Un establecimiento del ramo en Los Ángeles sacará a subasta las cenizas del escritor Truman Capote junto con otros objetos que le pertenecieron. El precio de salida de las cenizas no parece alto, dos mil dólares, aunque tampoco son todas las cenizas, quizás solo un puñadito. Luego está la cuestión del certificado de autenticidad porque las cenizas del autor de A sangre fría serán del mismo color y textura que, digamos, las de Perry Smith y Dick Hickock, los dos protagonistas a los que hubo que ahorcar para que Capote pudiera terminar una de las mejores novelas del siglo XX. El morbazo estaría en que se subastaran mezcladas las de escritor y las de los asesinos porque así el comprador no tendría solo un puñado de polvo sino una metáfora, aunque indescifrable, ciertamente. El comercio mueve el mundo, a veces por senderos misteriosos. El vendedor quizás sea el heredero de algún deudo o amigo del escritor que vete a saber por qué razón estaba en posesión de esa bolsa de polvo gris y que ahora pasa por un apuro económico o va a mudarse de casa y aprovecha la ocasión para desembarazarse de los trastos que amueblaban su viejo domicilio. En cuanto al comprador, sin duda será un fetichista literario, aunque, si bien es inteligible el deseo que puede provocar en un tipo así la posesión de la pitillera, la estilográfica o la máquina de escribir del genio, no se comprende qué inspiración pueda recibir de las cenizas que son, literalmente, la nada que queda de la pompa y circunstancia de la vida. Quizás sea un melancólico o un místico y las quiera para tenerlas presentes, como las calaveras que antaño ornamentaban la mesa de estudio de filósofos y obispos en las vanitas barrocas. En este caso una vanitas de categoría porque si hubo en vida un personaje burbujeante, marrullero y genial, fue Truman Capote, más sin duda que el bufón Yorick. Las cenizas, y la operación que las precede, la incineración, son el procedimiento más rápido para desembarazarse de un difunto. Sin embargo, no es concluyente. Los difuntos no aceptan ser despedidos como si fueran un contratado de la reforma laboral de Rajoy, y afligen a sus herederos con compromisos y sentimientos de culpa cuando llega el momento de qué hacer con las cenizas: ¿guardarlas en una urna sobre el televisor, aventarlas en el campo, conservarlas en un columbario, depositarlas en los lugares asociados a la memoria del difunto? Todas las alternativas tienen contraindicaciones y ninguna apaga del todo los contradictorios sentimientos de los deudos, que quizás creen haber rematado al difunto al convertirlo en ceniza. Lo prueba el hecho de que la subasta mencionada se celebrará treinta y dos años después del fallecimiento del escritor, lo que quiere decir que durante ese tiempo alguien ha convivido con el impalpable polvo que fue Capote sin olvidarlo nunca. Al mismo tiempo, la subasta ofrece una alternativa novedosa para el destino de estos restos: introducirlos en el mercado. No todas las cenizas valen igual, desde luego, pero todo tiene un precio si alguien quiere pagarlo. He aquí una nueva línea de negocio para las funerarias y una oportunidad para los viejos que quieran vengarse post mortem de un hijo gandul y derrochador dejándole en herencia solo sus cenizas.
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