Nada. La calle está vacía y el sol obliga a las gafas ahumadas o a cerrar los párpados, lo que es una manera de ausentarse. Las vacaciones dejan de ser un acto voluntario y se tornan invasivas, como los incendios forestales. Una calima de polvo, moscas, vacas y tedio aldeano impregna el paisaje en el entrevero de agosto. En un incierto lugarejo, una peña de gañanes que se llaman a sí mismos las termitas han sacrificado con toda pompa y apoyo del municipio a unos añojos en una parodia de corrida taurina: En otra aldea han sustituido por bombillas las antorchas tradicionales que colocaban en las astas de las vacas de fiestas. Es el paso de la pira a la silla eléctrica, el tránsito de la tradición a la modernidad, que, según reconocen los lugareños, ha sido objeto de un duro debate. En otra parte de este paisaje de secano y estiércol, populares y ciudadanos ultiman un acuerdo de gobierno con la renuente actitud del corredor que no quiere llegar a la meta. Los primeros porque no desean un acuerdo con nadie: el mando no se comparte ni se discute. Los segundos, porque temen con razón que no sirva más que para apuntillarles. En las maniobras de distracción, los negociadores se han enfrascado en ahormar el significado de la palabra corrupción, para desahogo de los corruptos. La tauromaquia y la corrupción son aquí sistémicas. Una corrida en Las Ventas es arte pero ¿qué es la matanza festiva de unos chotillos con defensas del tamaño de pezones? La duda se extiende a la consideración que merece Rita Barberá, por decir un nombre, ¿es una eximia representante de la fiesta nacional o una delincuente? Estas disquisiciones son la letra pequeña del contrato social, por la que navega con desenvoltura un registrador de la propiedad, adiestrado de oficio. Pero a los jóvenes y sedicentes reformadores que se sientan frente a él en la mesa de negociación les está dejando sin resuello ultimar el acuerdo.