienestar de los demás habitantes de la granja no solo no mejora sino que empeora y los mantiene agobiados por el trabajo, la falta de comida y de descanso, lo que hoy llamaríamos los recortes, y la vigilancia de unos perros de presa a los que los cerdos han amaestrado, digamos la ley mordaza. Sin embargo, la elite porcina consigue estabilizar la situación hasta el punto de que los propietarios de las granjas vecinas, lo que hoy llamaríamos coloquialmente los mercados, que asistieron con inquietud a la emancipación de los animales del señor Jones, terminan por aceptar la evidencia de que el resultado es muy parecido al de sus dominios, incluso más eficiente en algunos sentidos, y empiezan a compadrear con los cerdos, los nuevos dueños, y a comerciar con ellos. Orwell publicó esta fábula en 1945, no sin dificultades por la resistencia de la izquierda de cuyas filas él formaba parte, y de inmediato su significado se interpretó sin error como una sátira del socialismo y del régimen soviético y así fue utilizado el libro como arma de propaganda durante la guerra fría. Podría decirse que, superada aquella circunstancia histórica, el valor de la novela ha decaído, pero no es así. Rebelión en la granja es un libro extrañamente inquietante porque el pesimismo genial de Orwell no se ciñe a los regímenes totalitarios levantados con el señuelo de la emancipación de la humanidad sino a cualquier forma de estado porque ¿qué sistema político moderno no se levanta con ese señuelo? Orwell no solo fue un escritor político comprometido sino un crítico cultural muy perspicaz y en la novela hay un hilván argumental apenas perceptible en el magma de la historia y cuya importancia puede pasar desapercibida. Los sublevados redactan, apenas consumada la expulsión del granjero, una constitución de siete puntos en los que se proclaman los derechos y obligaciones de los animales con la intención de crear un orden nuevo y se pregona la erradicación de los hábitos que hacían opresivo el régimen del expulsado señor Jones. Así,...
En el cine
Envidio a los que conservan la afición, ya que no la pasión, cinéfila de nuestra remota juventud. Hace tiempo que no consigo ver una película en una sala de cine sin consultar el reloj en cuanto la luminosidad de la pantalla permite leer las manecillas, no menos de tres o cuatro veces por sesión. Mi terapeuta me dice que esta clase de inapetencia es señal de organismos decrépitos y no de la calidad de las películas, como tiendo a argumentar cuando surge la cuestión. Esta tarde de agosto, sin embargo, cierto vacío existencial, por llamarlo de algún modo, me ha empujado al cine. El menú estival que ofrecía el único complejo multisalas de mi pueblo eran películas infantiles de animación y un surtido para adultos políticamente correctos: una peli sobre oenegés pasadas de rosca; otra sobre unas mujeres indias que se rebelan contra su condición; otra, la vida de una mujer a los sesenta; otra, un cuento tailandés con soldados afectados por la enfermedad del sueño y un médium; otra, un profesor de violín que impulsa una orquesta de jóvenes marginados; otra, un romance de amor maduro con pastel de peras de por medio, etcétera. La cartelera parece la versión ilustrada de la agenda de buenos sentimientos y malas prácticas de nuestra sociedad, una especie de prolongación dramatizada del telediario. ¿Cuándo se vio a John Wayne o a Humphrey Bogart protagonizar un telediario?, ¿cuándo hizo Ingmar Bergman una película sobre un pastel de peras? A ver qué responde a este argumento mi terapeuta. Pero, plantado en el vestíbulo de los multicines, no iba a dar marcha atrás porque no quería volver al vacío y la suerte, ah, qué casualidad, ha hecho que encontrara en la cartelera a un viejo conocido: Zang Yimou y a su adorable esposa Gong Li, una de las últimas actrices cinematográficas que han fascinado a la generación del cronista cuando aún les funcionaba la conexión entre la mirada y el deseo. La historia está ambientada en la revolución cultural china. Caramba, una peli a la medida exacta de un sesentayochista. La sala está vacía. Unos minutos después hay dos espectadoras además del cronista, una joven con camiseta de tirantes enfrascada en su móvil y una elegante dama vestida con un traje de chaqueta de color marfil y sandalias de tacón. Las chicas son mayoría en cualquier encuentro cultural, piensa rutinariamente el cronista cuando le llega el perfume de la dama, aunque sean solo dos. Se apagan las luces. Lo que discurre en la pantalla es una fábula melancólica, relatada con proverbial elegancia, aplaciente para un público internacional, previsible y sin pizca de rasmia. Zang Yimou es un cineasta oficial en su país, así que se...
