El 15 de agosto es la fecha más estéril del año, teñida de un amarillo chillón e inhóspito. Un sol desbocado que aplasta a todo ser vivo, resecos campos de cereal recién segados, bosques y arboledas en llamas, gigantescas colonias de bípedos sonrosados en las playas, mugidos y hedor a estiércol en los encierros de vacas de la aldea, carreteras surcadas de vehículos que van y vienen del paraíso de la costa. De mi antiguo oficio de periodista guardo intacta la desolación que presidía el día de la virgen de agosto, cuando la realidad, entendida como fenomenología que muda la apariencia de los hechos, se había ausentado y habitábamos una jornada sin historia, atrapados en un déjà vu desasosegante. El desepero nos llevaba al archivo para encontrar inspiración a nuestra tarea. A ver, ¿qué publicamos el año pasado? Retorno a este perezoso hábito e indago en esta bitácora en busca de inspiración y ¿adivinan qué se publicó hoy hace un...
El repliegue
Está sobre la mesa la propuesta de un amigo para que participe en un debate sobre la actual situación de repliegue hacia los nacionalismos que se registra en Europa, del que el Brexit es la manifestación más notoria, organizado por una asociación cultural de una localidad vecina a mi pueblo. No sé si la propuesta se materializará finalmente, pero ha tenido la virtud de poner en alerta las antenas y desde hace unos días me veo escrutando instintivamente noticias en busca de las causas de esta regresión de la sociedad hacia el útero materno. He aquí tres ejemplos del repliegue: Uno, por intereses económicos. Hace un mes, durante las fiestas patronales de mi ciudad, los comerciantes locales se quejaron de la proliferación de manteros a las puertas de sus establecimientos. La ciudad tiene, por primera vez en décadas, un consistorio de izquierdas y el concejal de turno se lanzó a defender a los manteros en nombre de la solidaridad y los términos en que lo hizo, en los que no obvió acusaciones a los comerciantes de explotar a sus empleados, encrespó aún más al gremio protestante. El pequeño comercio ha sido devastado en mi ciudad, como en tantas otras, durante la década pasada por razones conocidas que no repetiremos aquí, y probablemente no erraba el concejal al señalar los bajos salarios de sus empleados y las prácticas de evasión fiscal de las empresas porque así es como funciona nuestra economía y también puede apostarse a que los manteros no significaban una competencia real, aunque fuera desleal, a sus negocios. Pero todo eso, que constituiría materia para un debate, no importa. Lo seguro es que el consistorio se ha ganado la enemiga de los comerciantes y bastará que en las próximas elecciones se presente una sigla que señale a los inmigrantes como responsables de la situación para que una parte significativa del voto que ha sido de izquierda se pase al campo contrario. Dos, por razones políticas. Francia ha sido durante décadas un ejemplo conspicuo del trasvase casi automático del voto comunista y socialista al lepenismo a medida que avanzaba la globalización de la economía y la crisis social consiguiente. El país está ahora alterado con los atentados yihadistas y estos días veraniegos sufre una polémica, con resolución judicial incluida, sobre el uso, o mejor dicho, la prohibición del uso de lo que se llama el burkini en playas y piscinas. El burkini es un bañador femenino que cubre por completo el cuerpo y que los tribunales franceses consideran un ataque al laicismo de la nación. Esta prenda es disfuncional y arcaica (y personalmente irritante, lo reconozco) pero no se entiende cómo su uso en la playa podría atacar al...
Nada
La leyenda dice que los descubrimientos de la ciencia son fruto de una observación que desencadena una sucesión de argumentaciones lógicas hasta cristalizar en una insoslayable verdad. Hoy creo que he descubierto el hueco que somos. He dejado para el final del día estas líneas porque el calor y la luz de agosto te convierten en un espejismo y quizás a la puesta del sol se revelen mejor tus dimensiones, pero me he equivocado. En una terraza, a la orilla del río de nuestra infancia, donde los niños hacíamos y aún hacen chipichapas, que es como llamábamos al juego de lanzar piedras planas al agua de forma que reboten dos, tres o más veces en la superficie antes de que se sumergieran en el fondo, he sentido el déficit que leí en un personaje de Samuel Beckett: me gustaría tener más vida interior. O mejor dicho, me gustaría creer que tengo algo de vida interior. No me refiero a los secretillos, argucias, imposturas, pasiones y manías que nos hacen seres sociales y nos identifican ante los demás, sino a algo más íntimo, que dé sentido a lo que somos y hacemos. Ya estoy enzarzado en las palabras. ¿Qué es eso de dar sentido sino comparar un hecho o una acción con un patrón convencional fijado por otros? Volvamos al principio: el río como una mancha crecientemente oscura en contraste con la blancura de las piedras de la orilla que alumbra la luna creciente, los árboles de la ribera convertidos en un negro muro recortado contra los últimos reflejos del sol poniente; el murmullo de una conversación en el velador de al lado; mi propia voz y la de quien me acompaña, se desvanecerán en unos minutos. Nada en mí ni a mi alrededor es trascendente, ni en consecuencia justificable, y sin embargo resulta gratificante. No estoy, gritan los niños pequeños cuando juegan al escondite para de inmediato hacerse ver con una sonrisa triunfal. No soy, podría decir el escribidor que se agazapa tras estas...