El escalador y la roca
Rajoy y Rivera forman una pareja simbiótica. El primero es un carácter quietista, mineral, surcado de pliegues y anfractuosidades geológicas, indiferente al cambio de las estaciones, siempre igual a sí mismo. El segundo es activo, inquieto, emprendedor y resuelto. La roca y el escalador. La roca aspira a ser siempre roca, henchida del orgullo de serlo; a su turno, el escalador quiere coronarla y gozar de los dones de la altura. El joven capitoste de ciudadanos es un arribista y toda su estrategia desde diciembre ha sido la historia de sucesivos intentos de coronar la cima. Empezó por las bravas y a lo loco, como cualquier joven sin experiencia, intentado cercar la mole popular con un pacto con los socialistas, una especie de campamento base, para provocar un corrimiento de tierras que hiciera más fácil la escalada, y, al no conseguirlo, llegó a invitar a la fauna local a sublevarse contra su propio ecosistema, pues no otra cosa fue la ocurrencia de pedir a los diputados populares que derrocaran a su jefe. ¿Y de qué van a vivir las cabras, los topillos y las garduñas que habitan en las laderas de la roca? Hay un momento de locura, alimentado por la ansiedad del desafío, que todos los alpinistas experimentan cuando creen que la montaña es su adversario. Después de las elecciones de junio, el escalador debió comprender que, si quiere escalar la roca, necesita a la roca, y abandonó la táctica suicida de demolición para iniciar un ascenso gradual, lo que significa encontrar otra vía de acceso. Su equipo, sus patrocinadores y su club de fans, que no entienden o prefieren no entender que la misión de este aguerrido escalador es solo su gloria personal, necesitaban sin embargo una explicación para el cambio de táctica y de lenguaje. ¿Por qué habríamos de pactar con la roca? Pues bien, la respuesta es: porque vamos a proponer un plan de reordenación forestal que elimine las ramas secas y las malas hierbas, claree el matorral, abra nuevos senderos y permita que los pajarillos aniden sin peligro y que los lugareños disfruten honradamente de las bellotas y de las moras que da el bosque. Por supuesto, la roca no dijo nada -¿conocen ustedes alguna roca que se haya manifestado por el uso del bosque que crece a sus pies?- y el escalador interpretó su elusiva aquiescencia como la aceptación de su plan. Un ayudante de su equipo se encontró con un urogallo que anida en los peñascos superiores de la roca y firmaron un papel, que se mojó de inmediato por causa del rocío en el herbazal que sirvió de mesa a los firmantes. Ni la roca ni el escalador estuvieron en el...
La infancia irrecuperada
A cierta edad, el tiempo se vuelve un revoltijo y eres testigo de sucesos que, a estas alturas, parecen más arbitrarios que raros. Ayer supimos del fallecimiento de Víctor Mora, el creador y guionista de las aventuras de El capitán Trueno. La primera sorpresa fue que todavía viviera, incluso que no fuera tan viejo (85) como yo hubiera dicho si me lo hubiesen preguntado. Pero la sorpresa más profunda, diríase que anidada en el cerebro reptiliano, ha sido descubrir que El capitán Trueno tuvo un creador de carne mortal. Claro que el adulto que soy conocía este dato de primer curso de tebeología, pero eso no me devuelve la infancia. Hay una fractura irreparable entre la experiencia del afanoso lector de las aventuras de Trueno y lo que ahora se puede saber de este tebeo, de sus autores y de la época gris y mezquina en que fue la lectura favorita de una generación. Apresuradamente, he rastreado en Internet las informaciones disponibles sobre Víctor Mora, su fértil obra como guionista de tebeos, su militancia política comunista, las circunstancias de la industria editorial en la que trabajó, etcétera, y todos estos materiales componen un mausoleo que no atrapa las emociones contenidas en aquel tebeo que cada semana llegaba como un mensaje de un país remoto al que habían llegado cuatro amigos, no solo amigos entre sí, sino también nuestros, y que en el cuadernillo apaisado escenificaban sus aventuras mediante un lenguaje pictórico diáfano y esperanzado, imposible de reproducir con las palabras que ahora empleamos pero que entonces no conocíamos. Los héroes ideados por Mora y dibujados por Ambrós exhibían mandíbulas cuadradas y firmes, frentes despejadas, sonrisas francas y desafiantes, cabellos al viento, extremidades fuertes y un portentoso dinamismo que a menudo los representaba como si volasen en el espacio vacío de la viñeta. Trueno, Goliath, Crispín eran a la vez la cuadrilla del barrio y nuestra familia, camaradas de aventuras y hermanos de sangre, y Sigrid, el primer chispazo de erotismo cuando aún no existía la palabra, novia y madre deseadas, y maravillosamente sueca, un reino donde el incesto no parecía pecado. Pero todo eso lo hemos sabido mucho después de haberlo experimentado, cuando ya era ocioso saberlo, después de leer a los estructuralistas y querer entender la polisemia de las estructuras elementales del parentesco. Intento abrirme paso a través de la maraña de palabras que me separan de aquella experiencia prístina y me resulta imposible porque el tránsito del tebeo al libro, del pictograma al alfabeto, fue una irreparable y sostenida traición al capitán Trueno y a su mundo, que era también el nuestro. Después, en los sucesivos encuentros en mercadillos, librerías de lance y reediciones reiteradas de estos...