Lágrimas de San Lorenzo
Mirar al firmamento fue siempre un acto interrogativo, hasta ahora, que se ha convertido en un evento turístico. ¿En que momento el cielo dejó de ser intimidatorio, fuente de dones y de desgracias, para convertirse en un paisaje doméstico? Aquí estamos, alegres y confiados, arropados en plumíferos, con un termo en la mano y un bastón para hacernos autofotos. Los más osados, provistos de punteros de láser, le tocan las narices a la galaxia (caray, empiezo a escribir greguerías), mientras atraviesan el aterciopelado luto celeste chispitas incandescentes que levantan en la multitud un suspiro de admiración y complacencia. Oigo una voz conocida que pregunta, ¿por qué se llaman lágrimas de san Lorenzo?, y en la poblada oscuridad de astrónomos aficionados que abarrotan la terraza del observatorio en el mirador de Arbayún creo reconocer al señor Martínez Maíllo y de inmediato pierdo el interés por el festival galáctico que sobrevuela nuestras cabezas para escrutar al grupo del que ha salido la voz y, mira por dónde, parece que es el comité ejecutivo del pepé. Cada cosa a su tiempo, responde la inconfundible y parsimoniosa voz del presidente, ¿alguna otra pregunta importante?, zanja. Se hace un silencio congruente con la magnificencia del espectáculo astronómico que acontece sobre nuestras cabezas, casi tan sobrecogedor (no es un juego de palabras) como el momento que atraviesa españa. Mira, mira, mira, qué brillante es ésa, se oye decir a un pelota que no identifico. Vuelve el silencio al grupo. Qué paz, exclama otra voz que me parece la de Cospedal. ¿Queda algo de jamón?, pregunta la voz de Barberá. Tú no tendrías que estar aquí, nos comprometes, se oye rezongar a alguien. Quisiera confirmar estas identificaciones auditivas pero no me parece adecuado, o, para decirlo de otro modo, temo que me apliquen la ley mordaza si proyecto la luz de la linterna sobre el grupo de cuerpos envueltos en mantas y cabezas cubiertas con gorros a causa del relente del lugar y la hora, y que, por cierto, parece el aquelarre de una pintura negra de Goya. Lo lamento, hoy tengo la imaginación desbocada. En la Edad Media, la contemplación del firmamento era síntoma de brujería y no serías el primero al que le llevó a la hoguera esta inocua actividad. Por fortuna, no hay riesgo de que algo así ocurra ahora, ni siquiera al comité ejecutivo del pepé, porque vivimos en una era científica. Mira, zoquete, le oigo decir al ministro señor Margallo, que es un pensador, lo que vemos son mínimos fragmentos desprendidos de la cola del cometa Swift-Tuttle que se desvanecen por ignición al entrar en contacto con la atmósfera terrestre. Es lo que les va a pasar a los de ciudadanos...
¿Qué hacemos con ellos?
¿Qué va a hacer mamá Europa con los viejos? Con los españoles, ya lo sabemos, dejarlos en manos de un depredador de la hucha de las pensiones y de su estela de groopies entre los que se encuentra otro viejo conspicuo, Felipe González, que disfruta de la magnanimidad del estado y de otros patrocinadores que lo hacen espesamente inmortal. Pero, para mencionar un asunto de actualidad, ¿qué pasa con los británicos? Estos abueletes sonrosados son compatriotas de lord Beveridge, el creador del estado del bienestar tal como lo conocíamos hasta ayer mismo, y ahora ¿qué? Leo que uno de los primeros problemas con que se enfrentarán los negociadores de las condiciones del Brexit será acordar quién paga las pensiones e indemnizaciones de despido de los funcionarios ingleses que trabajan en la odiosa burocracia de Bruselas. Si me lo preguntasen a mí, les diría que esas pensiones las va a pagar el empleado de la hamburguesería del que hablábamos ayer en esta bitácora. Desde luego, no la empresa que le emplea, que viene beneficiándose desde hace nueve años (los de la crisis) de una mengua sostenida del impuesto de sociedades. Ser europeo es un plus y los funcionarios de la unión, al menos los españoles, lo son por partida doble. Si se jubilan o los despiden en Bruselas pueden volver al hogar patrio del que salieron hace veinte o más años en comisión de servicio y, en su caso, cobrar doble pensión con alguna triquiñuela administrativa en la que son expertos. Esto también lo paga el dependiente de la hamburguesería. Hasta aquí, los funcionarios, pero ¿qué pasa con los jubilados ingleses corrientes que vegetan mansamente en las costas de Levante, y que sea por muchos años? Pues, al parecer, miran el futuro con confianza y no creen que sus pensiones y las atenciones sanitarias y sociales que reciben vayan a verse afectadas por la decisión soberana de su soberano país. Ninguna decisión política parece afectar a los viejos, ya sea la espantada de la unión europea en el caso de los ingleses o la pesada morosidad en la formación de gobierno entre los españoles, excepto mi amigo Quirón que teme que morirá sin ver a Rajoy fuera de La Moncloa. Esta confianza generalizada y senil en el (corto) futuro que nos queda empieza a resultar obscena. Por mi parte, intento reprimir la sonrisa que espontáneamente me brotaba a los labios cada vez que informaba a mi interlocutor más joven de mi condición de jubilado (incluso finjo que trabajo en este blog) porque era recibida con una mezcla de aflicción y resentimiento en quien me escuchaba. Así que ahora adopto un gesto severo y ligeramente compungido al dar noticia de mi...